miércoles 20/10/21

La Destrucción de Nuestra Identidad

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Imagen de Cristóbal Colón

El proceso de demolición de España, como nación, recorre un camino cuyo destino es sumamente incierto, aunque me temo que nada bueno nos aguarda. La realidad es demasiado testaruda a la luz de las evidencias y de la carga de la prueba que, cada día, acreditan el deseo fehaciente de destruir nuestra identidad nacional. La radicalidad de la anti España no tiene límites en este ignominioso empeño, cuasi enfermizo, por dinamitar nuestro glorioso pasado y por pisotear lo símbolos que siempre nos han distinguido y blasonado.

 La izquierda radical española, profundamente reaccionaria y sectaria, pretende proscribir y eliminar capítulos honorables de nuestro pasado, condenando con ello a las grandes gestas de las que hemos sido protagonistas, motivo de admiración y envidia en el devenir de la Historia universal de la humanidad. Una subcultura de cloaca, caracterizada por la más absoluta ignorancia, emerge construyendo un nuevo relato histórico cargado de prejuicios fratricidas promotores del cainismo más repugnante que se pueda describir.

Y claro, si los españoles no somos capaces de reafirmar nuestro orgullo identitario, ¿Qué podemos esperar que ocurra? Creo que la respuesta es muy evidente dentro y fuera de nuestras fronteras. El descubrimiento de América se convierte en una guerra de ocupación y expolio; la Reconquista se plantea como una limpieza étnica de los reinos cristianos; la expulsión de los judíos y los moriscos se interpreta como expresión de racismo y xenofobia; la evangelización de las tierras de ultramar representó el atropello de las culturas aborígenes; y así un larguísimo etcétera.

Pero las tropelías van más allá, se ceban y agravan cuando el foco se centra en ilustres y honorables personajes de nuestra excelsa historia. Los Reyes Católicos, Carlos I o Felipe II son convertidos en criminales de guerra; insignes militares son ridiculizados y tachados de fascistas, caso de Daoiz, Velarde, “el Gran Capitán”, Juan de Austria, y otros tantísimos laureados soldados españoles. La lista del ultraje a la verdadera memoria histórica es amplísima, aumentando de manera exponencial conforme nos acercamos al presente. Una barbaridad inaceptable de todo punto.

Puestos a reivindicar la justicia, me parecería conveniente que se exigiera a Francia indemnizaciones y perdón público por el latrocinio, la devastación y destrucción de nuestro patrimonio durante la Guerra de la Independencia; a la Berbería, es decir, a Marruecos, Túnez, Libia y Argelia, cuantiosos pagos por los actos de piratería perpetrados contra nuestras costas; ¿Y qué decir de la “pérfida Albión”? –Inglaterra- tan dañina, por corsaria, tanto en alta mar como en tierra, para nuestra flota y puertos; o quizá ¿Deberíamos llevar a Italia ante el Tribunal Internacional de La Haya por la ocupación de España en época romana?

A lo mejor tendríamos que pedir perdón a los turcos por nuestra victoria durante la batalla de Lepanto. De verdad, la estupidez alcanza unos límites inasumibles, impropios de personas con un mínimo de dos dedos de frente.  Lo malo es que la idiotez es contagiosa y se propaga con extrema rapidez, alcanzando proporciones de epidemia. Por cierto, la nueva ley educativa, la LOMCE, más conocida como la ley Celaá, es una valiosa aportación  a  esta desvergonzada  y adultera intención de construir la posverdad.

Fuera de España, en nuestras tierras hermanas de América, las estatuas de  Cristóbal Colón,  Francisco Pizarro,  Hernán Cortés, Francisco de Orellana, Vasco Núñez de Balboa, o Fray Junípero Serra, son profanadas, ultrajadas, demolidas y vituperadas por las turbas espoleadas por los adeptos al discurso filomarxista, a la sazón, chavista y bolivariano, tan del gusto de los podemitas españoles.

¿Cuál debe ser el antídoto contra tanta infamia y vileza bituminosa? En primer lugar, leer, conocer nuestra historia. La fuente de la que mana tanta felonía traicionera y alevosa es la ignorancia. El discurso de la demagogia se desmonta desde el conocimiento, no desde la simple impresión y la opinión infundada. No hay memoria si no hay aprendizaje. Lo que no se conoce se olvida más rápidamente.

En segundo lugar, celebrar las efemérides de las que debemos estar orgullosos, el Día de la Hispanidad o la conquista de Granada pueden ser dos ejemplos. En tercer lugar, sin motivo de sonrojo, homenajear a nuestros grandes hombres y mujeres, con independencia de la época de la que se trate. Por último, no por ello menos importante, hablar y escribir sobre ello y, desde luego, rebatir el guión de las nuevas tendencias.  No se puede dar la callada por respuesta o manifestarse insensible ante tanta perfidia y deslealtad hacia España.

A nivel personal, no me sorprende lo que está ocurriendo. Es más, es la consecuencia ideológica de las propuestas teóricas de la izquierda radical. Marxismo en estado puro. La destrucción de los símbolos es la histórica obsesión de los acólitos de la Internacional y del puño en alto. La religión, la historia o la familia tradicional son contempladas como prejuicios burgueses que hay que eliminar.

La Iglesia, el ejército o el capital, son los objetivos preferenciales de la “lucha final” por la “liberación de los pueblos”.  No es una casualidad queridos lectores, motivo por el que les alerto de nuevas y más graves bellaquerías a  difundir. Un nuevo orden se viene instaurando de manera omnímoda bajo el disfraz de la “verdadera” memoria histórica, de la Agenda 2030, o de toda esa batería de decretos y leyes aprobadas.

Una nación sin símbolos ni historia de referencia se convierte en un pueblo condenado al anonimato en el concierto de naciones y, sin lugar a dudas, conduce a una despersonalización y una completa falta de identidad. España está siendo saqueada a todos los niveles. A nivel económico la ruina y la quiebra es una certeza; en lo político España está en venta, siendo los mejores pujadores los enemigos de nuestra unidad; en lo ideológico, de manera incontestable, se impone la ética de pensamiento único, es decir, la dictadura de lo declarado oficialmente como legítimo y legal.

El combate por España, la defensa de nuestro riquísimo patrimonio, nuestro rearme ideológico, la apología y alabanza de lo propio, deben ser los baluartes desde donde plantear nuestro discurso panegírico y nuestra posición en el escenario actual. No cabe el melifluo pasteleo político, la indolencia irresponsable, la indiferencia intolerable, el derrotismo cobarde, o el pesimismo inmovilizante. Ser español es un honor, es una distinción que por historia disfrutamos con todo merecimiento, es una condición irrenunciable que debemos pulir y dar esplendor. ¿Qué España queremos legar en herencia a nuestros hijos? La de una España desterrada y eliminada, o la de una Patria –con mayúscula- orgullosa y vigorosa, consciente su papel en el mundo. Yo lo tengo claro.

 

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