sábado 07.12.2019

Un amenecer de mentiras

Al desmoronamiento de cada año, el madrid asiste como un espectador más. Es el destino quien parece dictarlo, y así será mientras el club no vuelva a la línea moral promulgada por la clase media; ente superlativo creado en el franquismo para envolver a España en un sarcófago de buenas intenciones y pequeñas alegrías de fin de semana. Bernabéu diseñó un monolito aristocrático y asesino, pleno de ambiciones absurdas, pero recubierto de un velo correcto y formal para no desentonar en el hogar. Agarrada a esa apariencia, la prensa (que siempre escarba en la herida del aficionado), vendió un cuento moral con el asunto de Morata. A Morata lo echaron los sucios poderes. El dinero aupado a las torres centinelas que vigilan Madrid, las ambiciones de jefe de estado, el palco y los comisionistas. Eso dicen. Y Morata volvió con el corazón tan blanco, para ajusticiar al equipo en la hora en punto que dicta la dramaturgia del Bernabéu. Allá entre los minutos 50 y 60, donde engarza el segundo acto con el tercero y ya no hay vuelta atrás, surgió la rabia del canterano. Y cayó el monstruo fofo, alimentado de engreimiento y bonos basura. Así lo contarán y ese relato moral ya ha trascendido las fronteras. Ahora mismo en una guerra civil cualquiera de un país africano, los combatientes hablan de la maldad del real y el desprecio a ese chico que podía ser como nosotros. 

Pero no fue así. En todo caso eso pasó con Etoo, del que nunca se habla porque detrás estaban los tentáculos del raulismo. Y quizás con Parejo, más resabiado, y fuera de la casa madre por el mal sabor de boca que dejó Granero. Etoo, Parejo, Morientes y Morata. Despojaron al madrid de ligas, copas del rey y ya van dos champions menos. Quzás sería mejor dejar caer un millón de toneladas de hormigón sobre Valdebebas, convertirla en un ataúd de cemento a la manera de Chernobil, y que de ahí no salga ni la luz. Pero en el caso Morata se actúo con sentido común e incluso con sentido del deber. El chico quiso irse para tener minutos y delante de él tenía a Karim, que para danzar con Cristiano es mucho mejor. Se fue a la Juve por un buen dinero, luchó y ganó. Ha demostrado que tiene genética y talento. Y ha demostrado que en el Madrid se educa a los chavales de forma libre, con emociones auténticas, sin reversos oscuros. A la manera de James Stewart, con el que comparte un rasgo infantil, por inocente, y una determinación enigmática, Morata llegó en silencio, hizo su trabajo -ajeno a la sobreactuación tan propia de las estrellas- y cazó la presa. No fue una alegría banal la suya, no quiso romper nada, ganó con un peso detrás, y luchando contra sí se presentó ante las cámaras. Reconoció estar en ese campo que era el de sus sueños, algo aturdido por estar en la piel del enemigo, y es raro ya que fue el más lúcido sobre el césped. Se le transparentó la espina dorsal madridista y se largó con prisas, casi avergonzado, como el niño pillado en una falta. Cuando se hable de la pureza del fútbol, no hace falta ir a los descampados, ahí está lo que nos hizo Morata. 

Comenzó el partido con el madrid jugando como en el salón de su casa. Ese dominio magnánimo marca Anchelotti, con un ruido sordo detrás. Era el gol de la Juve que nunca fue desactivado. Fueron 15 minutos de ida y vuelta, hasta que los centrocampistas del Real se cerraron sobre el partido. Aparecían Karim y Marcelo, tan libres y con tanta facilidad que los madridistas vieron el encuentro ganado. Quizás eso es uno de los engaños de este madrid, la facilidad para crear ocasiones sin descanso, para cruzar la línea del medio campo con los ojos cerrados y poner el balón en los sitios del daño. Hay algo vicioso en ello, como si los chicos no se jugaran la vida y volvieran al patio del recreo. Aunque Marcelo y Benzemá vayan a favor de esa sensación, es Cristiano, con su movimiento perpetuo el que crea los espacios, y el que tira con ansiedad del partido hacia arriba para llegar siempre y de cualquier manera a la portería contraria. Esa forma de ser, que es mezcla de realidad y sensación, algo a lo que el madridista ya está plenamente acostumbrado, hace que no se cuide la estocada final, el detalle que diferencia a los grandes asesinos -los que no dejan rastro y se acercan con una sonrisa- de los que no lo son, que llegan haciendo ruido y se largan de la escena del crimen dejando la luz encendida y a la víctima aún con vida. Así falló Karim una ocasión que él mismo se cocinó con una media vuelta inventada para la ocasión. Por supuesto, delante de Buffón, mandó el disparo tan lejos como pudo, y ni siquiera puso cara de estar tirando el partido por la borda. Ya vendrá otra, pensó. Así es el juego, pensó.

