Europa pierde dinero y espermatozoides por los contaminantes

Espermatozoides.
Espermatozoides.
Europa pierde dinero y espermatozoides por los contaminantes

La exposición a contaminantes cuesta cerca de 1200 millones de euros anuales en problemas reproductivos masculinos en Europa, según una estimación realizada por los países nórdicos.

Que los problemas reproductivos de los hombres están aumentando de unas décadas a esta parte es algo sabido. Los varones occidentales, desde algún punto de vista son, cada vez, menos varoniles. Tienen menos espermatozoides y estos se mueven menos, tienen también menos testosterona, y una serie de problemas severos en sus atributos sexuales están en progresión.

Bien lo saben los expertos en reproducción asistida. Da igual que sea en Estados Unidos, en Francia o en otros países, como España, por ejemplo, donde entidades como el Instituto Marqués han consignado año a año la pérdida de capacidad reproductiva de los varones.

Lo que no se sabía es cuanto cuesta esto en euros. Y una serie de países, Dinamarca, Finlandia, Islandia , Noruega y Suecia, se han puesto a hacer números. El resultado ha sido una estimación publicada por Norden , el Consejo Nórdico de Ministros:  hasta un 40% de los costes sanitarios ligados a los problemas reproductivos de los varones se deben a unas sustancias contaminantes que ahora están en medio de una tormenta política en Europa: los llamados disruptores endocrinos  que, en román paladino, son sustancias capaces de alterar el equilibrio hormonal humano.

Entre los efectos figuran alteraciones en el desarrollo cerebral, algunos cánceres, daños tiroideos, partos prematuros o daños reproductivos

Entre  los disruptores endocrinos hay sustancias que sustancias que pueden estar presentes en nuestra comida, como los residuos de algunos pesticidas; sustancias que pueden estar, por ejemplo, en las latas de comida como pasa con uno de los contaminantes hormonales más famosos, el Bisfenol A; sustancias que podemos respirar en casa porque, a lo mejor, se van desprendiendo desde una superficie de PVC, o que pueden estar en un perfume, en un ambientador, en un producto de limpieza... como pasa con otras sustancias de extraño nombrecito como algunos ftalatos... En fin, hay centenares de sustancias que han sido ya identificadas como disruptoras endocrinas y la práctica totalidad de los europeos tenemos ya muchas de ellas, cotidianamente, en nuestros cuerpos.

Entre los efectos a los que estas sustancias han sido asociadas por la ciencia figuran alteraciones en el desarrollo cerebral, algunos cánceres como el de mama o próstata, daños tiroideos, partos prematuros, obesidad, diabetes, malformaciones, daños inmunológicos, enfermedades cardiovasculares... y, entre otras cosas, daños reproductivos, que es de lo que se ocupa la investigación de los paises del norte que acaba de hacerse pública.

El informe tiene un título llamativo. "El coste de la Inacción. Análisis socioeconómico de los costes ligados a los efectos de las sustancias disruptoras endocrinas sobre la salud reproductiva masculina".

¿Por qué estos expertos escogieron estudiar específicamente estos efectos? Básicamente, porque, como comentan los responsables de la investigación, los vínculos causales entre la exposición a las sustancias disruptoras endocrinas y los efectos negativos están bastante bien establecidos. Entre ellos, una serie de defectos en la formación del aparato genital de los niños, tales como la criptorquidia (testículos que no descienden de la cavidad abdominal) , hipospadias (la abertura de la uretra, en lugar estar en la punta del pene, se ubica en otros lugares), la mala calidad del semen o el cáncer de testiculos.

El coste total económico de estos problemas atribuible a los contaminantes se estima en unos 1.200 millones de euros anuales, que podrían ahorrarse si se llevasen adelante políticas que previeran la exposición a estas sustancias contaminantes. Aún así, advierten los autores del informe "como esos costes solo representan una fracción de las enfermedades vinculadas al sistema hormonal hay buenas razones para continuar el trabajo de reducir la exposición humana a estas sustancias".

Pero ¿por qué, podrán preguntarse algunas personas, se habla en este informe de los costes económicos y no de lo que es realmente más importante, como son las consecuencias sanitarias por sí solas?. ¿Es que no importa más la salud, por sí misma, que el dinero? La respuesta, que puede estar clara para una buena parte de las personas de a pie, no parece estarlo tanto para algunos responsables de la Comisión Europea.

