lunes 2/8/21

La pandemia del siglo XXI: salud, economía y libertad

lacaci

Nadie podía imaginar que comenzaríamos el año 2020 con una serie de acontecimientos tan desafortunados como los que actualmente seguimos viviendo y padeciendo. Lo cierto es que el microscópico virus llegó de forma tan sorpresiva como arrebatadora y puso el mundo del revés o, al menos, en una posición tan débil como no se recordaba desde la última Guerra Mundial.

Como si de una tormenta perfecta se tratara el ahora tan nombrado como temido coronavirus llegó atacando la línea de flotación por la que discurrían los estados del bienestar de buena parte de este, nuestro mundo. Efectivamente, nos encontramos con tres de las peores limitaciones que un ser humano puede tener en vida: su salud, su economía y su libertad.

En toda esta tormenta perfecta, además, los que están o debieran estar al frente de la responsabilidad política o institucional para ayudar a controlar estas nefastas consecuencias derivadas de una pandemia sanitaria, en el mejor de los casos, ayudan muy poco y, en el peor, aún lo complican todo mucho más, bien por su irresponsabilidad en la toma de las decisiones, bien por su ineptitud para gestionar un problema que les viene demasiado grande.

Y, en este punto nos encontramos: con la salud mermada, con los bolsillos vacíos y con nuestras libertades cercenadas.     

La pandemia del siglo XXI pasará, como antes ya pasaron otras, pero la aparición en escena de este nuevo coronavirus además de arrebatar la salud, incluso la vida de cientos de miles de personas en el mundo también está sirviendo para poner al desnudo todas las debilidades humanas, incluyendo la bajeza moral e intelectual de una parte de la sociedad.

En esta crisis sanitaria casi todos estamos fallando y, casi todos tenemos parte de responsabilidad, aunque no todos con la misma proporcionalidad. Sin que sirva de lista cerrada sobre las posibles responsabilidades que cada cual tenga, voy a apuntar algunos ejemplos sobre el particular.

Políticos: en este grupo, vengo a referirme no sólo a quienes ocupan el sillón de la legítima representación política en el Congreso y en el Senado, también me refiero a quienes ostentan cualquier cargo público con responsabilidad en cuanto a las decisiones a adoptar para atajar el problema derivado de la crisis sanitaria por el coronavirus, bien sea desde organismos nacionales o supranacionales. En este grupo, la responsabilidad es alta, puesto que, en principio, son servidores públicos llamados a trabajar por la seguridad de la ciudadanía y que, por ello, perciben la oportuna retribución mediante el dinero que pagamos los ciudadanos, vía impuestos.

Pues bien, ¿cómo calificaríamos la respuesta que están ofreciendo los políticos y otros cargos de responsabilidad pública ante la pandemia?, ¿están a la altura de las circunstancias y del gravísimo problema al que nos enfrentamos?, ¿cuentan con la preparación, formación o la experiencia suficiente para estar al frente de la gestión de dicho problema?, ¿trabajan anteponiendo el interés público a sus propios intereses?, ¿aportan soluciones de valor frente a las consecuencias negativas derivadas de la crisis sanitaria, como pueda ser la crisis económica y la pérdida de los puestos de trabajo de cientos de miles de personas?, ¿se están sacrificando los diferentes responsables políticos en la misma medida que se les exige al resto de ciudadanos, por ejemplo, recortándose sus salarios u otras prebendas de las que vienen disfrutando?, ¿ha asumido algún error, pedido perdón o dimitido algún responsable político, hasta la fecha?

Como ven, en esta ocasión, he preferido apuntar a la posible responsabilidad que puedan tener los servidores públicos en el contexto de la crisis sanitaria por la pandemia del coronavirus, sin calificar la dirección de las acciones que llevan realizando desde que comenzó la misma. Ustedes mismos pueden responder a las preguntas abiertas que he reflejado, de las respuestas que den, podrán concluir si tienen o no algún tipo de responsabilidad sobre lo que está sucediendo; si podrían o no hacer más y mejor para paliar o, al menos, controlar la grave situación a la que nos venimos refiriendo; si podrían o no ayudar más a las cientos de miles de familias que lo están perdiendo todo (desde a sus seres queridos, pasando por sus trabajos, sus ahorros, su propia libertad…)