Andaba Morata a la espalda de Kroos y era suficiente que recibiera para que se activaran todas las diagonales del mundo a su alrededor. Demasiado espacio, demasiada luz a la espalda de los centrocampistas, y el madridista se metía las manos en los bolsillos y fingía tranquilidad cuando esto pasaba. James, Isco y Kroos, príncipes con el balón y esclavos del espacio. La Juve hundió todo su arsenal en esa paradoja. Esa ha sido la llave de la eliminatoria. El falso dominio del Madrid por sus centrocampistas.Y éstos, dejándose partes del cuerpo sobre el campo según avanzaba el partido.  El real dominaba con ese cúmulo de exquisiteces que comienzan en el pase de Ramos a un interior, la pared con Marcelo y una vez deslavazado el orden contrario, el balón le vuelve a Kroos que rompe hacia Carvajal y gana así la mediapunta contraria. Pero era un dominio con el susto detrás, porque cualquier balón interceptado obligaba a todos a darse la vuelta y ahí, se les caían las máscaras. Eran mediapuntas de nuevo, y los centrales en vez de avanzar, reculaban, por miedo al edificio oficial que habita la portería y con pavor a los laterales que andaban de picos pardos por el área visitante. En el caso de que el madrid no logre meter a todas sus mediapuntas en campo contrario, el recorrido se hace larguísimo, imposible para una BBC que hace un año podía vivir a distancias continentales del mediocampo. Pero Cristiano ha dejado su diagonal y vive de sus artes de rematador (de ahí la obsesión con los centros laterales), y de agitar el ataque moviéndose en el filo. Y Bale está a lo suyo, olvidándose del espacio, que nunca ha sabido administrar bien, encerrado en el confort de la pelota al pie y el balón a la cruceta. Sólo la interpretación que tienen Karim y James del contraataque, hace que el madrid pueda vivir en campo propio, pero a los señores de arriba se les olvidó el gol en el peor momento. O le tienen miedo, que nunca se sabe con algo tan frágil como el ego de un delantero. Cuando campeaba el uno cero en el marcador, hubo una contra en la que Cristiano recortó a su par con la jerarquía de un rey. Se quedó esquinado, terriblemente solo, delante de Buffon. Antaño tuvo un martillo en el pie, y hace un año hubiera roto en dos la portería y el partido. El sufrimiento se habría acabado. Pero pensó. Pensó demasiado y eso es señal de decadencia. Pensó como los que tienen dudas y se olvidan de salir de casa, atenazados bajo los marcos de las puertas. Le dio un pase idiota a Carvajal, interceptado por un italiano sin demasiados problemas. Y ahí se desplomó Ronaldo.

Marcelo seguía subiendo, más allá de los defensores italianos, que parecían transparentes para el brasileño. Buscaba con karim, continuamente los picos del área, porque ahí están las vías de acceso al salón ajeno. Al otro lado, Bale espera. En una de esas, Cristiano se impacienta y arrampla con todo y cayéndosele el balón avanza tres casillas. James lo atrapa y lo protege con todo su ser. Avanza entre tres muy dentro del área y es derribado por una coz a media altura. Inmediatamente el árbitro pita penalti y la mitad del mundo antimadridista comienza a rezungar por lo bajo. Para ellos es necesario que al delantero blanco le amputen las extremidades para que eso sea considerado falta. Una patada que derribaría a un elefante es llevada a la tienda de ultramarinos esa de *cosas del fútbol*, sección *eso no se pitaría nunca en la otra área*. Como hay madridistas que confraternizan con el enemigo, la baba crece. Hay que dar que hablar al mundo. Para eso existe el madrid.

Plano corto de Buffon, que resopla como un profanador de cadáveres y Cristiano que la mete dura, por el centro, como un grito al aire, quizás el último que exhale con la camiseta del Madrid. Durante unos minutos el madridismo se dejó arrastrar por la ola y todos bailaron un rato sobre el campo. Morata, con una gravedad mucho mayor que los jugadores madridistas (la que requería la ocasión), seguía en silencio y provocaba conatos de oportunidad cuando el balón le rondaba. En la primera parte no tuvo ninguna. Pero el partido del madrid tenia un reverso y sólo la euforia que se desató con el gol pudo taparlo durante un corto espacio de tiempo. James e Isco esperaban en los picos del área, para poner su prisma al servicio de la luz, pero algo hay atrofiado en el corazón del equipo, se busca lo banal, que es el centro y ahí los italianos son titanes. Eso, que  fue un rasgo absurdo del madrid en la ida, se convirtió en música fúnebre de la vuelta. Y después del desastre que protagonizó Morata en la segunda parte, fue el único gesto atacante del madrid. Parece un atavismo, como cuando los niños se acercan al mar y sienten la necesidad de tirar piedras. Centros y más centros recogidos por los centrocampistas que volvían a regalar la pelota a los laterales para que volvieran a centrar. El carácter suele ser un error repetido hasta la exasperación. Quizás sea eso. 

