miércoles 22.01.2020

Audaces, seductores, hipnóticos, así son los héroes de la tradición clásica. Inconformes, frenéticos, voraces, ungidos por los dioses ante los que sin embargo se atreven a levantarse. He aquí la “hibrys”, la fuerza irresistible que quebranta la frontera de lo razonable –en términos de poder,  no de moral- y desata la cólera de los dioses.

Acaso para delimitar los atributos de héroes y dioses así como la naturaleza humana y por lo tanto perecedera de aquéllos, la mitología clásica reserva a los hombres más poderosos muertes extravagantes y en ocasiones grotescas. Se presentan además de modo inexorable: solo Heracles y Asclepio alcanzarán el premio infinito de la resurrección.

Tales ideas inspiran un ameno e inteligente ensayo de Carlos García Gual que bajo el título “La muerte de los héroes” recopila las hazañas y las desventuras de un ramillete de héroes de la tradición griega al tiempo que describe su trance ulterior: “es decir, lo que podríamos considerar su última aventura: gloriosa a veces, otras triste.”

Las dos partes más prolijas de la obra se dedican respectivamente a los héroes míticos y a los héroes homéricos: los primeros actuarían en pro de una gloria personal en tanto que los segundos expondrían su vida en aras del bien de la comunidad. El venero de inspiración serían los mitos pergeñados antes incluso de la invención de la escritura, un tiempo que históricamente se correspondería con el derrumbe de la civilización micénica y cuyos rapsodas cantaban a unos seres de compostura sobrehumana que la literatura posterior –particularmente el teatro- iría modelando y dotando de profundidad en paralelo a la consolidación de los ideales de la “polis”. Es el paso del “kleós” –la gloria- al “páthos” –sufrimiento.

 “Pocos son - señala García Gual- los que se extinguen en el fragor de las armas de guerra o en el fracaso de alguna atrevida hazaña”.  Los sucesivos apartados de su ensayo  nos descubren en efecto el destino a menudo estrafalario que aguarda a los protagonistas de las epopeyas más grandiosas.

Uno de los ejemplos más locuaces es el del victorioso Heracles, hijo del propio Zeus, cuya muerte fue excéntrica y dolorosa. En realidad se trató de la venganza póstuma del centauro Neso, quien antes de intentar violar a Deyanira –esposa de Heracles- le entregó un filtro amoroso licuado con su propia sangre. Con el fin de alejar a Heracles de los encantos de la princesa Yole, Deyanira roció del supuesto filtro la túnica de su esposo: en realidad un veneno fatal que abrasó mortalmente al héroe nada más vestirla.

También la fatalidad se ensañó con Perseo, el vencedor de la gorgona Medusa que petrificaba a quien le miraba. Un relato apócrifo cuenta que, pese a ser decapitada, la cabeza de la Medusa conservaba su tétrico atributo de modo que Perseo la conservó como arma secreta haciéndola mirar a sus enemigos. Cefeo entre ellos, cuya ceguera le hizo inmune al sortilegio; Perseo no comprendió a tiempo por qué así que instintivamente volteó la cabeza yerta y quedó él mismo esculpido en granito.

El intrépido Jasón perecía al desprenderse sobre su efigie el mástil de la nave Argo, Asclepio fue fulminado por su prometeica acción de resucitar a un muerto, Teseo cayó o le dejaron caer desde la altura de un barranco, y aunque respecto a Orfeo coexisten varias leyendas la más difundida relata que fue finiquitado por desairadas bacantes que le transportaron por segunda y definitiva vez al Hades.

También con respecto al óbito de algunos de los héroes homéricos confluyen distintas versiones. Es el caso de Ulises, a quien Tiresias vaticinó una muerte tardía y marinera si bien algunos textos narran su fin a manos de uno de los hijos nacidos de su escabroso encuentro con la hechicera Circe.

Más unánime es la tradición en cuanto a la muerte de Aquiles, quien escogió la vida breve y la gloria inmortal. Aquiles muere del impacto de una flecha –arma que en la Ilíada no goza del carácter noble de la lanza y la espada- que impacta en su único punto débil: el talón, de donde la ninfa Tetis le agarró para sumergirle en la Laguna Estigia a fin de dotarle de invulnerabilidad. La flecha fue disparada por el intrigante Paris, quien pagará su traición y sus infidelidades cayendo también abatido por una certera flecha. Y no flecha sino espada terminó con Áyax, quien se suicidó avergonzado tras lidiar con un rebaño de carneros a los que confundió con los atridas Agamenón y Menelao.

Reserva Carlos García Gual la última parte de “La muerte de los héroes” al nudo y desenlace que afecta a tres mujeres transgresoras con el orden establecido. Clitmenestra vengó las infidelidades de su esposo Agamenón asesinado a éste a su regreso de Troya, y a su vez fue muerta por sus hijos Orestes y Electra. Casandra no pudo escapar al destino fatal que le impuso el dios Apolo con quien rehusó yacer, Antígona fue condenada por quebrar la ley del tirano Creonte y decidió ahorcarse.

Muertes absurdas. Valga la redundancia.

La muerte de los héroes
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