sábado 12/6/21

Historias de mi vida liberal. El final de Franco 1973-1975

   La muerte violenta de Carrero impresionó profundamente a Franco y a toda la sociedad española, pero sus consecuencias fueron mucho menores de las que se podían esperar. Franco se hizo más vulnerable a las presiones de la camarilla de El Pardo, y los tecnócratas desaparecieron del gobierno, pero no hubo ningún cambio político o institucional sustancial. Navarro Rubio habló de la revancha de la Falange. En realidad, la Falange como tal no recuperó posiciones, pero los grupos más inmovilistas se felicitaron de la desaparición de los tecnócratas de los puestos clave de la Administración. De nuevo volvió a ponerse en marcha el procedimiento institucional de elección del presidente del gobierno. Rodríguez Valcárcel, en calidad de presidente de las Cortes, recibió de Franco la instrucción de incluir en la terna de candidatos a la presidencia a Arias Navarro. Alejandro Rodríguez de Valcárcel me había recibido en la sede del INI, en la plaza Marqués de Salamanca, recomendado por mi padre en 1963, pero no hizo nada por mí. salvo un apretón amable de manos.

   Arias Navarro presidió el primer gobierno franquista compuesto exclusivamente por civiles ‑salvo los ministerios militares‑, caracterizados por su pragmatismo y su solvencia técnica. Reunió a los dos sectores del franquismo, inmovilistas y aperturistas, sin poder ejercer un liderazgo firme sobre ellos. Así, el gobierno careció de una línea política coherente, basculando entre apertura, promovida por el tándem Pío Cabanillas‑Antonio Carro, y el inmovilismo representado por Utrera Molina. Este último, un falangista a la vieja usanza despachaba habitualmente con Franco y le tenía al corriente de las deliberaciones del consejo. Franco también impuso a Arias el nombramiento de Barrera de Irimo que fue mi cliente, siendo Presidente de Telefónica, a quien inauguré el CYS de Paris, al frente del equipo económico, y a Cortina Mauri como ministro de Asuntos Exteriores. Antonio Valdés y González Roldan, fue ministro de Obras Públicas, gran amigo mío a partir de 1982 se hizo rotario de mi club., hasta su muerte en octubre de 2007.

.  A pesar de las limitaciones del programa del gobierno, Pío Cabanillas, que luego fue mi jefe, en el Centro Democrático en 1977 dependiendo de José María de Areilza, supo transmitir la sensación de cambio mediante una actitud permisiva con la prensa. Legalmente, el gobierno podía seguir instruyendo expedientes administrativos y secuestrando publicaciones, pero desde luego hubo mayor atrevimiento por parte de la prensa hacia temas hasta entonces prohibidos. La publicación Cambio 16 llegó a vender más de medio millón de ejemplares cada semana, reflejando el despertar del interés político de la sociedad española. La prensa empezó a informar sobre la España real, sobre las huelgas, atentados, nuevas costumbres e, incluso, sobre políticos ajenos al régimen.

      Los esfuerzos de Cabanillas, por presentar a Arias como un reformista prudente sufrieron un duro golpe cuando el 2 de marzo se ejecutó a garrote vil al delincuente polaco Heinz Chez y al anarquista catalán Salvador Puig Antich, después de que el gobierno desestimase el indulto y Franco no ejerciese el derecho de gracia. Las peticiones de clemencia que se cursaron desde toda Europa, entre ellas, las del propio Papa Pablo VI, fueron desatendidas. El franquismo volvía a ofrecer su faceta más negra. Ante la gravedad de la situación, Franco decidió intervenir. En poco menos de un mes, “el llamado espíritu del 12 de febrero” se había convertido en papel mojado. A pesar de que no se había producido ningún cambio que avalase el supuesto programa liberalizador del gobierno, la ultraderecha denunció la existencia de “enanos infiltrados”, en palabras de Blas Piñar, que desde el propio régimen conspiraban para destruirlo. Girón, en las páginas del diario Arriba, llegó a advertir que la conspiración masónica había logrado colocar a falsos liberales, en alusión a Cabanillas y Carro, en el gobierno de España. La principal víctima de la reacción de la ultraderecha fue el general Díez Alegría ‑el general más comprometido con la apertura‑, cesado en su cargo en el Estado Mayor por la presión de los sectores más inmovilistas del ejército. La oposición democrática había querido ver en Díez Alegría el “Spínola español”, esto es, el militar que pusiera fin a la dictadura.

    Por si quedaba alguna duda del abandono de la causa reformista por Arias, el presidente del gobierno dejó bien claro en Barcelona el 15 de junio que “el espíritu del 12 de febrero” no era nada distinto ni contrario al Movimiento. El Estatuto de Asociaciones, finalmente aprobado en diciembre de 1974, dejaba en manos del Consejo Nacional del Movimiento la aprobación de las solicitudes de constitución en asociación política.

