lunes 09.12.2019

Con licencia de mis lectores y de mi muy apreciado Joaquín Vidal –él Estrella, yo Latino- dedico esta entrega de “Acaso irreparable” no a los habituales apuntes de vida cultural sino a la personalísima reflexión a la que me conducen ciertos acontecimientos.

Mi punto de partida es de satisfacción por los actos vinculados a la memoria de las víctimas del Holocausto que van proliferando en espacios públicos de nuestro país. Pocos hechos históricos suscitan tantas enseñanzas morales como las derivadas de la perversión colectiva que condenó a millones de personas a la opresión, al despojo, al asesinato. Las catástrofes totalitarias son únicas en sus avatares pero en su entraña anidan sin excepción una fatídica inversión de los valores y un perenne afán caudillista. Ante ello nunca son excesivas la alarma y la prevención.

Tras décadas de silencio académico e institucional, la evidencia de que en el Holocausto hubo víctimas y salvadores españoles ha podido servir de estímulo a una conciencia más solidaria con el dolor padecido. Me pregunto sin embargo si nuestra sociedad está preparada para acoger actos de memoria en los que España figure no como actor de circunstancias sino como protagonista absoluto. Resulta por ejemplo impensable que se celebraran en nuestras instituciones actos de memoria que rindieran homenaje a los caídos y a los represaliados por los dos bandos de la Guerra Civil, actos que llamaran a la fraternidad y a la conciliación y realzaran las bondades de un país que exhibe músculo democrático. Es de prever que el solo planteamiento de una conmemoración de esta naturaleza haría brotar reivindicaciones lejanas en individuos y en colectivos, expresiones de enojo en la arena de la política, ofensas y groserías en la barra libre de las redes sociales.

No ayudaría la severidad con que el español suele mirarse a sí mismo, (“y si habla mal de España, es español”, compuso Bartrina) y aún menos la hostilidad con que ciertas banderías juzgan los elementos constitutivos de la identidad nacional. Son los mismos que imponen una patria –nunca emplearían esta palabra- roma y descafeinada, reducida a la paupérrima denominación de “este país”, en la que la selección de fútbol es “la roja” y cuya burocracia acepta fórmulas neutras como la de “Agencia Estatal”. Una dolorosa forma de triturar la convivencia que naturalmente exige dinamitar referencias y símbolos y acomodar la Historia a las pretensiones más levantiscas. Y con ese arrebato pinturero que da la ignorancia, alcaldes de ciudades entrañables braman que la colonización de América “fue un genocidio”, o que la monarquía parlamentaria “resulta una anomalía”.

En ese alarde de feísmo faltaba naturalmente el ataque a la crónica imperial. Y llegó de donde más puede doler: el Ayuntamiento de Ibiza, gobernado por una alianza izquierdo-populista, plantea eliminar el nombre de Vara de Rey con que desde septiembre de 1898 se conoce a la más egregia de sus avenidas. En aquel mismo año, el General Joaquín Vara de Rey –abuelo de mi abuelo- cayó derribado tras varios disparos mortíferos en el fuerte de El Caney situado al oriente de Cuba tras resistir junto con un puñado de valientes el asedio de un enemigo manifiestamente superior en hombres y en armamento. Su muerte, que en puridad escenificaba el martirio del penúltimo héroe imperial –aún aguardaban los hombres de Baler- y el desvanecimiento de la España de ultramar, provocó una honda conmoción en toda la nación. Y dado que Vara de Rey nació en la isla, el Ayuntamiento y el Diario de Ibiza fomentaron una suscripción popular para la adquisición de una lápida en tanto que nueve toneladas de bronce cedidas por parte de la Regente María Cristina fueron forjadas en un mausoleo que su hijo Alfonso XIII inauguró en el año 1904.

Algo más de un siglo después otro equipo municipal de la Pitiusa plantea la retirada del nombre que imprimieron sus antecesores. No me resulta extraño que desdeñen la epopeya o la tradición pero sí que pasen por alto el impulso popular que fue tan decisivo para el reconocimiento del militar. A su vera, el Institut d’Estudis Eivissencs (¡de estudios!) sostiene alegremente que el nombre se impuso “para complacer a los poderes establecidos”. Y añade –manda cojones- “que Vara de Rey fue un general derrotado”. Como si la épica se tejiera con hilvanes de victoria, como si el adobe de un héroe no fueran el tesón y la quimera, como si –gracias, Kipling- el triunfo y la derrota no fueron dos tremendos impostores.

Como si lo que nos une fuera lo que nos separa.

Otra vez España
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