lunes 2/8/21

En el año 2015 finalizaba el plazo que Naciones Unidas se había marcado para la consecución de ocho objetivos y veintiocho metas de desarrollo humano, notablemente ambiciosas, pero no por ello ciertamente loables, urgentes e imprescindibles para dar un futuro a nuestro planeta y a sus moradores. Eran los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Los entonces 189 países miembros se propusieron alcanzarlos en el año 2015. 

Llegó el fin del periodo marcado y, el 25 de septiembre, los 193 estados integrantes de la ONU (Organización de Naciones Unidas), en una reunión plenaria, durante la cumbre celebrada por la Asamblea General, en Nueva York, acordaban -de forma unánime-  la puesta en marcha de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El plan se marcaba, para el intervalo 2015-2030, diecisiete objetivos y ciento sesenta y nueve metas. Un proyecto que quiere profundizar y mejorar los horizontes marcados en el anterior plan. La nueva andadura mundial se inició el uno de enero de 2016, bajo un título ciertamente grandilocuente y pretencioso: “Transformación de nuestro mundo: la agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”. En España, como todos ustedes sabrán, el ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030 del gobierno, también vicepresidente segundo de Pedro Sánchez, es el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias Turrión. Hasta este punto confieso que el proyecto podía ser creíble, a partir de este nombramiento, las dudas dieron paso a unas certezas que, a día de hoy, no he conseguido despejar. No creo que un ministro pro chavista, bolivariano y comunista pueda ser el paladín de la defensa de la transformación de nada.

Como en tantas declaraciones, manifiestos, programas y literatura política, los deseos, la fantasía del ayer y hoy, las buenas intenciones y mejores sentimientos, topan con el muro de la crudísima realidad. Veo bien –faltaría más- que se impulsen estas iniciativas, considero que, por lo menos, hay que hacer propósitos de enmienda. Peor aún es no hacer nada. Algo es muchísimo mejor que la nada más absoluta. El mundo se desangra, muere, se extingue, sin remisión. Estamos al límite del abismo, de un precipicio de profundidades y oscuridades insoslayables. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.

Están muy bien los objetivos promovidos. Me gustan todos, como no. El primero me parece sumamente atractivo. Dice así: “Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejoría de la nutrición (…)”. El número dos da continuidad al anterior y, sin continencia de ninguna clase, declara: “Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo”.  ¡¡Cómo no voy a compartir tales fines!! Sería un indeseable y un malnacido. Baste ver, leer y oír, cada día, los servicios informativos para darse cuenta de la proporción del drama que afrontamos. No se puede ser insensible a tanto dolor y sufrimiento, a tanto hambre e injusticia en la distribución y reparto de bienes, ante los innumerables desastres naturales que amenazan  la vida, no solamente humana,  en nuestro planeta saqueado, esquilmado y arruinado por la codicia y la depredación humana.

En España la situación no es menos desalentadora. Según Oxfam Intermón,  cuyo lema es “Trabajar con otros para combatir la pobreza y el sufrimiento”, prevé  un incremento de más de un millón  de pobres a consecuencia de a la pandemia. La cifra, según sus cálculos, será de 10.900.000 los afectados  por la nueva situación tras el COVID-19.

Un 23,07%  del total de la población son los damnificados. Un registro que, tras más de siete meses de crisis sanitaria, no ha dejado de crecer. En marzo, el dato era de un 20,7%. Las expectativas más inmediatas, nada halagüeñas, no ofrecen ninguna tranquilidad. El escenario es sombrío y tenebrista, el guión que se está escribiendo es entristecedor. A día de hoy, más de cuatro millones de personas, o lo que es lo mismo, alrededor del 7% de la población española padece inseguridad alimentaria severa. Desde el fin de la Guerra Civil española no se había conocido un drama similar.

Las colas del hambre crecen, la vulnerabilidad y la exclusión social aumentan, el paro se dispara hasta cifras insoportables. Según el Banco de España, de seguir esta proyección, la tasa a la que se puede llegar es de un 24,7%. Esto quiere decir, más hambre, más necesidad y más pobreza extrema. Cáritas informa que el 56% de los demandantes de ayudas en la actualidad, nunca lo habían hecho con anterioridad, jamás habían afrontado tal adversidad y gravedad existencial. Empezamos a hablar de miseria, que es la pobreza extrema propia de países sin desarrollar. Esto no se puede aceptar, es obsceno, vergonzante e inadmisible.

Afortunadamente, también crece la solidaridad secundaria, es decir, la que protagonizan miles de ciudadanos anónimos que, con su trabajo y donaciones, contribuyen a paliar, a minimizar, la  tragedia demoledora que nos asola. Personas que son verdaderos héroes del silencio cuando, cada jornada, desde las diversas ONGs de ayuda humanitaria, asociaciones vecinales, parroquias, e innumerables colectivos, dan la cara y manifiestan una grandeza, una generosidad y una entrega continuada que atiende a millones de personas, compatriotas , o no,  que reciben un empujoncito en su particular lucha por sobrevivir. Sería imposible enumerar una lista de ellas, seguramente tampoco pretenden un reconocimiento más allá de la sonrisa y la gratitud de aquellos a los que sirven, a los que ayudan y protegen. Siento una sincera emoción al saber de su servicio, y un incontestable sentimiento de orgullo por su entrega generosa, sin tasa, sin reserva,  en un mundo mercantilizado en el que todo tiene precio, pero en el que lo importante tiene valor.  Gracias, de verdad, vosotros representáis lo que dignifica al ser humano en su capacidad de ser persona, en su condición de ser moral, en su cualidad de sentir y amar al prójimo.

Representáis la esperanza para muchos, demostráis la ilusión que a tantos falta; atesoráis el verdadero sentimiento de fe en el ser humano que otros no tienen;  sois luz en medio de tanta tiniebla.  Pero no se os puede dejar solos en mitad del desierto, se os debe ayudar para seguir ayudando. Ahora que se tienen que aprobar – a ver si es verdad -  los Presupuestos Generales del Estado, nos dejamos de tanto gasto corriente pueril y estéril, evitando derroches y despilfarros en lujos innecesarios. Los desheredados, la población vulnerable debe ser el principal –diría que el primero- de los objetivos de cualquier política de estado. ¿Qué sentido tiene hablar de Justicia Social, de Economía Social, o de un Estado Social y de Derecho si no se atiende a la población más débil y más frágil? Ninguno en absoluto. No hablo de un modelo de  estado asistencial y de los chiringuitos, a los que nos han acostumbrado durante décadas los saqueadores de los bienes públicos, me refiero a la reconstrucción de un estado de bienestar perdido, deshecho y desecho. 

La fuerza del ejemplo, la altura de miras, la verdadera sensibilidad social  no la están demostrando los llamados “partidos de estado”, que lo que han conseguido con notable éxito  es, valga el juego lingüístico, un estado partido, fragmentado y enfrentado. Disputas,  tanganas, escándalos, broncas, refriegas dialécticas y jaleos no ayudan a dar de comer a un pueblo desnutrido y hambriento, tampoco a crear empleo, que es, sin la menor duda, la mejor política social que se puede desarrollar y poner en marcha.

 

José María Nieto Vigil

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