lunes 23/11/20

Historias de mi vida liberal. La Dictablanda 1960-1968

El 24 de diciembre de 1961, Franco tuvo un accidente de caza en una mano que le obligó a ingresar en el quirófano de urgencia. Franco se rodeó de militares en aquella ocasión, demostrando claramente a quién consideraba sus más fieles y leales colaboradores. Al año siguiente nombró a Muñoz Grandes vicepresidente del Gobierno y, por tanto, su eventual sustituto en caso de muerte. Los males físicos del Caudillo no habían hecho más que empezar. En 1962 contrajo la enfermedad de Parkinson, que le iría minando en los años venideros. El problema de la continuidad quedó ya planteado a inicios de la década de los sesenta.

    Varias entrevistas de don Juan de Borbón con el general Franco, lo convencieron de que no tenía intención de devolverle el Trono, y consintió en que su hijo Juan Carlos fuera educado en España bajo la tutela del Caudillo y en que éste lo nombrara sucesor con el título de rey en la Jefatura del Estado (19 de julio de 1969), aunque este hecho distanció durante algunos años a padre e hijo. De hecho, no se puede considerar rey a Juan Carlos I según la tradición borbónica, hasta que Juan de Borbón no abdicó en la persona de su hijo en 1977, una vez que comprobó las convicciones democráticas de su hijo, que el propio don Juan había puesto en duda tras aceptar la propuesta de Franco de aceptar la Jefatura del Estado a su muerte. Consiguió así la reinstauración de la monarquía borbónica, si bien al precio de renunciar a sus propias aspiraciones a la Corona, pues fue Juan Carlos I quien fue proclamado rey de España el 22 de noviembre de 1975 según deseo del general Franco, que esperaba que mantuviera el régimen imperante. Hasta el 9 de marzo de 1976 no tuvo el primer encuentro con su hijo tras su proclamación como rey. Para ello hizo un viaje a Madrid desde Lisboa, volviendo en el mismo día.

     En 1948, don Juan y Franco se reunieron por primera vez en el yate Azor, para hablar de la restauración de la monarquía. En aquellas fechas, don Juan ya había descartado la posibilidad de una restauración monárquica inmediata, y sus preocupaciones estaban orientadas en la formación de su hijo don Juan Carlos en España. Las declaraciones favorables al régimen efectuadas por don Juan en 1951, favorecieron cierto nivel de tolerancia del régimen hacia los grupos de oposición monárquica en el interior (Acción Democrática de Ridruejo, Democracia Social Cristiana de Gil Robles, Unión Demócrata Cristiana de Giménez Fernández o Unión Española). Sin embargo, don Juan siempre mantuvo una postura ambivalente para no cerrar las puertas a un posible entendimiento con la oposición democrática en el exilio.

      De hecho, la ausencia de cordialidad fue la nota más característica de las sucesivas reuniones de Franco y don Juan, y cada acercamiento fue seguido de recíprocas muestras públicas de recelo y desconfianza. Al margen de esta oposición monárquica moderada y de los partidos de la época republicana (PSOE, PCE) fueron apareciendo nuevos grupos de oposición al franquismo de carácter revolucionario, como el conocido FELIPE (Frente de Liberación Popular).

En 1966 se aprobó la Ley Orgánica del Estado, una reforma más administrativa que política del régimen, fracasada como apertura política. Los reformistas como Fraga se sintieron decepcionados al ver que tan larga discusión sobre la orientación del franquismo concluía con una ley tan poco ambiciosa. En realidad, la ley no era más que una codificación de las seis Leyes Fundamentales (Fuero del Trabajo, Ley de Sucesión, Ley de las Cortes, Fuero de los Españoles, Ley del Referéndum y los Principios Fundamentales del Movimiento), clarificándolas, eliminando la terminología fascista, sobre todo en la Organización Sindical, y reafirmando el futuro monárquico del régimen. Además, reformaba algunas de las instituciones del Estado, como el Consejo del Reino, el Consejo Nacional y las Cortes

