lunes 16.12.2019

Aunque en España no sean muchos los que recuerden a los Vencidos de la Vida, el  heterogéneo grupo cuyo miembro más conocido fue Eça de Queirós, son todavía legión los que en Portugal, de una u otra manera, contribuyen a que su memoria no caiga en el olvido.

Durante las tres últimas décadas del siglo XIX, los Vencidos de la Vida se reunían, sobre todo, a cenar, de tal manera que el propio Eça les definió como un grupo cenante. Al llegar a las numerosas libaciones que acompañaban los habanos, lanzaban todo tipo de propuestas para despertar a Portugal del letargo en el que tantos años llevaba inmerso.

Unas dieron fruto y dejaron su impronta más o menos duradera en al sociedad lusitana, como la dirigida por Oliveira Martins, para sacar a la luz pública las causas de la decadencia de los pueblos peninsulares, identificando al mismo tiempo los remedios que tanto a españoles como a portugueses les permitieran regresar con la cabeza alta al núcleo central de las naciones europeas.

Otras, más insensatas o al menos más atrevidas, no pasaron del acaloramiento de las animadas noches lisboetas que reunían a tan irrepetible grupo en los salones del antiguo hotel Bragança, en los reservados del Grémio Literário o en los palacetes de los Vencidos más favorecidos por la caprichosa fortuna, como el del Conde de Ficalho.

La memoria de algunos Vencidos se ha perdido casi por completo. Si no fuera por las investigaciones de los eruditos, nadie sabría ya quienes fueron António Cándido o Carlos Lobo d’Avila. Son también muy pocos los que han conservado alguno de esos encantadores libros de poemas escritos por el conde de Sabrugosa y todavía menos los que, en alguna tarde algo melancólica, se aventuran a leerlos.

Otros Vencidos han dejado profunda huella en la vida lisboeta, como Carlos Mayer, en cuyo palacio, hoy ocupado por la cancillería española, se celebraron algunas cenas memorables. También perviven los escritos de Guerra Junqueiro, de Antero de Quental y, sobre todo, de Ramalho Ortigão, con quien Eça se entretenía en escribir a cuatro manos.

A pesar de su diversidad, los Vencidos de la Vida fueron sobre todo, incluso dentro de su innegable histrionismo, un grupo coherente y honesto. Buscaron salidas ante problemas que parecían irresolubles y soluciones a las tensiones sociales y políticas de su tiempo. Unos propusieron proclamar cuanto antes la República. Otros, establecieron canales fluidos con el heredero al trono. Todos sabían que a Portugal no le quedaba otra salida sino transformarse profundamente para adaptarse a los nuevos tiempos.

Si en España hubiéramos tenido un grupo semejante, quién sabe si no se habrían identificado y propuesto soluciones a tiempo para superar todos esos problemas que hoy siguen amargándonos el día a día.

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