lunes 20/9/21

La humillación de España

Los presos independentistas al abandonar la cárcel (1)

A lo largo de la amplia y dilatada Historia de España ha habido de todo, desde períodos de bonanza y buen gobierno de nuestra nación, a épocas de languidez y despropósito gubernamental. Hemos disfrutado del buen hacer de reyes y ministros y, lamentablemente, de la felonía y el latrocinio de infames responsables del bien común.

En mi condición de historiador he tenido la oportunidad de estudiar a muchas excelsas figuras del panorama patrio, investigar sobre oscuros intereses personales de notables y dignatarios, he conocido las bondades del arte de gobernar en numerosos personajes, también de eminentes investigadores, científicos y artistas, he estudiado cuestiones de diversa naturaleza –militar incluida- y he tropezado con numerosos sujetos indignos de tener la condición de ser españoles.

La lista es larga, tanto de unos como de otros, pero nunca he renegado de nada,  ni de nadie y, menos aún, del conjunto del devenir de los tiempos, pues entiendo que nuestro acervo patrio se ha cimentado y construido sobre todo ello. No renegaré jamás de la figura de Fernando VII, el peor rey de nuestra historia, pese a su ineptitud y despropósito político, no prescindo del reinado de Carlos II, tan menguado físicamente como mentalmente, tampoco desprecio la malsana II República española, tan impropia como inoportuna, menos aún desisto de aceptar el proceso de descolonización de nuestros territorios de ultramar.

Nada de eso, muy al contario, no  puedo prescindir de todos y cada uno de los episodios que hemos disfrutado y sufrido para llegar a ser lo que somos como reino, estado y nación. No se puede retroceder en el tiempo, dar marcha atrás y dilapidar nuestro rico patrimonio histórico. Solamente los necios, los abyectos y los ignorantes están dispuestos a hacerlo.

El tiempo es indisponible, es decir, el pasado no puede cambiar. Sencillamente es el que es, pese a las reiteradas interpretaciones y valoraciones que, a posteriori, se puedan hacer, con o sin espurios intereses ajenos a él. Sin embargo, tanto el presente como el futuro están por escribir. Se puede afirmar que no es irrefrenable, predestinado y determinado.

Y aquí estamos, en la maltrecha España del despropósito, la humillación independentista y el desconcierto dirigido, conscientemente, y por tanto responsable ante el pueblo español y ante su historia, de un gobierno social-comunista entregado a romper la unidad de la Patria, amén de las numerosas y excesivas iniciativas impulsadas desde Moncloa con el concurso de sus adláteres  -léase compinches, acólitos o satélites- de la anti España, a la sazón independentistas, nacionalistas, bilduetarras y demás calaña beneficiada por las mercedes concedidas a cambio de su apoyo legislativo y gubernativo.

Ya sea desde Bruselas, Barcelona o Madrid, los insumisos e irredentos republicanos independentistas, humillan y desafían a los españoles que, absolutamente desprotegidos por nuestro gobierno, asistimos incrédulos ante la prepotencia y arrogancia de los chicos de Puigdemont, Junqueras o Aragonés que, con altanería y chulería, obligan a Pedro Sánchez a hincar la rodilla en tierra, hacer reverencias y genuflexiones cuando les viene en gana.

Dicho de una manera grotesca y popular, nos mean en la oreja y nos fríen cañamones en el ombligo con la aquiescencia y el beneplácito del lindo don Pedro. ¿Se puede tolerar tanto desprecio y vilipendio? ¿Tenemos que aguantar tanta burla y desaire? Este triste asunto pasará a la historia como “la burla de la barretina” que, dicho sea de paso, deja en pañales a “la farsa de Ávila” o “el abrazo de Maroto”, por no citar la bíblica escena del “beso de Judas”, tan apropiado para esta ocasión.

 Nuestro Jefe de Estado, Su Majestad el rey Felipe VI, ha sido desairado –por decirlo dulcemente- por el gobierno independentista hasta la saciedad, cayendo en el triste espectáculo del público desprecio, ninguneado y vilipendiado por los acólitos de Carles, Pere y Oriol, entre otros,  pero con el beneplácito y la bendición de nuestro ínclito presidente.

Pero, queridos lectores, en esta desgraciada encrucijada histórica en la que nos encontramos, todo vale con tal de mantener calentito el sillón de palacio. ¿Se puede ser más necio, estulto y danzante? ¿Es arrogancia, perfidia o, quizá, cretinez? Los sinónimos que nos permite el castellano, nuestra lengua vehicular y oficial, son muy abundantes para definir tanto oprobio, afrenta, infamia, ignonimia e indignidad que pesa sobre los españoles.

España se encuentra al borde del precipicio como país, estado o nación. No debemos callar y mirar hacia otro lado, no podemos consentir tanto dislate y alocado propósito gubernamental, La verdad es calumniada con la mentira propagada desde la llamada “vía del diálogo”. Aquí hay un monólogo imperativo del independentismo catalán. No hay nada que negociar.

Las dádivas y concesiones no sirven para nada, ni para ellos. El objetivo final es la independencia por la vía unilateral. Lo han anunciado, lo han proclamado a los cuatro vientos. No hay trampa ni cartón, el gobierno lo sabe y, pese a ello, sigue negociando en la mesa tocinera no se sabe qué. ¿Para qué carajo sirven las leyes promulgadas? También lo sabemos, para cambiarlas a capricho y en beneficio personal y partidista. No nos engañan Cataluña es España, y como tal, es soberana de sus territorios, que es lo mismo que decir que lo que se quiera decir o decidir sobre su futuro es potestad del pueblo español.

 El aciago presente, no debe ser causa de un negro porvenir, de un futuro construido sin pena ni gloria. No queridos españoles. En democracia hay unas reglas de juego que respetar, hacer valer y cumplir. No caben las trampas, los subterfugios ni las puertas giratorias. La solución: que las urnas dicten la voluntad del pueblo y manden al gobierno a la oposición. Ya queda menos .

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