martes 14.07.2020

Alcorcón, zona cero

La enfermera que tenía que ponerle una vía a la infectada de ébola sufrió un ataque de ansiedad y fue sustituida por el supervisor. Un periodista de ESTRELLA DIGITAL pasa la mañana en el hospital de esta ciudad madrileña, donde el miedo y la incredulidad se mezclan entre pacientes y profesionales

Trabajadores en el Hospital de Alcorcón. | ESTRELLA DIGITAL
Trabajadores en el Hospital de Alcorcón. | ESTRELLA DIGITAL

Parece un lugar tranquilo, un hospital más de la Comunidad de Madrid, salvo por un grupo de periodistas y cámaras a sus puertas, pero sólo hasta que uno habla con paciente o trabajadores. Ayer cayó una bomba bacteriologica en la tranquila ciudad de Alcorcón. Su hospital es la zona cero. Allí dentro pasó el día la auxiliar infectada por el ébola, allí se desarrollaron escenas de ansiedad, nervios, miedo y allí han ido hoy pocos pacientes, alarmados por el riesgo. 

Miedo, pavor más bien a lo que pueda pasarles y mucha ira, hacia los que han permitido que un caso de ébola llegara bien a su lugar de trabajo o al sitio donde creían ir a curarse de algún mal. Esos son los síntomas que cualquier médico o psicólogo podría encontrar hoy en día en el Hospital de Alcorcón. 

Como explicaba a sus puertas Lucía Canales, "ahora puede que entres con una cosa sin complicaciones y salgas con otra mortal". Mujeres congregadas a su alrededor asienten la frase y cuando dice "nos han metido el miedo en el cuerpo a todos, a ver cómo vamos a estar tranquilos ahora" casi la sacan a hombros.

Uno de los más "documentados" en la materia les indica que si no te pasa nada en 20 días no hay problema, que ese es el "tiempo de incubación", y todos al unísono vociferan "nos ha jodido, y si se te ha pegado qué pasa". 

La solución la encuentra rápidamente Manuel, "lo que quieren es acabar con unos cuantos viejos, porque somos los más propensos, para ahorrar algo de lo que le costamos a la Seguridad Social". El hombre ha venido a una consulta de la próstata, "pero sólo porque si no pierdo la cita y me iban a dar para dentro de dos meses, que si no, no hubiera venido hoy". 

Citas perdidas

Y es que esa "valentía" demostrada por Manuel no ha sido la norma común en este martes en el Hospital de Alcorcón, porque como indicaba Carmen, una de las trabajadoras del mismo ("no pongas mi apellido por si acaso"), "hoy no hay aquí ni la mitad de pacientes que vienen habitualmente".

Para corroborarlo este periodista se hace pasar en 'Información' por un familiar de un paciente que tenía cita el jueves y que le iba a ser imposible venir para saber si podría venir hoy y gentilmente me dicen que si quiero puedo traerlo porque a lo mejor sí hay "algún hueco" para atenderle. 

Y por si tengo alguna duda de esta dinámica de miedo, Margarita, una señora mayor de una localidad cercana adscrita a este centro sanitario me indica que "a mí me dijeron ayer en la farmacia de mi pueblo, y más tarde en el 'hospitalillo', que mejor que anulara la cita, que para qué correr riesgos". Ella se la había "jugado" porque dice tener dolores muy fuertes en la espalda y que necesitaba que la vieran. 

Como a falta de citas de consulta buenas son aquellas con las que se pueden hacer amistades, la señora de al lado, que la oye con entusiasmo, puntualiza que "yo he venido para anular las de mi marido y mi hermano, que tenían que venir este jueves. Como están más o menos bien he pedido que me las pusieran para el próximo mes, a ver si han limpiado esto bien". 

Miedo en la plantilla

Ese deseo puede que no sea tan fácil, sobre todo si las empleadas de la contrata de limpieza del hospital se niegan más veces a limpiar las urgencias del mismo, como hicieron el pasado lunes. Eso sí, en aquel entonces se pidieron "voluntarias" y a partir de ahora es obligatorio. 

Y es que los trabajadores del hospital están ya con el miedo metido en el cuerpo. Que se lo digan si no a la enfermera que tenía que ponerle una vía a su compañera del Carlos III infectada por el ébola, a la que, según sus compañeras, le entró un ataque de ansiedad y tuvo que ser sustituida en esa labor por el supervisor del departamento. 

"Yo, que soy de consultas externas, entré este mismo lunes en urgencias tan pancha, sin saber absolutamente nada de lo que allí estaba ocurriendo, esa falta de información es inadmisible", aseguraba una de las trabajadoras sanitarias del centro, que fue una de las "batas blancas" que por la mañana llevó a cabo un paro voluntario a las puertas de Hospital.

En lo que todas coincidían era en no echar la culpa a la infectada, "ella vino aquí porque no había urgencias en el Carlos III, pero con mascarilla y advirtiendo desde el principio que podía tener el ébola, ha sido la única que se ha comportado como se tenía que comportar, pero luego querían mandar por la tarde en un taxi al Carlos III a su marido, que seguramente también esté infectado, al que le tuvieron toda la tarde en un despacho y sin ninguna medida de seguridad".

¿Qué quién era entonces el culpable? Para una "bata blanca" era "la coordinación general de España, que no ha cogido a esta muchacha a tiempo y la mandó a este hospital". La culpable no era otra para todos ellos que la ministra Ana Mato, "ya tendría que haber dimitido por decir que todo está controlado y a las primeras de cambio surge una infectada por uno de los misioneros al que trataba". 

"A Ana Mato, yo la MA-TO"

En el "hall" del hospital, donde parecía no llegar el territorio del vigilante que en el exterior no dejaba acercarse a la prensa (el no llevar cámara al hombro ni grabadora en mano me hizo pasar desapercibido para él), un grupito de otros tres pacientes "veteranos" coincidía con los médicos al tiempo que no se explicaba cómo había podido pasar todo esto en Alcorcón.

"Esto sólo pasa en España, mira cómo los americanos se lo han tomado muy en serio", decía Pedro, que a sus 62 años era el "yogurín" del grupo. "La culpa la tiene Ana Mato", decía Pastora, de 73, al tiempo que Estrella, de 74 primaveras, no sólo confirmaba esa afirmación sino que iba más allá y proclamaba a los cuatro vientos que "como le pase algo a alguno de los míos, a la Ana Mato yo la MA-TO", demostrando por su pronunciación que no se pierde ninguna tarde a Belén Esteban.

No la oyó por supuesto el vigilante de fuera, que charlaba con refuerzos de las fuerzas del orden, que terminaron marchándose. Ni oyó al grupito ni a la madre de un enfermo ingresado en el Hospital, que no quería dar ni su nombre pero que echaba más leña al fuego al confesar que "ayer entró una enfermera en la habitación a ver a mi hijo y se enteró de lo del caso de ébola por la tele que teníamos puesta, donde estaban dando la noticia". 

Claro que eso no era nada comparado con el testimonio de Belén, una trabajadora de ese centro sanitario, que sólo pedia una cosa: "Si me contagio y muero por el ébola sólo quiero que antes de que me incineren vengan a darme un beso, de cuerpo presente, Mariano Rajoy, Ana Mato y el encargado de los misioneros españoles". Pues ahí queda su testamento. 

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