       Una nota común a toda la oposición moderada fue su coincidencia en torno al europeísmo. En este contexto se inscribió la reunión convocada por Madariaga en Múnich (1962) en la que participaron más de un centenar de representantes de la oposición moderada en el interior y el exilio: democristianos (Gil Robles, Álvarez de Miranda, Cavero, etc.), monárquico‑liberales (Senillosa y Satrustegui liberal gran amigo mío), socialdemócratas (Ridruejo), nacionalistas, etc. a quienes conocí a partir de 1968. En ella, se llegó a un texto común en el que se reclamaba el respeto a los derechos humanos, a la identidad de las regiones, a las instituciones representativas, y el reconocimiento de partidos y sindicatos. Ese año 1968 , conocí a Salvador de Madariaga Presidente de la Internacional liberal, en Ginebra, quien me nombro representante de España en ella, lo que se tradujo en 1970 con la creación del Club Liberal 1980 , donde nos encontrábamos liberales, socialdemócratas y democristianos, entre esa fecha y la muerte de Franco en noviembre de 1975.

     La reacción de Franco fue contundente ante el desafío de 1962, se suspendió el Fuero de los Españoles y se confinó a los reunidos en Múnich, que volvieron a España. La prensa desató una campaña injuriante contra todos los participantes en el contubernio de Múnich. La oposición al franquismo era lo suficientemente fragmentada y débil como para no suponer ningún peligro serio para el régimen. A pesar de ello, Franco quiso demostrar una vez más que no habría concesiones y que el futuro dependía de su voluntad, liberalizando la economía. Pero enviando al exilio temporal en Canarias a sus participantes.

.      Gran parte del éxito de la continuidad de Franco, dependía de las posibilidades del régimen de mantener el crecimiento económico. Al iniciarse la década de los cincuenta, España logró recuperar los niveles de renta de antes de la Guerra Civil. El impulso industrializador, se concretó en la creación de la gran empresa siderúrgica Ensidesa en Asturias, y la fábrica de automóviles Seat en Barcelona (1953). El Plan Badajoz (1952) supuso la irrigación de unas 100.000 hectáreas, la construcción de embalses y centrales hidroeléctricas, y la introducción de nuevos cultivos como el algodón y tabaco. En 1952 se suprimió definitivamente el racionamiento, pero continuaron las restricciones en el suministro de energía eléctrica y el excesivo reglamentismo en materia de transportes y comercio. La política económica del gobierno de 1951 se debatió entre el mantenimiento del intervencionismo autárquico y las medidas de liberalización puestas en práctica por el ministro de Comercio, Manuel Arburua, provocando numerosas contradicciones que frenaron y desequilibraron el crecimiento económico.

    Cuando en 1957 llegaron al gobierno Navarro Rubio y Ullastres, ambos de la familia tecnócrata vinculada al Opus Dei, España se encontraba prácticamente en bancarrota, con una balanza de pagos profundamente desequilibrada y una inflación galopante. Era, junto con Portugal, el país más pobre de Europa, con unos niveles de consumo y bienestar muy por debajo de los alcanzados en el resto del continente. Todos los organismos internacionales consultados por el gobierno español coincidieron en que sólo la liberalización, y el levantamiento de las trabas administrativas en el comercio salvarían a España, de la amenaza de suspensión de las importaciones de productos esenciales como el petróleo. Con semejante aval, Navarro Rubio expuso al Caudillo la necesidad de un cambio en la política económica, que supondría el abandono definitivo de la autarquía practicada hasta entonces, y de los controles que impedían el crecimiento de la economía. Resultaba anacrónico que España, especialmente en un momento, en que Europa iniciaba su proceso de integración económica, quisiera seguir manteniendo el reglamentismo heredado de la posguerra. Franco, cuyos conocimientos de economía se limitaban a nociones básicas sobre intendencia militar, se mostró receloso de cualquier cambio. Pero la insistencia de Navarro Rubio acabó obteniendo sus frutos: "Haga usted lo que le dé la gana", acabó diciéndole a su ministro de Hacienda.

