miércoles 28/10/20

Historias de mi vida liberal. La postguerra del racionamiento 2

Faltaba de todo, y las familias, malamente subsistían con las cartillas de racionamiento, que daban derecho a un chusco por persona, duro, y a veces con yeso entre sus componentes. Salvamos la vida y la depauperación, gracias al “estraperlo” (mercado negro), que se daba por debajo el mostrador, a precios de escándalo, con alimentos que habían logrado colar, desde el campo los payeses, orillando el “fielato” o las inspecciones en trenes, tranvías y autobuses de gasógeno. Lo vendían bajo el mostrador en un colmado llamado “Nicolau” en la calle San Felio. Casi dos puertas más acá del palacete de Jaume Matas, por el que fue juzgado y condenado como expresidente de la Comunidad Balear por cobrar, comisiones en diversos juicios entre 2012 y 2017, especialmente en el Caso Noos. Era el primer tramo de la escalera, había que subsistir y dada mi juventud, lo primero era comer, ya que no entendíamos todavía el significado de la vida, ni para que habíamos venido al mundo, ni lo que nos esperaba en él.

 Nunca imaginaron Strauss y Perlo, austriaco el uno, italiano el otro, que su ruleta, instalada ya en el casino de Formentor, iba a ser como tal estafa, el mayor escándalo que le supuso a Alejandro Lerroux la caída del gobierno de la Republica. ¿Qué tendría que ver, la alimentación con el juego? no lo sé, pero el estraperlo fue la diferencia entre la vida y la muerte para muchos españoles, que comieron, aunque caro.

Compartíamos la casona con, un taller de tricotado, en el que trabajaba mi madre con algunas obreras, para intentar completar los ingresos de mi padre, que, obligado a dejar su carrera de abogado por la guerra, se había visto abocado al pluriempleo para darnos de comer a todos, desde su actividad principal como secretario de. Estudios General Luliano y de maestro en Porto Pi. Iba por las tardes y el resto del día daba clases en distintas escuelas, a las que se desplazaba en una bicicleta con motor mosquito. Tuvo un día un accidente y le fui a ver al hospital, estaba muy desfigurado, como si en vez de una bicicleta hubiera sido un tren, También guardo un recorte donde le daban la Orden Imperial del yugo y las flechas el 18 de Julio de 1967, Así como otro con el premio Ramon Llull a título póstumo del 6 de noviembre de 1998. Después le dedicaron una calle como director que fue de la Escuela de Hostelería, el Taller escuela sindical Virgen de Llull, la Secretaria General del Estudio General Luliano (futura Universidad) y la Presidencia de la Asociación de amigos de los Molinos. Había subido, al más alto peldaño de su escalera. Con mi madre Alicia recogimos el premio Ramon Llull en la Lonja de Palma.

En la Isla en esos tiempos no había más que un solo negro y pocos turistas, el negrito de una tienda de tejidos de Can Matons. ¡Era singular! Y no me cansaba y asombraba de mirarlo, especialmente, cuando llegaba el día del Domund y los curas teatinos nos repartían unas huchas antropomorfas de las que todavía conservo, una con cara de chino.  Lo peor, eran los Reyes Magos, pues después de una aparente cabalgata, que les recibía en el muelle (llegaban en barco), eso sí con caballos, pues camellos no había, después de una noche en vela, intentando oír sus cascos y como se introducían en la casa, la sorpresa era que, en vez de juguetes, habían dejado “cosas de provecho”. Nunca he llegado a comprender, como unos calcetines pudieran darme algún provecho, pero así eran las cosas, y al día siguiente volvíamos a jugar en la calle en la placita de la Paz con espadas de madera o “chapas” de tapas de cajas de cerillas, que valorábamos enormemente. El juego era simple; desde un escalón y con el dedo gordo impulsábamos la “chapa” para que cayera al empedrado, y si cubría alguna otra te la quedabas, si volaba lejos y nadie logaba cubrirla, la recogías con reverencia y eras “más rico”. Era el primer tramo de la escalera, las “chapas” eran más valiosas que el dinero, pues quien más tenía, más rico era, y ¡mira por donde!, la temprana vocación, de subir peldaños de la escalera, te ponía como meta la posesión de lo material, como instrumento inmediato del poder. Dicen que el capitalismo se inventó en Ur en Mesopotamia, paro yo estoy convencido de que fueron el intercambio y el atesoramiento de “chapas”, al menos en Mallorca, los impulsores de un capitalismo primitivo, salvaje, pues las peleas eran frecuentes y acababan, con alguien descalabrado a pedradas o a espadazos, cuándo el mercado no fluía adecuadamente. Como sucede actualmente en un mundo globalizado, donde capitalismo y marxismo siguen luchando por prosperar, en medio de la terrible pandemia del Coronavirus.

 

Bernardo Rabassa Asenjo

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