sábado 5/12/20

“Asturias de mis ardores”

“-¿Tú qué te crees que es la revolución? –Pues la revolución…es una cosa que no acabará, aunque acaben con todos nosotros.”

Nada tan poco original como la hecatombe. Las crisis que nos azotan y los dramas que nos acechan acaban remontándose sucesivamente a pretéritas adversidades que se suceden y se replican. Y contra la evidencia de un provenir aciago, el consuelo de que lo peor es solo la máscara de lo diferente.

Valga la precedente reflexión a partir de la lectura de “Tres periodistas en la Revolución de Asturias”, un atinado volumen editado por Libros del Asteroide que aporta una mirada sinóptica a la Revolución de Asturias. La mirada dispar aunque en todos los casos comprometida de sus autores estremece por la crudeza de los acontecimientos al tiempo que asombra por el vínculo con filamentos de mecha hacia ciertos sucesos de plena actualidad. Así ocurre con los fragmentos que Pla dedica al despliegue de la revolución en Cataluña y que bien podrían servir para glosar nuestra gravosa actualidad: “Cataluña sigue con su historia trágica y solo eliminando la frivolidad política que hemos vivido últimamente se podrá corregir el camino emprendido.” “Hemos perdido en la última tormenta muchas cosas, pero si es posible imaginar que Cataluña es capaz de eliminar los fermentos patológicos que actúan constantemente en su política, aún podemos levantar un edificio magnífico que redima nuestra historia contemporánea y las vergüenzas recientes.”

Conocidos son los hechos que desencadenaron la Revolución de Asturias. La inclusión de varios ministros de la CEDA en el gobierno de Alejandro Lerroux fue el pretexto que esgrimió la Alianza Obrera para convocar la huelga general revolucionaria y la insurrección obrera en la España de 1934. Se trataba de un atajo hacia la Revolución Social urdido por Francisco Largo Caballero y capaz de poner a prueba la firmeza de la II República.

Apenas Cataluña, Madrid, País Vasco, padecieron sus estragos pero fue Asturias el lugar en que verdaderamente estalló tan contumaz movimiento.  Cerca de 1.500 muertos, saqueos y otras acciones delictivas, y una ola de destrucción de viviendas y comercios, resumen el balance atroz de unos hechos en los que se cultivaban los ingredientes de la inmediata Guerra Civil: la fragilidad de la República, la fragmentación de las izquierdas, la irrupción del Ejército de África.

La voz que abre “Tres periodistas en el revolución de Asturias” es la de José Díaz Fernández, escritor y periodista de ideario izquierdista que llegara a diputado por el Partido Republicano Radical Socialista. Desde la Asturias en la que vivió la mayor parte de su vida, José Díaz describe el conflicto con un deje puramente narrativo, militante, a ras de combate. Díaz se detiene en los detalles más sórdidos: un hombre rebana la garganta a un semejante, un obrero muerde hasta deformarlas sus propias manos, una madre alimenta a su hijo con sopas de pan. Devuelve las frases al rictus de sus protagonistas, normalmente individuos menestrales a los que profesa una devota simpatía. Su carga crítica no se dirige a los instigadores de la revolución-textualmente alaba “su reconocida buena fe y alto espíritu combativo”- sino a la estructural ausencia de unidad de acción y su modesta encomienda al valor personal y a la audacia de los obreros

Harto diferentes son el enfoque y las conclusiones de Josep Pla, cuyos escritos se aproximan más al análisis de escritorio que a la corresponsalía de guerra. No sucumbe al improbable romanticismo  de la insurrección ni se zambulle en  la trinchera sino que desplaza su escenario a las sesiones parlamentarias y a los consejos de ministros en los que se fraguan los términos y las condiciones.  Perplejo ante lo que califica de Movimiento subversivo más extenso y más profundo, quizás, de nuestra historia contemporánea”, denuncia el carácter gregario del movimiento, su inspiración y táctica “moscovita”, la concurrencia militante de “elementos del Hampa”, hasta detenerse en un lacónico “Bien. ¿Y ahora, qué?

Cierra la terna de autores, Manuel Chaves Nogales, tan felizmente recuperado para nuestra literatura. Su crónica es la más somera y al tiempo la más cercana a la deontología de un periodismo moderno,  de intención  contenida y ecuánime. El escritor sevillano se abre paso en el escenario de los hechos - “Donde me dejan, procuro hablar con los prisioneros. Donde no me dejan, interrogo a sus madres y a sus mujeres.”- pero su relato no se detiene en los partes de guerra sino en la reflexión sobre las causas y las consecuencias.  Coincide, desde luego, con Pla, en la condena de los incidentes y de quienes los provocaron y así lo certifican frases como “Esta pesadilla de la utópica revolución social que desde hace tres años sacude a España estúpidamente”.

Nada tan poco original como la hecatombe.

 

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