martes 21/9/21

Campos de Reeducación

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Antes de exponer mi opinión conviene aclarar que soy docente en ejercicio. Treinta y dos años de experiencia me acompañan, habiendo trabajado en casi todos los niveles educativos: enseñanza universitaria, enseñanzas medias (EGB, COU, ESO y Bachillerato), enseñanzas no regladas y Formación Profesional.

Creo, por tanto, que estoy suficientemente autorizado para efectuar todo tipo de valoraciones y críticas desde el conocimiento de causa. Opinar puede hacerlo cualquiera –faltaría más-, pero no por ello son aportaciones basadas en el conocimiento, es decir, no son verdaderas.

En cambio, son opiniones aceptables las que están basadas en el saber. Esto lo señalo porque en España somos muy dados al debate público pueril, estéril y gratuito en demasía. En una cuestión tan trascendental para el futuro de nuestra nación –para mí Patria- opina todo hijo de vecino, arrojando poca luz y escasa claridad al análisis serio y riguroso que el asunto precisa.

Mi primera y radical afirmación es que nuestro sistema educativo es un auténtico desastre. Desde 1970  hemos visto alumbrar ocho leyes de educación. Nada más y nada menos. Bien es cierto que la LOECE (Ley Orgánica por la que se regula el Estatuto de Centros Escolares), aprobada por UCD en 1980, no llegaría a entrar en vigor.

Una auténtica barbaridad a todas luces que, debido a nuestro modelo político-territorial, ha provocado enormes contrastes entre comunidades en cuanto a la calidad del sistema se refiere. En esta España de los reinos taifas, léase autonomías, se ha dinamitado la uniformidad que precisa un ordenamiento de capital importancia como es el educativo. Ocurre lo mismo, lamentablemente, con otros asuntos de igual relevancia, por ejemplo, sanidad.

Aquella “noble” aspiración autonomista de garantizar la igualdad entre españoles, sin lugar a dudas, ha generado todo lo contrario, unos desequilibrios y desigualdades entre regiones en no pocos aspectos. Una España a múltiples velocidades cohabita bajo su techo y, por consiguiente, se han alcanzado distintos niveles de bienestar, o malestar –según se mire-.

Para certificar mi crítica les ruego pregunten a un extremeño, o a un castellano-manchego, o a un castellano-leonés, por citar algunos de los ciudadanos españoles que se sienten parte de una periferia. No les tendré que recordar aquello de la España vaciada, o del trato preferencial que reciben algunos territorios como el vasco o el catalán.

Mi segunda aseveración es que las leyes aprobadas por el PSOE y sus coaligados de turno, son las peores de las que he tenido que sufrir. Me refiero a la LODE (Ley Orgánica reguladora del Derecho a la Educación), la llamada “ley Maravall”, aprobada en 1985; la LOPEG (Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes), refrendada en 1990; la LOE (Ley Orgánica de la Educación) ratificada en 2006; finalmente, la LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la LOE), la llamada “ley Celaá”, aprobada sin consenso y sin la participación de numerosos colectivos afectados e implicados, en 2020.

Sarcásticamente me refiero a ella en los términos que la prócer socialista señalara como “Una ley para el S.XXI”. Es un elogio al sectarismo más recalcitrante que pueda recordar, una imposición de la ética de pensamiento único y una coerción inaceptable de un laicismo intolerable –más anticlericalismo que otra cosa-.

Siguiendo el listado de mis quejas y lamentos, mis duelos y quebrantos, diré que nuestros centros educativos se están convirtiendo en centros de reeducación. Se arrebata a los padres el derecho y la libertad de enseñanza reconocida constitucionalmente. El estilo y los contenidos impartidos son omnímodos, es decir, se pretende implantar una uniformidad ideológica en cuestiones muy serias, controvertidas y trascendentes. No seguir el guión imperativo instaurado oficialmente supone asumir serias represalias por parte de los docentes. ¿Dónde queda la libertad de cátedra del maestro y profesor? ¿Cómo se salvaguarda el ideario de los centros educativos privados y concertados? ¿Qué amparo tienen los padres en su legítima aspiración a escoger el modelo educativo deseado? ¿Cómo se protege al alumno del sectarismo impositivo? Créanme que es un auténtico dislate y atropello. Les comunico, pública y personalmente, que me declaro objetor de tamaña “ley de instrucción y adoctrinamiento”. No voy a renunciar al ejercicio de libertad de conciencia y de pensamiento que tengo, menos aún al ideario cristiano que me inspira en la interpretación de mi forma de entender al hombre, la vida y la trascendencia sobre todo tipo de cuestiones. Pero sigamos con la recriminación.

          Nuestros centros educativos se han convertido en fábricas de personas competentes en tecnologías, quizá  en idiomas y quizá en saberes científicos. Sin embargo, la incompetencia social y ciudadana, lingüística, histórica, filosófica y espiritual es más que evidente. Lo señalo sin ningún tipo de exceso, nuestros alumnos leen muy poco, escriben algo y razonan de manera muy precaria. Su nivel de conocimientos de cultura general es paupérrimo, casi irrisorio. Recientemente, en Castilla, que es donde ejerzo mi magisterio, un alumno me preguntó que ¿Quién era el Cid? Tiene perendengues la cosa. De nuestros Reyes Católicos no saben ni sus nombres, de autores clásicos qué decirles, de Filosofía para qué castigarles. Una alumna me llegó a decir que como no había vivido en su época –refiriéndose a Napoleón- que no lo conocía. En los años setenta y ochenta solían publicarse libros, recogidos por profesores, con los gazapos y errores cometidos por los alumnos en los exámenes. Eran anécdotas y casos excepcionales, aunque ciertamente muy divertidos. Pues bien, al finalizar cada curso académico, yo podría escribir una enciclopedia con las barbaridades que he tenido que leer y escuchar durante el año. De lo cómico hemos llegado a lo trágico. Triunfa la ignorancia declarada y proclamada, sin complejos ni vergüenzas. Eso sí, por el contrario, son diestros en el manejo del ordenador y la nanotecnología, verdadera religión de nuestros tiempos iletrados. El anonadamiento intelectual es el resultado de este estrepitoso fracaso educativo.

          El fracaso escolar es clamoroso, no ya por los resultados académicos, siempre maquillados por la promoción automática o por indicaciones pedagógicas pintureras. Es más difícil suspender que aprobar. Así, de manera torticera, la estadística señala que se progresa adecuadamente por la vía de la manipulación numérica. ¿Cultura del esfuerzo, trabajo y sacrificio? Para qué, si luego te encuentras en el mismo lugar que el que no hace ni deja hacer. De las formas más variopintas los díscolos discentes superan todos los niveles, todas las dificultades inherentes al estudio, hasta con nota. La mediocridad, casi vulgaridad, se impone en nuestras aulas de manera incontestable. La excelencia académica ha sido proscrita y dinamitada, de ahí las insistentes llamadas de atención del informe PISA –que no es una ciudad italiana-. En fin, les seguiré comentando en futuros artículos más lindezas de nuestro “inigualable” sistema educativo, inspirado en la pedagogía de la zambomba, la plastilina y la pandereta.

        

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