lunes 18/10/21

Mañana, 14 de noviembre, hubiera cumplido cien años quien ha sido uno de los más distinguidos humanistas, antropólogos y eruditos españoles del siglo XX.

Aun lo recuerdo, entrando en aquella maravillosa librería Miessner, en la calle Ortega y Gasset, con su pajarita, una voz casi atiplada de pura timidez y delicadeza. Era atendido con mucha deferencia; buscaba libros singulares. Hoy, como tanta buena librería madrileña, pasó a la historia y es una casa de modas, en esa ‘hedonización’ del barrio de Salamanca, donde proliferan sólo restaurantes, tiendas de gourmets, lencerías, moda y perfumerías.

El, con cierto humor, se definía como folklorista, etnólogo e historiador (y sólo in partibus, filólogo) pero “si tuviera que clasificar lo que he escrito en mi vida no sabría cómo hacerlo (…) ¿Entra esto dentro de la Historia? ¿Es más bien Antropología? ¿O, en realidad, queda en el reino de la Nada?”

De una total honradez intelectual, modesto pero poderoso intelectualmente, don Julio nos ayudó a descubrir mundos ignorados o poco conocidos, como el de la brujería y la persecución de los heterodoxos, de las minorías y el del anticlericalismo. Admirador y muy unido a su tío Pío, nos llevó al fondo de los valles vascos y navarros. Pero también al antiguo Sahara español, a la Italia renacentista y barroca e incluso reflexionó sobre temas de filosofía, como en Cuestiones antropológicas en torno al tiempo.

Educado y civilizado, no era sin embargo pusilánime. Cuando tenía que criticar duramente lo hacía sin ambigüedad, sin concesiones, hasta con una suave ironía. Recordemos cuando criticó el “envilecimiento estético de España” (por los horrores inmobiliarios). Reservó también sus críticas a los impostores y a los falsificadores de la historia. Pero, como él decía, “no estaba para diatribas”, sino que se centró en el estudio y observación directa, siempre con una sólida preparación humanística. Escribía un castellano es impecable y con gracia. Fue recompensado justamente con el sillón T de la Real Academia, en 1986. Su discurso de ingreso fue significativo de sus afanes: Género biográfico y conocimiento antropológico.

Dedicó su vida a la investigación viviendo bastante solitario aunque ni confinado ni huraño. Todo esto lo cuenta de forma amena y profunda en Los Baroja, un libro que ayuda a entender la España de la época y que se lee mejor que una novela.

Otro libro, entre tantos, realmente único, es su trabajo sobre el antiguo Sahara español y Río de Oro, Estudios saharianos. Es una de las pocas obras que los españoles han escrito sobre lo que fue colonia por más de un siglo.

Sus libros de historia son un placer de lectura, a veces casi borgianos, porque aunque cita documentos y habla de personas reales, la realidad española fue tan curiosa que parecen ficción. Siempre se descubre algo, otra perspectiva. Léase, por ejemplo, su Introducción a una historia contemporánea del anticlericalismo español, repleta de narraciones interesantes, libros olvidados y personajes estrambóticos.

Un aspecto importante en estos tiempos es que don Julio estudia como nadie la cultura vasca y navarra, en la línea de José Miguel de Barandiarán, el gran sabio de Ataún, o de Resurrección María de Azkue. Su casa familiar Itzea, en Vera de Bidasoa, fue el centro de sus estudios y su puerto de abrigo. Conocía, como pocos, la antropología e historia de Euskal-Herría sin caer en el nacionalismo primario. Era un hombre universal. Su pluma también dibujaba y sus notas sobre herramientas, construcciones, e incluso sus acuarelas lúdicas son una delicia y una ayuda para redescubrir la arquitectura popular.

Nos hizo ver y leer la historia española de otra manera, suscitando preguntas y dudas, hallando rincones ocultos donde antes había certezas dogmáticas. Hoy esperamos que alguna editorial se embarque en publicar sus obras completas ya que como decía que no era muy republicano porque no le gustaba republicar sus trabajos, ello hace que muchos sean hoy de difícil acceso.

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