lunes 23/5/22
MEDIO AMBIENTE

Emmanuel Giboulot, el "delincuente" que no quiso envenenar

El caso del agricultor francés perseguido por no usar pesticidas en un viñedo que no estaba afectado por plagas

 Emmanuel Giboulot.
Emmanuel Giboulot.

Se ha visto ante los tribunales y afronta el riesgo de ir a la cárcel y pagar una fuerte multa por la "osadía" de negarse a envenenar sus viñedos. Se llama Emmanuel Giboulot. Ha desobedecido una amenazadora orden oficial que le conminaba a envenenar su tierra. Eso sí, acusándole de que si no lo hacía estaría, a lo mejor, propiciando que se extendiese una plaga que lleva mucho tiempo incordiando a los ricos viñedos de algunas zonas de Francia. Cosa harto dudosa, por cierto.

Gibuolot alegaba que el pesticida no sirve para demasiado. Entidades agrícolas muy serias vienen a darle la razón. Y piensa que, además, su uso podía dañar a los insectos polinizadores (como las abejas) tan útiles para la propia productividad agrícola. Giboulot confía más en combatir las plagas con medios naturales que en hacerlo con la asesoría de las industrias químicas fabricantes de pesticidas. Millones de hectáreas de agricultura ecológica del planeta luchan así, con éxito, contra infinidad de plagas.

Pero algunos personajes del Ministerio de Agricultura galo no parecen estar por la labor de tolerar este desacato a lo que consideran el sacrosanto deber de defender la otra agricultura, la más "oficial": la agricultura basada en la química sintética. Ésa que ha llegado a establecer normas que obligarían, por lo que se ve, a fumigar. Envenenar por decreto.

 "Es como si obligasen a alguien a someterse a quimioterapia sin tener cáncer"

Giboulot, al parecer, debiera haber fumigado sus pocas hectáreas no porque en ellas estuviese presente un problema de plagas, sino de forma "preventiva". Muchas fumigaciones se hacen así, por sistema, no porque haya un problema real, sino "por si acaso".

Lo ilustra con un ejemplo muy gráfico y elocuente: "es como si obligasen a alguien a someterse a quimioterapia sin tener cáncer".

"No soy un irresponsable"- dice Giboulot- "y no soy radical, simplemente no creo que el tratamiento sistemático, incluso sin ningún síntoma de la enfermedad, sea la solución. Quiero que la gente vea que hay alternativas, que necesitamos pensar acerca de nuestra propia salud y la de nuestros clientes".

De hecho, conviene comentar que ése tipo de tratamientos sistemáticos, supuestamente "preventivos", en ausencia de plaga real, han sido definidos muchas veces como abusivos por parte de instituciones tan conservadoras como la propia FAO, porque pueden llevar a un uso injustificado de pesticidas con todas sus consecuencias negativas. Y el excesivo uso de estos venenos sintéticos es un problema muy serio, por lo que todos los expertos serios están de acuerdo que antes de usar pesticidas es preferible agotar todas las alternativas no químicas existentes. Precisamente lo que hace Giboulot.

En el mundo al revés, tal y como es tantas veces el mundo en el que vivimos, lo que debiera ser condenado puede convertirse en lo legalY lo que debiera ser ensalzado puede ser considerado ilegal. Es lo que pasa cuando una serie de intereses subvierten el orden ético de prioridades. Cuando lo decente, lo moral, lo razonable,... se convierten en lo "subversivo" y lo contrario quiere presentarse como lo "justo".

Podemos ver el caso del agricultor francés como un síntoma de una situación que podría agravarse llevándonos a escenarios muy sombríos

Es legal, así, envenenar la tierra y las aguas. Es legal envenenar los alimentos. Uno puede envenenar siempre que no se superen unos límites "legales" de veneno que se han establecido como "seguros" teniendo más en cuenta la opinión de los fabricantes de los venenos que la de los científicos preocupados estrictamente por la salud y la ecología.

Es legal, de hecho, la mayor parte de la contaminación que padecemos y que según decenas de miles de estudios científicos publicados en las revistas más serias del planeta podría tener que ver con el auge de una serie de problemas de salud que crecen y crecen en Occidente sin que nada los detenga (cáncer, alergias, asma, enfermedades autoinmunes, diabetes, obesidad, infertilidad, malformaciones,....). Ello sin contar con los efectos pavorosos que se están viendo en la naturaleza y que podrían explicarse, en parte, por una polución difusa universal a la que no escapa ni el más remoto rincón del planeta. Desaparición de los polinizadores (como las abejas), desaparición de poblaciones enteras de organismos acuáticos, desaparición de anfibios,... Todo ello a niveles "legales" de contaminación. Usando sustancias "legales" y del modo "legal".

Cuando ése estado de cosas se asume como lo "normal" (incluso en el sentido estricto de  dictar la normativa) no es raro que haya a quien se le ocurra que quien no cumpla con ésa norma pueda ser considerado como un "delincuente".

Podemos ver el caso del agricultor francés como una anécdota aislada o podemos verlo como un síntoma de una situación que, de no ser mejorada, podría agravarse llevándonos a escenarios muy sombríos. No en balde, no es un caso único sino que  de cuando en cuando van produciéndose noticias parecidas en la agricultura o en otros sectores. Bien sea una multinacional que denuncia a un agricultor porque sus plantas llevan genes transgénicos con copyright a consecuencia de haber sido contaminados sus cultivos con ellos, una persona con un panel solar que puede ser perseguida por emanciparse de pagar la factura a las grandes eléctricas,...

