viernes 06.12.2019

Del primer presidente de la democracia española se acaban de realizar los funerales de Estado. Su sepelio político fue muy anterior.

Rajoy, en el comunicado, caracterizó sus cualidades con términos medidos: “intuición, habilidad y coraje”. No señaló su ‘ambición’ extraordinaria acaso por ser término mal visto. Un “gobernador muy audaz”, había comentado Franco al Príncipe antes de que ambos jóvenes se conocieran, contó Illana.

La figura de Suárez es interesante de principio a fin, pasando por los menos de cinco años presidenciales que acuñaron su memoria. Ciñámonos a ésta.

Hombre de Estado. Implícito en el encargo que se le hizo: consumarse y consumirse en el empeño de desmontar la arquitectura política franquista y poner los pilares de una monarquía constitucional internacionalmente homologada. La ejecución era lo más difícil, sin duda; aunque Fernández-Miranda fue el planificador de lo primero, y quienes, aceptando el marco, elaboraron la Constitución de 1978, los desarrolladores de lo segundo.

Consenso. Lo necesitó, lo peleó y lo tuvo. Aunque no siempre y no de todos: Fraga, por ejemplo, preterido con el nombramiento de Suárez fundó el partido de la derecha explícita y, desde él, no suscribió el programa de actuación jurídica y política de los Pactos de la Moncloa, nada menos.

Concordia. Colectivamente más en el sentido de ajuste o de convenio, menos en el de reconocimiento de los otros. La Transición requirió transacción, racionalidad democrática cuyas virtudes unos conocían, muchos descubrían y otros combatieron. La guerra pesaba en la memoria, la dictadura en la memoria y en la vida.

Aprobada la Constitución, Suárez ganó las elecciones de 1979 más empoderado y glamuroso que nunca, cuando algunos ya daban por cumplida su misión. Tocaba desarrollarla, empezaba otra carrera de más largo recorrido, el guión estaba escrito solo en parte.

La derecha confesa se sentía infrarrepresentada, bramaba y conspiraba. El PSOE se veía en el poder, empujaba y conspiraba también. Los comunistas respiraban y se resituaban. Los nacionalistas forcejeaban, como siempre. ETA mataba como nunca. Los militares miraban al Rey repasando el testamento de Franco.

La UCD no aguantaba el envite, aquella coalición de camarillas organizadas en partidos inviables y extrañas familias, arremolinados poco antes en torno a un Suárez no electo todavía. Levantada la veda, se apuntaban a la batida.

Con todo al borde de estallar, y él mismo, presentó la dimisión al Rey sin que este le regalara ni un reparo. Luego fundó el CDS buscando su sitio y poniendo a sus “cocarnetarios” en el suyo. Pero no lo encontró, el tren estaba lleno, su tiempo había pasado.

Destacaría muchas cosas de Suárez. Entre otras, que aunque descubrió la democracia en el ejercicio del poder creyó en ella, a diferencia de quienes, emergiendo en circunstancias diferentes, desde el poder la olvidan. Que siendo un profesional de la política la ejerció con pasión, compromiso y noblemente. Que sublimó su ambición en dignidad.

La Transición tuvo gran mérito y no pocos flecos. Los más reacios a encararlos son también los más proclives a sacralizar aquel momento, la Constitución, a Suárez, cuanto antes vieron con recelo y ahora puedan convertir en piedra.

Procuremos la simplicidad también para la historia, la que su explicación y comprensión requieran. Ahora bien, como Einstein decía: “simple, pero no más simple”.

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