lunes 2/8/21

Filomeno, a mi pesar

cañada real nieve

Durante las últimas jornadas hemos vivido una experiencia que nos ha devuelto, por escaso espacio de tiempo, las estampas de los rigores invernales y las copiosas nevadas, tan olvidadas y apenas recordadas por nuestros mayores y nunca conocidas por las generaciones más jóvenes. Las calles de nuestras ciudades y pueblos, montañas y campos, se cubrieron de un hermoso manto blanco radiante, creando paisajes de singular belleza. La naturaleza, tantas veces humillada y maltratada por el ser humano, nos recompensa con creces regalándonos una atmósfera más saludable, unos caudales cuajados de aguas más limpias, unos embalses rebosantes de reservas y, sin lugar a dudas, una tierra más esponjada y saciada en su sed pertinaz y  endémica. Pero, pese a tantas ventajas señaladas, el inconformismo humano, la sin razón en tantos planteamientos defendidos en nombre del avance y el progreso, las dificultades propias del rigor propio del invierno y sus regalos naturales, suponen graves inconvenientes para tantos, para muchos. Es natural y es lógico en ambos sentidos. La naturaleza no es culpable de cumplir con sus ciclos estacionales, es inocente por ser tal cual debe ser, el hombre –siempre disgustado y alterado con la eventualidad del acontecer- se revuelve y rechaza el obsequio recibido.  Queremos todo, nosotros sí somos causantes de los efectos del cambio climático y sí somos responsables de la gestión de sus consecuencias.

          Veamos pues, con la distancia y con la templanza necesaria, lo que es una auténtica bendición de Dios. Por unos días –espero que no los últimos- nos ha visitado el tiempo que corresponde en las fechas en las que estamos. Valoremos lo recibido como un auténtico tesoro para el orden creado y el equilibrio natural perdido desde hace décadas. Mucho ánimo, mucha paciencia, mucha fortaleza y mucha templanza.

          El nombre puesto a la borrasca, Filomena, me trae a mi memoria el título de un libro condenado al olvido. Filomeno, a mi pesar, obra de un escritor sublime, genial, extraordinario y sentenciado a la postergación inmerecida, a la relegación in misericorde, a la inadvertencia en el estudio de la Literatura, a la omisión intencionada desde posturas ideológicas sectarias y talibanes, a la desmemoria provocada desde el rencor de la ignorancia. Me refiero a Gonzalo Torrente Ballester que, en 1988, obtuvo el Premio Planeta por esta estupenda obra que, desde este preciso momento, les recomiendo que lean encarecidamente. Su oponente en la final fue otro insigne intelectual –igualmente proscrito por la progresía intelectual de hoy, Ricardo de la Cierva, con una obra que presentó bajo el enunciado de “El triángulo. Alumna de la libertad” que considero, a mi humilde entender, no es su mejor creación escrita.

          Gonzalo, gallego de nacimiento y malogrado en la capital charra, Salamanca, obtuvo los más importantes galardones y reconocimientos que un escritor puede recibir. Todos, menos el Premio Nobel de Literatura, un demérito injusto que a otros galardonados les ha distinguido con menos singladura y virtud artística literaria. Premio Cervantes, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, o el Premio Nacional de Narrativa son buena muestra de un largo catálogo de logros alcanzados. Pues bien, pese a una trayectoria tan cuajada y prolífica en la fabricación de textos, ha sido inmerecidamente sacrificado por la mediocridad intelectual reinante e imperativa del escenario actual. Los inquisidores de hoy, vestidos con los ropajes de la posverdad y perfumados con los aromas de la defensa de la pluralidad y la libertad, condenan a la hoguera a miles de títulos de autores brillantes, excelentes e insignes. Me produce una tristeza infinita, un dolor trascendente y sentimental enorme, y una nausea incontenible. Han llegado los tiempos de los nuevos censores, de los dictadores del pensamiento único e incontestable.

          Una lista interminable de nombres de un gran valor ha sido configurada desde lo obtuso de la perspectiva de la nueva modernidad proclamada a los cuatro vientos. A riesgo de dejarme en el tintero algunos de ellos,  quisiera citar a unos cuantos exiliados

del Olimpo de los Dioses de hoy. José María Pemán, Luis Rosales, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela, Édgar Neville, Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu, Manuel Machado, Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero, Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Antonio Tovar, Álvaro Cunqueiro, Eugenio D´Ors, Luis Felipe Vivanco, Eugenio Montes, Julio Camba, Josep Pla, Leopoldo Panero, Rafael García Serrano,Julio Camba, Eduardo Marquina, Alfonso Paso, Fernando Vizcaíno Casas, Antonio Izquierdo, Luis Escobar, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal, José María Cossío, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Torcuato Luca de Tena, Pedro Laín Entralgo,….y un larguísimo etcétera han sido condenados a los desvanes de la memoria, a la mazmorra de la intransigencia, o a los sótanos de la cultura triunfante, revanchista y triunfalista de hoy.  Lamento no disponer de mayor extensión para levantar mi voz y manifestar mi quebranto moral e intelectual.

          Me declaro disidente de la memoria selectiva ante las manifestaciones artísticas del género humano, me niego a no defender la cultura vergonzosamente olvidada, renuncio a la inercia ideológica en la que nos hemos instalado, la de los impostores de la historia. La mediocridad impuesta en nuestras aulas entierra, incinera, fusila y profana la memoria de tanto talento lapidado por el rencor, el frentismo  y el partidismo divisionario de la obra creada , de unos y de otros, de muchos intolerantes confesos y autodeclarados tolerantes. Esto también es verdadera y democrática defensa de la memoria histórica.

      

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