La cultura del agro hace mucho que fue fumigada con pesticidas, y murió en su mayor parte

En un mundo en el que el dinero es el dios que está por encima de todas las cosas, todo es posible. Si envenenar da dinero a ciertos intereses, no envenenar puede ser considerado "pecado". Y, con ciertas singulares tablas de la ley en la mano, puede hacerse caer todo el peso de ésas peculiares leyes sobre los mortales que no se arrodillen ante el dios de ésos intereses.

Eso sí, para guardar las formas, no se aludirá a las razones reales, sino a otras. Y así, se acusará de ser una amenaza, por ejemplo, para la agricultura, a quien realmente es el garante de la verdadera agricultura.

La verdadera agricultura está en extinción. La cultura del agro hace mucho que fue fumigada con pesticidas, y murió en su mayor parte. Antes existía una sabiduría, un conocimiento profundo de los agro-ecosistemas y su funcionamiento, que llevaba a prevenir, por ejemplo, las plagas. Se sembraban los cultivos adecuados al suelo y al lugar, y en el momento adecuado, se sabía quiénes eran amigos y enemigos de las cosechas... Existían variedades de plantas que por sí solas eran resistentes a las plagas, seleccionadas durante miles de años. Y, en fin, otras muchas cosas.

Pero un mal día aparecieron unos señores que desde fríos despachos y laboratorios cambiaron la cosa de la noche a la mañana. Existía una tecnología que en parte se había desarrollado en el campo de la investigación para la guerra química, pero que no había podido ser empleada demasiado en ella. Y se vio que una buena forma de utilizar aquella tecnología y otras desarrolladas después, era emprender otra "guerra química", esta vez contra las plagas o las supuestas plagas. Nos lo contaba muy bien la bióloga americana Rachel Carson, allá por los años 60, en su libro Primavera silenciosa

Comenzó así lo que Carson definió como la "era de los venenos". Una era en la que usar venenos sintéticos con una alegría desmesurada, a gran escala, sin estudiar ni pensar en sus consecuencias, era lo más normal del mundo. Los pesticidas entraron en el delicado equilibrio químico de la Biosfera con la misma delicadeza que un elefante en una cacharrería.

la sabiduría milenaria de los agricultores fue, con todo el apoyo de las autoridades, achicharrada con dosis crecientes de venenos sintéticos, a pesar de que ya desde un principio se vieron tanto los efectos como la dudosa eficacia real de lo que se estaba haciendo.

En lugar de la ancestral asesoría de la experiencia de siglos, los "asesores" eran ahora industrias químicas que eran grandes expertas, ante todo, en buscar sus propios beneficios. Las industrias químicas se convirtieron en los nuevos "oráculos" del "saber" agrícola. Y los agricultores vaciaron sus cerebros de lo que habían aprendido de sus padres y abuelos, para llenarlo con el veneno de las industrias y sus consejos.

La agricultura actual es "toxicómana" y quienes le proporcionan su creciente dosis anual son empresas como Monsanto, Bayer o Basf

La agricultura pasó a convertirse en una prolongación más de la industria química. Los "agricultores" se convirtieron en sembradores de venenos. De "cuidar la tierra" con una profunda sabiduría acerca de sus procesos  que en ella se desarrollaban, se pasó muchas veces a envenenarla a ciegas, guiados por las consejas interesadas de unas industrias ajenas a la tierra (podemos decir "extra-terrestres"). Y hoy, gracias a ello, podemos ver incluso "agricultores" con trajes de "astronauta" fumigando los campos, con máscaras antigás.

Esos venenos no tardaron en producir problemas. Las plagas se hacían más y más resistentes y había que usar más y más pesticidas. No importaba. Eran más ventas. Además, los pesticidas barrían a los insectos beneficiosos que controlaban las plagas. Consecuencia: insectos que antes no eran plaga se convertían también en plaga. No importaba. Se usaban más pesticidas. Las gráficas de ventas subían y subían. La máquina de producir venenos estaba bien engrasada.

El crecimiento del volumen de uso de pesticidas en el planeta no ha parado de crecer desde que alguien tuvo la "feliz" idea (feliz para sus bolsillos) de declarar esta "guerra química", sobre todo desde finales de la Segunda Guerra Mundial que es cuando tuvo lugar el inicio del "boom" de la industria química, y de la de los pesticidas en concreto.

Hoy la dependencia de los pesticidas es un grave problema mundial. Nadie lo discute. Ni la FAO ni ninguna otra entidad internacional. Sí, dependencia, como la de los drogadictos. Porque la agricultura actual es "toxicómana" y quienes le proporcionan su creciente dosis anual son empresas como Monsanto, Bayer, Basf, Dow Chemical, Syngenta, Dupont,...

Y claro, como con las drogas, hay muerte. Y no precisamente solo la de las plagas que siguen campando por sus respetos. Las estimaciones varían de unas fuentes a otras, pero se sabe que millones de personas en el planeta sufren envenenamientos agudos cada año, y que entre decenas de miles y cientos  de miles mueren a causa de ello. Se sabe que los más diversos pesticidas han sido asociados a enfermedades como el cáncer, el Parkinson, problemas hormonales, malformaciones problemas neurológicos infantiles,... a veces a niveles bajos de concentración. Aguas subterráneas contaminadas, suelos contaminados, biodiversidad maltrecha,.... Y un futuro incierto para la seguridad alimentaria mundial si la cosa no se remedia.

Pero todo es "legal". Perfectamente legal.

Lo que parece que puede ser ilegal ahora es que un agricultor se niegue a usar pesticidas sintéticos en un viñedo no afectado por plaga alguna. O la sociedad se conciencia y moviliza contra una serie de disparates o llegará el día en que el disparate, aún de forma más radical que lo que ya sucede, se convierta en el pan nuestro -envenenado- de cada día.

Emmanuel Giboulot, el "delincuente" que no quiso envenenar
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