      El 22 de julio de 1959 Navarro Rubio presentó el Plan de Estabilización Interna y Externa de la Economía, un amplio paquete de medidas para combatir la inflación, favorecer el ahorro, liberalizar la inversión nacional y extranjera de las trabas administrativas y reducir el intervencionismo y reglamentismo estatal. El plan de choque previsto por Navarro Rubio pudo contar con los recursos procedentes de inversiones extranjeras, divisas aportadas por los emigrantes españoles y el incipiente turismo, y el apoyo de Alberto Ullastres. Católico de creencias profundas (pertenecía al Opus Dei desde 1940), Ullastres fue ministro de Comercio desde el 25 de febrero de 1957 al 7 de julio de 1965, en el octavo y noveno gobierno de Francisco Franco Bahamonde. En 1959, junto con Mariano Navarro Rubio, llevó a cabo el Plan Nacional de Estabilización Económica, que ha sido calificado como el conjunto más coherente de medidas de política económica nacional de las últimas décadas. Sus resultados a partir de 1961 fueron muy positivos.

    Según Joan Sardá, catedrático de la Universidad de Barcelona, sus acciones produjeron efectos inmediatos y espectaculares para sacar a España de su autarquismo y dieron a Ullastres gran prestigio. El Plan supuso el tránsito de la autarquía económica a la liberación e internacionalización de la economía española. Fue el primer titular de Comercio que entabló relaciones con el Mercado Común Europeo. Durante su mandato, España ingresó en el Fondo Monetario Internacional, en el GATT, en el Banco Mundial y en la OECE (hoy, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Ullastres fue un estudioso de las doctrinas económicas de la Escuela de Salamanca de los siglos XVI y XVII (donde se cree que nació el liberalismo español), y en particular de Juan de Mariana (en su tesis estudio, la teoría sobre la mutación monetaria del Padre Mariana), y de Martín de Azpilcueta (con José Manuel Pérez‑Prendes y Luciano Pereña hizo una edición y texto crítico de su comentario resolutorio de cambios).

       Desde un punto de vista macroeconómico, el Plan de Estabilización sirvió para equilibrar la balanza de pagos, reducir la inflación a un 5% y conseguir un crecimiento anual del PNB en un 9% de 1961 a 1964, a costa de un considerable descenso del nivel de renta de los trabajadores, desempleo y emigración.

      La política liberalizadora de los ministros tecnócratas tuvo su reflejo en el terreno laboral con la Ley de Contratos de Trabajo de 1958.. Concretamente, Girón había querido acabar con la política salarial restrictiva de la posguerra, con bruscas alzas salariales que en 1956 habían contribuido a desatar la espiral inflacionista. El gobierno apostó entonces, por un nuevo orden en las relaciones laborales, basado en la iniciativa de los agentes sociales, a través de los convenios colectivos. Bajo el sobrenombre de Conflicto Colectivo de Trabajo en 1965 quedó regulado el derecho a la huelga, aunque de forma muy restrictiva: la huelga sólo podía ser empleada como vehículo de presión de los trabajadores en sus demandas económicas, pero no debía servir para cuestionar el orden social y mucho menos el régimen en general.

       El 1 de octubre de 1961 se celebraron los veinticinco años de paz. El desarrollo económico conseguido, a partir del Plan de Estabilización se convirtió en la pieza clave de la legitimación del régimen. Franco lo presentó como la culminación de una trayectoria, cuando en realidad era fruto de una rectificación de la política autárquica implantada en la posguerra. Las huelgas de 1958 en Asturias, la movilización catalanista en una visita de Franco a Barcelona ‑que llevó a Jordi Pujol a la cárcel‑ y la protesta del clero vasco por las torturas a miembros de ETA no empañaron la imagen de autocomplacencia del régimen.

     El “estado de obras”, expresión acuñada por el ministro Gonzalo Fernández de la Mora, que en los 90 fue amigo mío, y miembro de mi club Rotario de Madrid Puerta de Hierro, se convirtió en el principal argumento de la continuidad del franquismo. Desde mediados de los sesenta hasta el final del régimen, Franco no hizo otra cosa que retrasar la evolución política. Y Fernández de la Mora después de desarrollar una brillante carrera política, cercano al círculo íntimo de Franco falleció en 2002.

 

Bernardo Rabassa Asenjo

 

 

 

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