En los últimos minutos del primer tiempo no pasó nada y eso no gustó al madridismo. Comenzaron a ver los contornos sinuosos del partido, con una Juve más aplomada de lo que parecía y un madrid con munición de fogueo. Empezó la segunda parte con el mismo ida y vuelta de la primera. Un hombre había desertado del bar con un gesto despectivo: las segundas partes, no son lo mío. El Madrid llegaba en apariencia, pero la resaca de la jugada contenía un peligro más auténtico. Pogba y Vidal comenzaron a tejer diagonales a la espalda de Kroos. Nadie atendía a esas llamaradas. Cada madridista estaba enquistado en su posición meneándose lo que le exige el contrato, nada más. El balón volaba hacia adelante y caía por una pendiente hacia atrás. El centro del campo madridista había dejado de tener peso. Estaba abierto e inutilizado, la Juve lo obviaba con nula delicadeza. Modric miraba asustado escondido tras las cortinas. Todos sabían ya que los italianos marcarían (era el miedo lo que provocaba los espacios). Todos sabían que sería Morata el ejecutor. Sabían también la forma. Los rebotes, el portero incapaz de atrapar la pelota, la Juve que toma posiciones en las zonas prohibidas del área, el balón que vuelve porque los madridistas no están habilitados para la defensa cerrada de su portería, el balón que queda muerto a los pies de un italiano, aunque en este caso sea español, el disparo a bocajarro después de un segundo en el que nadie respiró en el Bernabéu y las manos blandas de Casillas. Sus manos de santo laico incapaces del mal, incapaces de atajar un balón a vida o muerte. 

Morata se quedó serio y muy quieto. El atacante mas real de los que había en el campo. Sus compañeros lo llenaron de besos y el madridismo se santiguó para la remontada. Hubo frenesí en las gradas y en los bares, y un equipo en el que el fútbol ha envejecido miles de años. Sólo centros y más centros. Hay un curso natural en las cosas, incluso en el fútbol, incluso en el Madrid. La BBC está rota y falta saber cuál de sus integrantes huirá a tierras más benévolas. El Madrid dominó a medias las zonas inservibles del campo, como si fuera una parodia del barça de Guardiola y se olvidó de las áreas, zonas de guerra, dónde la crueldad, el cuchillo, la exactitud y el carácter abren y cierran las eliminatorias. El demonio están en los detalles, dicen las viejas, y el Madrid tenía a un santo laico donde sólo se necesitaba un portero. 

En la última jugada, la que según el canon del hincha podía contener el misterio, Casillas se aprestó a sacar de banda y lo hizo mal. El balón se le resbaló como una babilla y fue a parar al césped ante a mirada atónita de Marcelo. Es lo que tiene el madrid y por eso es tan difícil la vida aquí. Detrás de cada persona o acto, hay un símbolo. Buceen ustedes en busca de lo Real. Lo encontrarán en el título de la película, nada más. Lo otro es representación. Y una vez acabada la representación, los bares están vacíos y así seguirán durante mucho tiempo.


Madrid, 1-Juventus, 1
Real Madrid: Casillas; Carvajal, Varane, Sergio Ramos, Marcelo; Kroos, James, Isco; Bale, Benzema (Chicharito, m. 66) y Cristiano. No utilizados: Navas, Illarra, Pepe, Coentrao, Arbeloa, Jesé.
Juventus: Buffon; Lichtsteiner, Bonucci, Chiellini, Evra; Pirlo (Barzagli, m. 78), Marchisio, Pogba (Pereyra, m. 88), Vidal; Morata (Llorente, m. 83) y Tévez. No utilizados: Storari, Kingsley Coman, Llorente, Padoin, Sturaro.
Goles: 1-0. M. 22. Cristiano (penalti). 1-1. M. 56. Morata.
Árbitro: Jonas Eriksson. Amonestó a Isco y James, del Madrid, y a Tévez y Lichtsteiner, de la Juventus.
81.000 personas en el Santiago Bernabéu.

Un amenecer de mentiras
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