domingo 5/12/21

Discuten en el Reino Unido la posibilidad de un impuesto sobre el azúcar, un sugar tax semejante al que existe ya en Francia, Dinamarca o Mexico. Las bebidas suponen el 20% del consumo de azúcar, pero en Inglaterra, el 27% y en los Estados Unidos, el 37%.

Pero la influencia malsana del exceso de azúcar en el organismo, comprobada desde hace años, parece que no hace mella -ni caries- en nuestros decisores, dedicados a otras bagatelas. Ni control del azúcar, ni recomendaciones claras.

Tiendas de chucherías, panaderías que venden bollos llenos de grasas, hasta en las cafeterías de los hospitales, y de azúcares o fructosa, las gasolineras, paraíso del goloso y del amante de los alimentos y bebidas basura, el azúcar está por todas partes. Y a pesar de ello, o por ello, España no tiene una confitería de calidad y no es ni comparable con la portuguesa, francesa o belga, por citar sólo tres.

Carecemos de información objetiva en los alimentos y bebidas gaseosas, ni en los envases ni por parte de las autoridades sanitarias. La etiqueta “sin azúcar añadido” no es informativa y a menudo es engañosa, pues llevan cosas peores para sustituirlo. Las etiquetas de los productos son herméticas y, en el mejor de los casos, hay que descifrarlas. No ayudan a los consumidores medios. Los grupos de influencia, los lobbies, son poderosísimos y la indiferencia –o mirar para otro lado- en ministerios, departamentos autonómicos y concejalías es apabullante y casi diría que culposa.

La etiqueta “sin azúcar añadido” no es informativa y a menudo es engañosa, pues llevan cosas peores para sustituirlo

El doctor Robert Lustig, profesor en la Universidad de California San Francisco –busquen sus charlas en YouTube- fustiga, con datos en la mano, el exceso de azúcar y fructosa. Como era de esperar, se ha ganado el odio atrabiliario de las grandes marcas de bebidas y la denigración.

El origen de la producción masiva del azúcar hunde sus pies en la esclavitud, tanto en Brasil, en Cuba, como el sur de los Estados Unidos. En mayo de 2014, en Brooklyn, una instalación de la artista Kara Walker que consistía en una esfinge de azúcar blanco de diez metros de alto, con la cabeza de una esclava negra, exponía esos orígenes de esclavitud y degradación. El azúcar ha servido, además, para engañar el hambre, como a menudo vemos en la dieta de los pobres. Por ejemplo, en Marruecos, el azúcar y el pan –delicioso- son productos muy extendidos y subvencionados.

Un impuesto sobre el azúcar sería parecido al impuesto sobre el tabaco, de finalidad recaudatoria y también de Estado “nodriza”. Pero con la dificultad de que las empresas sustituirían inmediatamente el azúcar por otros edulcorantes aún peores y más nocivos. En todo caso, un impuesto bien pensado y gestionado puede hacer variar los hábitos de consumo del pueblo.

Pero en España, con el alcohol y el tabaco más baratos de la Unión Europea será difícil que el debate sobre el azúcar y la fructosa llegue a las ínclitas, impávidas e inalcanzables cimas del Parlamento.

Comentarios