domingo 25/10/20

Dioses útiles, libros grandiosos

Nuestras memorias de julio y agosto abarcan también el qué y el cuándo y el dónde de algunas páginas a la intemperie.Recuerdo un verano cosmopolita gracias a la sabiduría de Zweig, otro de mito y epopeya en la voz de Ovidio, alguno más remoto en el hallazgo de Mann y de Orwell. Y Mutis a bordo de un barco, y Lovecraft en una nube oscura, y Sartre en el perfil de un abismo, y Delibes en un mar pajizo y mesetario. Y un puñado de autores que me salvaron de la soledad y de la caricatura en algún estío en que acerté en los libros pero no en las compañías.

Hubo años en los que desacertadamente escuché malas recomendaciones y desoí críticas severas. Y otros memorables en que me topé con títulos extraordinarios: como éste que aún colea, y que me procuró dos ensayos idóneos para mi paz cantábrica.“La España vacía” de Sergio del Molino y “Dioses útiles” de José Álvarez Junco resultan dos obras formidables que en su análisis y diagnóstico de España y en su mirada serena e ilustrada de alguna manera se complementan.

Me detendré en esta ocasión en “Dioses útiles” que pudiera oficiar de libro de texto para los politólogos, de vademécum para los viajeros con causa, de adarga frente a los que sostienen su fe nacionalista en el flujo de la tradición.

Porque “Dioses útiles” desarma el mecanismo de los nacionalismos –y de las naciones- desde la razón y el escepticismo. El punto de partida de Álvarez Junco es que lo que nos revela la Historia no es la nación como consagración, como pura vocación de ser. Más bien se trata de un artificio urdido “para ocupar el relativo vacío dejado por las legitimidades dinástica y sagrada”. Tal idea coincide con la explicación del profesor Charles Tilly: “La necesidad de mantener y expandir los ejércitos obligó, a su vez, a crear la noción de ciudadanía, a fomentar un discurso patriótico que orientara la lealtad primordial hacia el Estado desviándola de las lealtades locales o estamentales.”

Los estratos más poderosas y con frecuencia la comunidad en su nueva condición –ciudadanos y no vasallos, sociedad y no plebe- se benefician de un resorte que articula la convivencia pero que en su primer impulso puede servir a objetivos tal vez adulterados como la unificación, el anticolonialismo, o la emancipación de una parte.

Dioses útiles, en definitiva. De ahí la invocación del autor al pensamiento de Anne Marie Thiesse, quien formula un sistema estándar de creación de las identidades nacionales que permite diferentes montajes a partir de las mismas categorías básicas. Poemas épicos, héroes medievales, emergencia de una lengua nacional, episodios exagerados o directamente inventados que legitiman la nación en el latido de cada ciudadano y que en el peor de los casos incendian sentimientos de exclusión bajo las banderas multicolor del nacionalismo.

La Europa del romanticismo fue particularmente fecunda en el ingenio de enseñas, fiestas nacionales, himnos patrios, ceremonias y ritos. Y a su imagen las nuevas naciones que brotaban de América y de África delimitaban sus fronteras con la tintura de las emociones. Álvarez Junco cita la sardónica frase de D’Azeglio, uno de los padres de la tardía patria transalpina: “ya tenemos Italia, ahora hay que crear italianos”.

Aplicando semejante prisma, el autor ofrece un espléndido recorrido por la forja de diversas naciones: Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Turquía, Rusia, entre otras. Se accede así a una historia comparada que desemboca en dos unidades francamente reveladoras.

En “El caso español”se enuncian personajes, hechos y lugares fundacionales ligados a nuestro historia: Santiago Apóstol, el santuario de Covadonga, los Reyes Católicos como promotores de una unión de cariz político.Sin embargo la nación sólo emergería en la promulgación de la Constitución de 1812: libertad, independencia, soberanía nacional. Un propósito al fin de modernidad que infaustamente se haría intermitente en dos siglos salpicados de vaivenes políticos y de ardores guerreros.

Cierra la obra “Identidades alternativas a la española”, que pone en evidencia el relato histórico y muy a menudo mítico con que los nacionalismos periféricos nimban su diferencia. Victimismo y proclamas de excepcionalidad son algunos de los vocablos que maneja un autor que razona su lejanía a toda expresión de nacionalismo: “las naciones son construcciones históricas de naturaleza contingente; y son sistemas de creencias y de adhesión nacional de las que se benefician ciertas élites locales”.

Léanlo, quedan días de verano.  

Dioses útiles, libros grandiosos
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