Países como España permanecen en la inacción

El debate que en estos momentos se ha establecido en Europa es un debate en el que, como tantas otras veces, se está intentando anteponer los intereses económicos de unas cuantas industrias químicas a la salud de los europeos.

Por ello, entidades de defensa de la salud aplauden este informe, esperando que "sea un golpe a la labor de lobbie que está realizando la industria para retrasar la acción reguladora sobre productos químicos disruptores endocrinos" tal y como ha declarado Lisette van Vliet, de HEAL (Health and Environment Alliance, La Alianza entre el Medio Ambiente y la Salud).

Porque lo que está sucediendo actualmente, y sin que una buena parte de la población europea se aperciba de ello, perdida en otros debates, a veces mucho menos importantes, es escandaloso. Una serie de medidas regulatorias que hace mucho deberían haber sido adoptadas para proteger la salud de millones de personas frente a unos efectos de estos contaminantes, avalados por millares de investigaciones científicas, están siendo retrasadas y saboteadas, a fin de privarlas de eficacia real, a mayor gloria de unas pocas grandes industrias químicas.

Uno de los episodios más sonados, según se denuncia, fue cuando la Comisión Europea decidió incumplir los plazos para disponer de unos criterios de identificación de las sustancias que tienen propiedades de disrupción endocrina, algo muy temido por industrias como la de los pesticidas, con la excusa de evaluar antes el coste económico de prohibir o limitar el uso de una serie de sustancias.

Claramente, con ello se esperaba, ante todo, que las industrias se saliesen con la suya, aportando datos sobre las pérdidas económicas que les ocasionaria adoptar una serie de medidas en defensa de la salud humana. Pero sin considerar debidamente que aquellas entidades, científicos y países más concienciados a la hora de no anteponer el dinero de unos pocos sectores a la salud de sus ciudadanos, también podían echar mano de la calculadora y estimar el coste económico de los impactos sanitarios. Expresión de ello es este informe de los países nórdicos, como antes de él han sido otros informes más amplios, por referirse a más problemas de salud y que alcanzaban montos de decenas de miles de millones de euros anuales (ver , por ejemplo, el informe que ya publicamos en Estrella Digital sobre La factura sanitaria de los contaminantes: 31.000 millones de euros al año en Europa )

En qué quedará esta guerra entre los intereses de unas cuantas industrias y la defensa de la salud de los europeos ya se verá.

 Minimizar la exposición a los disruptores endocrinos ahorrará a la sociedad considerables costes económicos

Se han producido importantes declaraciones de centenares de científicos pidiendo que se adopten medidas exigentes para controlar estos contaminantes. Y diferentes naciones se han puesto a un lado u otro de la trinchera.

Mientras países como España permanecen en la inacción o algo peor (El Gobierno ignora el aumento de enfermedades por contaminantes ) otros países están denunciando el escandaloso comportamiento de la Comisión Europea y armando un frente (Suecia, Francia, Dinamarca, Holanda, Belgica...)

Las conclusiones del estudio nórdico que acaba de entrar en escena en este conflicto, son claras: "asumiendo que los disruptores endocrinos traen consigo una serie de efectos negativos sobre la salud humana y la vida silvestre, este informe muestra que minimizar la exposición a los disruptores endocrinos no solo evitará dolor y sufrimiento a las personas (y la vida silvestre) afectadas sino que ahorrará a la sociedad considerables costes económicos".

Y entre los pasos a dar para conseguir ésa protección de la salud y del bolsillo de los europeos cita, en primer lugar: el "desarrrollo de unos criterios basados estrictamente en la ciencia para la identificación de las sustancias que sean disruptoras endocrinas y que estos sean tenidos en cuenta debidamente en la legislación europea". Ya que, en la base de todo este problema es éso lo que está dirimiéndose: si ha de prevalecer lo que la ciencia sabe sobre los graves riesgos de estas sustancias o si ha de arrinconarse la verdad científica para que solo hable ése poderoso caballero, don dinero (y no el dinero de todos, sino el de unos cuantos sectores concretos).