jueves 1/10/20

EL PENSAMIENTO MÍNIMO VITAL

Hoy entra en vigor el esperado “ingreso mínimo vital”, que ha sido como el parto de los montes para Iglesias. El vicepresidente ya tiene su bandera para el resto de legislatura. La prueba inequívoca de su compromiso con los sectores más desfavorecidos. El regreso a las raíces que vieron nacer a los círculos morados. La apelación a la dignidad humana, justo cuando más lo van a necesitar las victimas de la pandemia del desempleo.

Iglesias lleva tres meses trabajando esta baza electoral. Ha tenido que batirse en duelo, incluso saltándose la cuarentena, contra molinos de viento como los ministros Calviño y Escrivá, y contra buena parte de la opinión pública que no entendía una medida que no es facil de explicar –tardaron mas de hora y media en hacerlo él y la portavoz del gobierno en rueda de prensa este pasado viernes- y que puede estimular la economía sumergida y desincentivar la actividad laboral menos retribuida.

Era vital, para Iglesias, aprobar la medida del ingreso mínimo, como fuere. Había que distraer al personal de esas imágenes fatales de la guardia civil vigilando el perímetro de su chalet de lujo. De la perdida del favor de la calle. Y de las antiguas fragancias y olores a cloaca que vuelven a rezumar.

Al final esta nueva prestación no contributiva, la pagaremos todos con nuestras cotizaciones sociales. O con nuestros nuevos impuestos. Habrán de arbitrarse medidas de coordinación con las comunidades autónomas que, desde hace décadas, mantienen prestaciones similares para los mas necesitados, con desigual normativa. Y los territorios vascos y forales mantendrán el hecho diferencial, con la gestión integra de las prestaciones.

La derecha solo ha podido acudir a descalificaciones –la paguita- sobre esta iniciativa que pilla muy lejos de los cayetanos. Si le ha sido difícil a Iglesias y Escrivá explicarla, peor lo ha tenido la ministra económica de Casado –Elvira Rodríguez- para divulgar sus efectos perversos. La calle Núñez de Balboa carece de portavoz económico, y a Rodríguez no se le ha odio, porque bastante tiene con llevar el peso diario de diferenciarse de economistas más liberales y mediáticos como Rallo o Lacalle.

Me dice Dominique que en esta sociedad de discursos vehementes y polarizados, de rojos y fachas, de marquesas y terroristas, en la que cada facción apela a su pensamiento único, sería también importante garantizarnos un pensamiento mínimo vital. Que cada persona pudiera reflexionar en libertad al menos una vez al día o al mes, sin la censura velada de los tribunales populares que transitan libremente -ellos sí- por el anonimato de las redes sociales. Debemos preservar el libre pensamiento, y sacudirnos los complejos, los prejuicios, y el miedo a la pluralidad, la equidistancia y la moderación. Porque llegará un día que tengamos que tomar una decisión –en las urnas- y no nos acordaremos de un solo pensamiento propio.

 

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