Sociedad: aquí vengo a referirme a todos nosotros, a la sociedad en su conjunto y también al comportamiento de los ciudadanos en su individualidad. Y vengo observando que, por un lado, la sociedad, nuestra sociedad del siglo XXI, no acaba de entender lo que le está sucediendo. No puede comprenderlo por varios motivos. Primero, porque una situación como la presente, no había ocurrido nunca, al menos, no, con la gravedad y rapidez con la que esta enfermedad vírica nos contagia y nos lleva al borde de la desesperación, tanto en su vertiente clínico-médica, como en la de inmovilizarnos por la merma de nuestros derechos fundamentales, antes nunca limitados como hasta ahora.

En definitiva, pienso que las sociedades actuales, tan modernas, como acomodadas, no están preparadas para afrontar limitaciones sean de índole sanitarias, económicas o de derechos, más propias de los siglos en los que el estado del bienestar ni estaba ni se le esperaba. Asistimos a muertes generalizadas por no tener un remedio sanitario para evitarlo y, esto, además de ser muy triste, nos imbuye en un mundo de incertidumbre y temor hasta ahora no vivido.

La gran mayoría de los ciudadanos, pese a la incertidumbre y al temor por lo desconocido, se están mostrando fuertes, responsables y serenos, habiendo pasado ya más de 9 meses desde que se inició esta pesadilla por el invisible y mortal enemigo virológico. Pero, alguna parte de la sociedad ya no puede más. Se encuentra al borde de sus fuerzas. Desfallece. Y es normal. Lo anormal es haber asistido a la entereza con la que la inmensa mayoría de la sociedad ha permanecido levantada, sin desfallecer. Toda vez que, muchas personas, han ido perdiendo por el camino a sus seres queridos, sin poderles dar tan siquiera su último adiós; otros muchos, o esos mismos familiares de los fallecidos, también han perdido sus puestos de trabajo, sus empresas, sus oficios, su presente, su futuro… Y, junto a todas estas desgracias, sanitarias y económicas, también se ha sufrido y se sigue sufriendo por no poder disfrutar de uno de los derechos fundamentales de cualquier democracia: la libertad. En efecto, la libertad, después de la vida, supone uno de los derechos consagrados en cualquier Constitución del mundo, un derecho inherente a la persona por el mismo hecho de serlo. Un derecho imprescriptible que ahora vemos limitar y, esto, tampoco lo habían vivido nunca nuestras sociedades modernas con democracias asentadas.  

Al momento de escribir estas líneas, sin embargo, una parte (todavía hoy, pequeña) de la sociedad, comienza a manifestarse (derecho también consagrado en la Constitución, mientras se lleve a cabo con los procedimientos normados y de forma pacífica) e incluso, algunos, comienzan a revolucionarse (véase, a manifestarse con cierta violencia).

Sinceramente, pienso que alzar la voz es bueno en determinado momentos o situaciones de la vida. Esta, sin duda, es una de ellas. Decir alto y claro en qué creemos que nos están fallando los representantes políticos de cada uno de los Estados y, también, de otros cargos de responsabilidad supranacional (como, por ejemplo, la O.M.S. u otros organismos internacionales). Solicitarles un mayor compromiso con la sociedad, con su máxima implicación y sacrificio para sacar a la población de esta grave pandemia mundial. Pedirles responsabilidades por todas las actuaciones que se alejen de este primordial objetivo.

Aunque, desde luego, alzar la voz, en ningún caso debe significar quemar contenedores en las calles, agredir a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado ni a ningún otro ciudadano, asaltar comercios, etc. Quienes realizan este tipo de actos, también son responsables de agravar la situación (además de ser responsables de cometer hechos delictivos, penados en la ley).

Es el tiempo de la ciencia y de los científicos. Dejémosles trabajar y dótenles de todos los medios para ello. Ahora lo que toca es que cada uno sea responsable de sus actos. Si unos y otros hacemos lo que nos corresponde, además de superar la pandemia, también habremos superado uno de los momentos más difíciles de nuestra historia. Dependerá mucho del comportamiento de la sociedad en su conjunto para que veamos, en un futuro, lo que sí se llevó y lo que no pudo llevarse el coronavirus.

Nuestra salud, nuestra economía y nuestra libertad siguen estando en juego.

Carlos Lacaci

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