jueves 02.07.2020

Charlie Hebdo volverá a los quioscos el 25 de febrero. De los atentados al momento en que escribo ha pasado ya un mes. Durante este tiempo, encapsulados en una burbuja de plasma, entran en casa muertos en la hoguera y degollados a mayor notoriedad de sus verdugos.

Sé que la violencia no es un añadido a lo humano: hacia los demás o hacia uno mismo, para la dominación o la supervivencia, contra aquello o contra todo; que debe gestionarse en función de la resolución de los conflictos y cohibida en la defensa de bienes y valores indubitables, como los derechos humanos. La crueldad, en cambio, sobre cuyo auge e instalación en nuestro entorno hace poco escribía Luis Goytisolo, es inhumana.

Galtung nos ha enseñado que, en el entramado social, la violencia es un triángulo con zonas invisibles: carencias negadas y de satisfacción imposible, iconos y relatos para animales simbólicos. Tras el 11-S, Glucksmann vinculó también los atentados a la actualización de impulsos nihilistas asentados en el fondo de nuestra modernidad.  

Los autores de los atentados de París, Londres, Madrid o Nueva York no eran expedicionarios. Ante la complejidad de este terrorismo sería un error limitar sus raíces a los graves conflictos sociales y políticos de los que se alimenta o a la identidad, también religiosa, donde busca sentido y, acaso, exculpación.

Los grandes dramas culminan casi siempre en una interrogación exclamativa

De 2001 en adelante los medios de inteligencia empleados, a saber, han dificultado su actuación, pero, a pesar de los ingentes recursos económicos y militares movilizados, las estrategias para erradicarlo no han mejorado el mapa.

La fotografía de la cabecera de la manifestación de París era una broma de mal gusto. “Matan a una familia de payasos y aparecen otros diez” decía la viñeta extraordinaria de ChH del 14 de enero, a propósito de algunos dirigentes congregados.

Luego en España, con lo que nos toca, las respuestas no iban a verse enriquecidas con el Pacto ni precisaban de él. Las reformas penales, por necesarias que en algún aspecto fueran, sirvieron para colar de matute esa antigua pretensión de la derecha populista que es la cadena perpetua. El rimbombante Plan de Lucha Contra la Radicalización Violenta, con el actual Ministerio del Interior al frente y, lo que es peor, a la cabeza, es una tergiversación, diciendo poco.

Al producirse los atentados, algunos profesores de los centros donde los terroristas habían estudiado se preguntaban cómo había podido suceder. Con su contundente carga de dolor, los grandes dramas culminan casi siempre en una interrogación exclamativa.

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