sábado 20.07.2019

Huir del hambre, historias de los caminantes venezolanos en la frontera

La voz de un venezolano de Acarigua se quiebra al hablar de su única hija, de 6 años de edad. Las palabras se ahogan al pensar en que la pequeña podría creer que sus padres la abandonaron en Venezuela

La personas caminan hacia la frontera en silencio, con el paso redoblado y los documentos a la mano. El cruce hacia Colombia se hace con maletas que pesan, bajo un sol que quema y entre bultos que atropellan. Dejan su país, pero no su identidad: gorra tricolor y bolso con la bandera nacional es el poco equipaje para descender hacia el sur del continente.

Agentes intentan verificar los documentos de los caminantes que apuran su paso. En la autopista de concreto que une a ambos países, una valla metálica estrecha el espacio que ha sido limitado para ancianos y niños. A la derecha caminan los que salen de Venezuela y a la izquierda los que ingresan.

Los codos se rozan y los pasos se arrastran. A lo lejos, lo único que se ve son los carnets fronterizos y las cédulas, mientras que en la marea de manos, los pasaportes escasean debido a las grandes dificultades para tramitarlo luego que se ha vencido. Una lámina con franjas amarilla, azul y roja es lo único que se llevan para ser identificados en el camino.

Álvaro Torres, que procede de Acarigua, estado Portuguesa, decidió empacar sus cosas junto con su esposa porque no tenía comida en su hogar. Como muchos venezolanos, conoció a un grupo de personas que decidió caminar por las carreteras colombianas hacia el sur del continente.

“Los venezolanos no terminamos de desayunar, cuando ya estamos pensando en qué se va a comer al almuerzo o en la cena. Es una rutina de todos los días, por eso decidimos ir a otro país, para tratar de sacar adelante a nuestros hijos, y que no pasen por lo que nosotros pasamos a diario en el país”, expresó Torres. Asegura que se dirige a Chile y toma de la mano a su pareja.

Otra viajante que los acompañaba expresó que existe una crisis humanitaria en Venezuela. Reconoció que no tenía cómo alimentar a su hija, y que cuando lo hacía, el poco tetero que podía preparar para ella lo mezclaba con agua, porque no consigue leche. En un momento de la conversación, la mujer se quebró al recordar los últimos momentos con la niña, que ahora se encuentra al cuidado de su abuela.

“Hace dos meses solo hacíamos dos comidas al día. El desayuno se nos había olvidado hacía tiempo. Hemos pasado por cosas malas en Colombia. En Venezuela solíamos comer cambur, lo preparaba cocido con un poco de arroz, en caso de encontrarlo”, contó.

Torres expresó que su única motivación para recorrer un pavimento durante tantos días es que sus hijos no pasen hambre, confiesa que desmotiva cada autobús que pasa con venezolanos, pero aun con la piel tostada por el sol y los pies lastimados decide continuar el camino en procura de mejor calidad de vida.

“Si se consiguiera la comida como antes, no estuviéramos pasando por esto. Con lo que gano en Venezuela no puedo comprarme un pasaje de autobús; entonces qué nos toca... caminar”, agrega el hombre de 26 años de edad.

La incertidumbre se palpa en cada palabra y, sobre todo, el miedo. En el camino, Torres perdió el único par de zapatos que lo acompañaba. El calzado se había desgastado solo en la mañana que decidió emprender el viaje. Su última opción fue utilizar unas cholas para continuar la travesía. Indica que desde que partió caminando desde La Parada, en Cúcuta, solo un camión se estacionó para darle un empujón en el largo camino.

“El camino es muy fuerte, pero así sea descalzo creo que puedo llegar. Para hacer este viaje solo pude comprar el pasaje hasta la frontera. En el viaje, mucha gente nos ha dicho que se ha encontrado con cadáveres de personas, pero confío en Dios para lo que venga en los próximos días”, añadió.

La voz se le quiebra al hablar de su única hija, de 6 años de edad. Las palabras se ahogan al pensar que la pequeña podría creer que sus padres la abandonaron en Venezuela. Toma un respiro para mirar hacia adelante y secarse las lágrimas para enviarle un mensaje:  

“Yo hablé con ella esta mañana, por teléfono. Me dijo que era ‘maluco’ porque la dejé en la casa. Eso me partió el alma. Yo le dije que el sacrificio que estamos haciendo es por ella. Yo quiero que tenga su plato de comida todos los días, que vaya a la escuela, que pueda ir con sus útiles escolares y su uniforme; no solo ella, todos los niños en Venezuela”.

Comentarios