sábado 11.07.2020

En el desierto: la ley de la selva

Cierra los ojos y piensa en la palabra Sáhara.

¿Qué es lo primero que se pasa por tu mente? Rectas interminables, calor, viento, falta de agua, soledad en paisajes infinitos, colores monocromos...

Esas eran las palabras que venían a mi mente cuando al mirar el mapa de África, me imaginaba atravesando esa extensión enorme de color ocre que corta el continente en dos.

No iba a ser la primera vez que lo cruzaba, 8 años atrás lo hice de sur a norte desde Mauritania, y más recientemente, en 2009, lo crucé por Sudán.

Esta vez, claro, iba a ser diferente ya que la bicicleta es mi medio de transporte, y no viajaré apretado en una furgoneta que transporte legumbres, como la última vez.

La carretera N1 conecta casi Europa con África, y es la única ruta asfaltada en el África occidental; todo el tráfico concentrado en poco más de 4 metros de ancho de pobre asfalto, y que con el paso de los años, y el paso de camiones, va mermando poco a poco.

La ley que rige las carreteras en Marruecos es algo peor que la ley de la selva, ya que los animales, por lo menos, no tienen prisa en llegar a los sitios.

Avisados estábamos de lo peligroso que era la carretera en la que en sus rectas infinitas los vehículos se embalan para recorrer lo antes posible los cientos de kilómetros entre pueblo y pueblo, por extensiones eternas y horizontes vacíos de sombras.

Allí donde visualmente empieza el desierto es Guelmin, la llamada puerta del desierto. Por sus calles comienzan a verse hombres cubriendo sus cabezas con tagelmust (turbantes), y al salir del pueblo uno se encuentra de repente en medio de la hammada -el desierto pedregoso-. Comienza el Sáhara.

Son a partir de ahí más las personas que están de paso por la carretera, que las que viven en las escasas aldeas que sirven de avituallamiento para los viajeros. La mitad de la población, las mujeres, parecen haber desaparecido, y cuando se dejan ver, van tapadas con coloridos melhfas que sólo nos dejan ver sus hermosos ojos.

A la entrada de estos pueblos, siempre un control de la Gendarmería Real, que siempre llevan de manera estricta el procedimiento de identificación cuando comprueban que eres español, y la pregunta que nunca falta: ¿Cuál es tu profesión?

¿Del Barça o del Madrid?

Si tienen la mínima sospecha de que puedes ser periodista o que estás involucrado con el movimiento saharaui o que eres un simple simpatizante del Frente Polisario, tienes todas las posibilidades de que no te dejen pasar.

El  viento soplaba fuerte del norte, y nos empujaba con suavidad hacia el sur, rodando casi sin esfuerzo por el desvencijado asfalto, y saltábamos de la carretera cada vez que veíamos a camiones se iban a encontrar de frente, porque no dejaban ni un resquicio para estos dos pobres ciclistas.

Conductores sin pudor que nos adelantaban a gran velocidad con sus viejos todoterrenos Land Rover Santana y furgonetas cargadas hasta arriba en su camino hacia Senegal. 

Tenemos que estar alerta para evitar que nos pasen por encima y el retrovisor se ha convertido en nuestro mejor aliado.

Pasando la ciudad de Tan-tan, un extraño núcleo urbano en mitad del desierto, con una desmedida presencia policial y engalanada con numerosas banderas marroquíes y fotos del rey Mohamed VI, el tráfico empezaba a ser más denso entre ese centro administrativo y el pueblo de la costa que está a escasos 30 Km.

Peleando contra el viento que nos soplaba de costado, nos pasó un “grand taxi” - el clásico mercedes- a toda pastilla, a un escaso metro de nosotros. Pegado a él venía otro coche que trataba de hacer un doble adelantamiento a la vez que el taxi giraba a la izquierda  para evitar llevarnos por delante. Entonces nos convertimos en espectadores de la pericia de estos dos conductores. Uno de ellos frenó bruscamente y derrapó, y comenzó a zigzaguear de un lado a otro de la carretera, cuando de repente tuve la sensación de ver algo a cámara lenta mientras el sonido del neumático, derrapando sobre el asfalto, parecía mezclarse con el olor de la goma quemada. El coche empezó, a unos escasos metros de nosotros, a dar vueltas de campana hasta que salió disparado al otro lado de la carretera.

Faltaron unos pocos metros y hubiéramos sido nosotros un leve obstáculo entre esa masa de hierro chirriante y de cristales rotos que parecía ser empujada por el mismísimo diablo hacia la arena del desierto allí donde se acababa el asfalto.

Aparcamos las bicis y salimos corriendo para ayudar a los ocupantes del coche siniestrado a la vez que maldecíamos a los conductores.

¡Malditos bastardos!. ¡Estáis como cabras!   

Nos tranquilizamos cuando vimos salir ileso al conductor, aunque este ponía una cara de gran pena cuando vio su humilde coche completamente destrozado.

Más pena y dolor nos hubiera dado si el destino nos hubiera puesto a nosotros delante.

El gran taxi no se detuvo en su camino, y vimos como a lo lejos desaparecía por la recta carretera.

Fue un buen rato el que tuvimos que esperar hasta que se presentó la policía. Venían de uno de los innumerables controles de carretera. Curiosamente tenían la versión del taxi implicado en el accidente, pues este, aunque no hubiera parado, les había informado de lo que había sucedido unos kilómetros mas tarde.

Y con extraña normalidad, nos tocó seguir pedaleando por el tranquilo desierto.

Solo nos quedan por delante más de 1000 Km. para pedalear por esta hermosa y serena carretera.

En el desierto: la ley de la selva
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