lunes 21/9/20

La obra del siempre joven Mijail Lérmontov merecería gozar, también entre los lectores españoles, como ya ocurre entre los de otros países europeos, de mayor reconocimiento y aprecio. Uno cree que es una auténtica lástima que no sean demasiados los lectores que hayan dedicado el tiempo necesario para disfrutar, sobre todo, de las páginas de Un héroe de nuestro tiempo. Además, esa lectura aprovecharía en grado sumo a muchos de los protagonistas y responsables de esa especie de sainete político que estamos padeciendo en estas calurosas jornadas, al comprobar que sus torpes maniobras, que parecen basarse única y exclusivamente en mantener sus respectivas cuotas de poder, pretenden garantizar unas perspectivas de futuros beneficios exclusivamente personales.

Aunque quizás no sea demasiado acertado comparar el espectáculo que estos políticos nos imponen con el del sainete, género teatral que, aunque de menor entidad, no deja de tener su interés particular, como ocurre con las obras siempre interesantes de ese sainetero por antonomasia que fue don Ramón de la Cruz. De hecho, uno no sabe muy bien si, ante la torpeza y previsibilidad de unos y otros, se encuentra más bien ante una tragedia griega, caracterizada no tanto por el dramatismo de su contenido como por la inexorable fatalidad del destino cruel que espera a sus protagonistas.

También Lérmontov se ocupó, en uno de los capítulos de Un héroe de nuestro tiempo, de la fatalidad del destino. En esas páginas memorables que deberían despertar la curiosidad de los responsables de los principales partidos políticos actuales, narra la discusión que lleva a un grupo de oficiales a presenciar cómo uno de ellos, que cree firmemente en el destino, no duda en apretar el gatillo de la pistola que apunta a su sien. La hora de su muerte, afirmaba convencido, todavía no había llegado. De alguna manera, ese imprudente oficial tenía razón. Cierto es que la bala no acabará con su vida. Sin embargo, esa misma noche la muerte le esperaba agazapada de una forma insospechada.

El propio Lérmontov, al igual que Pushkin unos pocos años antes, también murió en un duelo provocado por un lance de honor. El héroe nada ejemplar que retrata en sus magistrales páginas, sin embargo, sobrevive a los combates con los enemigos y también a los duelos que insensatamente provoca con sus compañeros de armas.

Quizás los espectadores involuntarios del innecesario esperpento al que nos obligan a asistir nuestros torpes políticos empecemos a vislumbrar el destino que aguarda a unos y otros cuando decaigan los calurosos días de estas extrañas vacaciones que apenas hemos comenzado. Sabremos entonces si sobreviven a los combates con sus adversarios, si pierden sus vidas políticas en duelos totalmente prescindibles o, si por el contrario, desaparecen fulminantemente apenas disipado el estruendo del disparo en un estúpido juego de ruleta rusa.

Comentarios