     El 9 de julio de 1974, Franco tuvo que ser ingresado en un hospital, aquejado de una flebitis. Ante las complicaciones que surgieron, el propio Caudillo decidió ceder temporalmente los poderes de la jefatura del estado según lo dispuesto en la Ley Orgánica del Estado. Los sectores más aperturistas del régimen creyeron que había llegado la hora del relevo definitivo, de la restauración de la monarquía en la persona de don Juan Carlos, posición que la camarilla de El Pardo supo manipular convenientemente para convencer a Franco que debía recuperar la plenitud de sus funciones. Franco fue informado por sus colaboradores más directos de unas supuestas conspiraciones de don Juan y de algunas figuras del régimen para apartarle del poder. Su sola insinuación bastó a Franco para decidirse a recuperar la jefatura del estado el 2 de septiembre del mismo año. Aunque el Caudillo consiguió recuperar parte de su vitalidad gracias al tratamiento impuesto por el doctor Pozuelo, lo cierto es que desde su reincorporación a la jefatura del estado España vivió en una situación de incertidumbre y provisionalidad. El cese de Cabanillas el 29 de octubre provocó una oleada de dimisiones en cadena: el vicepresidente Barrera de Irimo, el presidente del INI Francisco Fernández Ordóñez muy amigo mío en la platajunta de los años 1973-74, el subsecretario de Información y Turismo Marcelino Oreja, el director general de Televisión Española Juan José Rosón y otros muchos altos funcionarios.

    El gobierno Arias tuvo que enfrentarse a una escalada de la violencia callejera y del terrorismo. En 1974 hubo veinte víctimas mortales por atentados terroristas. El gobierno endureció la legislación antiterrorista fijando la pena de muerte obligatoria para los asesinos de miembros de las fuerzas de seguridad con efectos retroactivos. El 27 de septiembre de 1975 fueron ejecutados 5 terroristas de ETA y FRAP, desoyendo las peticiones de clemencia cursadas por el Vaticano y por don Juan de Borbón.

    Las ejecuciones desataron una campaña internacional de condena en toda Europa y no sirvieron para frenar la oleada terrorista. El 1 de octubre, un grupo hasta entonces desconocido, el Grapo, asesinó a tres policías en Madrid, y el 5 del mismo mes cayeron tres guardias civiles en Guipúzcoa como consecuencia de un atentado de ETA.

   En desagravio a la campaña internacional de repudio al régimen, los franquistas más recalcitrantes volvieron a organizar un acto multitudinario de apoyo a Franco. Miles de personas se reunieron el 1 de octubre de 1975 en la Plaza de Oriente de Madrid para vitorear al Caudillo y repudiar cualquier intento de apertura. Franco.

     La tensión acumulada pasó factura a Franco. El 12 de octubre, después de presidir los actos por el Día de la Hispanidad, cayó enfermo. Primero fue una gripe y después un infarto. Sin embargo, quiso presidir el Consejo de Ministros en el que se trató el problema de Marruecos y lo hizo con tres electrodos pegados al pecho y conectados a un monitor situado en una habitación contigua bajo la vigilancia de varios médicos. Tal era su determinación de no dejar su puesto hasta el final. A partir de entonces se inició su larga agonía, jalonada por varios infartos, operaciones y una interminable lista de complicaciones secundarias. Franco se reunió con Arias y don Juan Carlos para preparar el traspaso de poderes que, en esta ocasión, sería definitivo. El 20 de noviembre de 1975, a las 5,25 horas, Franco murió. Los intentos de la camarilla de El Pardo para prolongar su vida hasta que Rodríguez Valcárcel pudiera ser reelegido como presidente de las Cortes resultaron infructuosos.

A pesar de que España mantenía relaciones cordiales con la mayoría de los países de la comunidad árabe, Marruecos era el principal foco de tensión en las relaciones exteriores españolas. En 1961, España retiró su último contingente en el protectorado y las reivindicaciones marroquíes se trasladaron a las restantes posesiones (Ifni, Sahara, Ceuta y Melilla) y a la ampliación de sus aguas territoriales donde tradicionalmente faenaban pesqueros españoles. La revuelta anti portuguesa en Angola (1961) convenció a las autoridades españolas de la inconveniencia de mantener una política colonial a ultranza. Estuve en Angola en guerra desde 1968 hasta la revolución de los claveles en 1974. En 1962, el Gobierno español declaró formalmente la apertura de negociaciones para la descolonización de Río Muni y Fernando Poo. En 1963 se promulgó un estatuto de autonomía que abrió el camino de la independencia, concedida en 1968 y ratificada en referéndum.

    Aprovechando la crítica salud de Franco, el 20 de octubre de 1975 el rey Hassan II de Marruecos ordenó la Marcha Verde. Unos 100.000 civiles marroquíes cruzaron la frontera y se adentraron en el Sahara. El príncipe visitó las tropas españolas en el Sahara, sabedor de su baja moral ante la imposibilidad de hacer frente a una invasión por parte de población no armada. España y Marruecos restablecieron las negociaciones que dieron como fruto el compromiso español de retirarse antes del 28 de febrero de 1976. La delicada situación política que vivía España exigía un acuerdo rápido que liberase al futuro gobierno de complicaciones externas. El Frente Polisario fue víctima de la situación, al esfumarse sus aspiraciones de administrar el territorio, a pesar de tener las promesas del gobierno español y el reconocimiento de sus derechos por parte de Naciones Unidas.

     La agonía de Franco fue lenta y dolorosa, siendo sometido a numerosas intervenciones innecesarias y de efectos desastrosos. El 17 de octubre, después de varias crisis de salud, aún preside el Consejo de Ministros. El 22 de octubre sufre su tercer ataque cardíaco, el 24 sufre otro y se agravan sus otras dolencias. Desde entonces, todos los intentos de su entorno pasan por prolongarle la vida, intentando que sobreviva al 26 de noviembre, momento en que debería renovar el mandato de Alejandro Rodríguez de Valcárcel como presidente del Consejo del Reino y de las Cortes y, así, garantizarse una persona “fiable” y con poderes para influir en la elección del futuro presidente del Consejo de Ministros. El 25 de octubre se le administra la extremaunción y, finalmente, el 20 de noviembre, se certifica su muerte.

Bernardo Rabassa Asenjo

 

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