miércoles 27/10/21

Tabernarios

Emilio Fernández-Galiano
Emilio Fernández-Galiano

En su torpe inquina hacia el adversario y la babosa pleitesía a sus amos, el sociólogo Tezanos atenazó a su propio electorado y espoleó el de los populares. Tildar de tabernarios a cientos de miles de ciudadanos que se sienten orgullosos de tal condición, supuso una torpeza sólo similar a la que arroja sus manipulados estudios sociométricos. Mi buen amigo Rafa de Andrés (Casa Rafa), siempre se define profesionalmente como “tabernero”, regentando junto a su primo Miguel Ángel uno de los mejores restaurantes de la capital además de ofrecer la más exquisita ensaladilla rusa de Madrid, al margen de su extraordinario marisco cuando la cosa lo merece. Jesús Velasco (Amparito Roca, templo gastronómico) alardea de atencino, su mejor escuela junto a la de sus vivencias en el barrio de la Prospe o como vecino del legendario Ketutín, donde Goyo hace feliz a muchos de sus vecinos. Tabernas de lujo que, cuando las frecuentamos, nos sentimos orgullosos. Igual que otras cientos, miles, que pueblan la provincia y que gracias a la actitud de la presidenta (“¡qué bien, qué bien, hoy comemos por Isabel!”) están sobreviviendo dignamente a la pandemia.

 

Pero parece mentira que el director del CIS ignore que las tabernas de Madrid dieron juego a las mejores novelas de nuestra literatura, o en ellas se firmaron grandes negocios y se pactaron importantísimas iniciativas políticas –a punto estuvo de conocerse nuestra Constitución española de 1978 como “La Gades”, por su similitud fonética a “La Pepa”, porque en aquella tasca, cercana al Congreso de los Diputados, se firmó el primer proyecto de la Carta Magna durante la Transición-. Tabernas con nombre propio y distintos apellidos, ya fueran Casas, Bares, Cafés, Restoranes, Tascas o Mesones.

 

La primera del mundo, la de Botín, rincón de bandidos como la de Candelas, cobijo de la resistencia frente a los franceses, o la oposición en la dictadura, clandestinas reuniones en Chicote o refugio de espías en Embassy, cobijo de encuentros furtivos de amantes anónimos. Descanso de monarcas en sus travesías: “muy rico el vino, mesonero”, dijo el rey, “tengo otro para las grandes ocasiones, majestad”, “pues guárdelo para cuando venga el Papa”, sentenció Alfonso XIII.

 

En dónde si no celebrar éxitos u olvidar fracasos, conmemorar aniversarios o brindar por grandes proyectos. Picasso abusaba de ellas para comer de gañote dibujando a los postres cualquier tontería en el mantel, -“don Pablo, don Pablo, que no me lo ha firmado”, se quejaba el propietario; “si lo firmo me quedo con la taberna”, replicaba el pintor-. Y a cuántos artistas han servido de musas e inspiración.

 

Algunos taxistas alardeaban de haberse tirado a Ava Gadner cuando ya, bastante ebria, volvía a su hotel. Puede que el español sea el único que disfruta más contando sus batallas que guerreando. Al fin y al cabo, quién no sube a Instagram el plato de turno cuando se encuentra en cualquier taberna. ¡Tabernarios, un lujo!

 

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