martes 22/9/20

Uno recuerda la definición de tesoro que, tal vez junto con la de vistas oblicuas y la de buque, fue uno de los pocos conceptos realmente sugestivos aprendidos durante los áridos años en los que estudió Derecho. En aquellos tiempos, a los futuros jurisconsultos, que en realidad acabamos dedicándonos a cualquier cosa salvo al ejercicio de la profesión, nos hacían aprender de memoria que el tesoro es el depósito oculto de dinero, joyas u otros objetos preciosos cuya legítima pertenencia no consta.

Al escuchar esta definición, las severas aulas de la Universidad Complutense se transformaban por unos momentos en un lugar más amable, incluso casi poético, en el que los sufridos estudiantes olvidaban el código civil y los pesadísimos tomo del Castán para perderse imaginando lejanas islas de exóticas playas en las que los piratas de antaño habían ocultado el fruto de sus muchos años de rapiña a lo largo y ancho de los siete mares.

Luego aprendimos también que los tesoros resultaban más habituales de lo que uno podría imaginarse. Por eso era necesario establecer unas normas concisas y certeras para atribuir su reparto entre quien lo descubría y el dueño del lugar donde fuera  encontrado. En uno de los anaqueles de la Biblioteca Nacional, sin ir más lejos, apareció un tesoro formado por numerosas monedas de oro, sin que a lo largo de los años ni los conservadores, ni mucho menos los lectores, se hubieran percatado de su existencia. Hace poco apareció otro tesoro en una finca de Sevilla, donde dentro de unas ánforas romanas se escondían tres mil monedas de plata.

En la Argentina, país cuyo nombre ya de por sí evoca el sonido de las monedas entrechocando dentro del pesado cofre que entre varios piratas arrastran sobre la arena de la playa, se ha descubierto a un antiguo Secretario de Estado cuando se disponía a enterrar varias maletas repletas de fajos de divisas. Ese Secretario de Estado, provisto de pico y pala, es el auténtico pirata de los nuevos tiempos. No sólo pretendía enterrar el fruto de sus rapiñas sino que, además, había elegido cuidadosamente el lugar donde llevar a cabo tan tradicional como censurable acción. Podría haber elegido el jardín de su propia casa, o cualquier páramo perdido en las inmensidades patagónicas. Sin embargo, seguramente seducido por las insospechadas resonancias poéticas de su conducta delictiva, en un gesto que sin duda le honra, eligió ni más ni menos que el claustro de un convento.  

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