Atar, coser, enhebrar…

Atar, coser, enhebrar…

El comité federal del PSOE que produjo la dimisión de Pedro Sánchez el 1 de octubre –tras más de nueve meses sin oposición a un Gobierno, aunque provisional, activo-  es el mismo que el 9 de julio, antes de dispersarse por vacaciones, había dejado la posición política del partido hecha unos zorros: no a la abstención, a nuevas elecciones y a un gobierno con apoyo de autodeterministas de cualquier clase. 

Un callejón sin salida cuya solución se confiaba al PP aunque fuera en forma de exigencia: el pacto con “sus afines”, incluyendo aquellos con los que el PSOE, por principio también, se negaba a pactar… Electoralmente cuesta abajo y con los tiempos prescritos, el desenlace traumático era probable. Bastaba con que cualquiera, inevitablemente, diera un paso o no lo diese que contradiría alguno de los puntos acordados.

In extremis, los insurrectos no venían a arreglar un partido descosido sino a descomponer una dirección desatada y levitante. La nueva se enhebrará después a saber cómo. Casi todos ensimismados, desconfiados, con la disputa entre los dientes; casi nadie -¿alguno?- con los pies en la tierra, la cabeza en el futuro y un argumento en la boca.

Me contaba un viejo socialista que, en un congreso, tras votar lo que le había ordenado su jefe político ya venido a menos, y dar así la victoria a un emergente, fue a mostrarle su perplejidad ante la liviandad del nuevo, a lo que el jefe respondió: Sí, pero a mí ya solo me queda uno. A fecha de hoy ese uno, por otros motivos, ha desaparecido también. Desde hace tiempo ya, el recelo y el afán por cortar el paso a otros o la ocasión de ocupar espacios sin llenarlos han blindado y repartido mucho poder en todas partes.

Algunos de los artículos aparecidos en estos días (léase a Juliana o a Urquizu, por ejemplo), señalan el difícil trance en que se encuentra este PSOE por obra de las circunstancias y gracia de sí mismo. 

Sin grandes ejemplos territoriales en los que verse mejorado ni liderazgos, en principio, por encima de todo lo anterior, la pasmosa mediocridad de la última dirección del partido salvo excepciones -menos de diecisiete, por supuesto- es expresiva. No debería descartarse la idea de una refundación, catarsis para  los antiguos y pista de aterrizaje para tantos progresistas a quienes hoy, en el centro izquierda y en la izquierda nadie ofrece un cauce, un sitio lejos del arribismo, la simplificación y el papanatismo político.