lunes 25.05.2020
ECONOMÍA, DECLIVE Y ACOSO POLÍTICO

Malas y buenas noticias de toros

La Fiesta de los toros afronta su segundo verano bajo la implacable censura de una parte de la política española, que ve un caladero de votos en el sector animalista. En plena época de fiestas populares y festividades con corrida, esta es la realidad estadística y fría de la Fiesta. Leve decadencia, con brotes verdes. Los jóvenes son el grupo de edad que más va a los toros

El diestro José Padilla sale a hombros en la penúltima corrida "a la española" entre gritos de "Libertad", en Palma. | ED
El diestro José Padilla sale a hombros en la penúltima corrida "a la española" entre gritos de "Libertad", en Palma. | ED

Pocas veces se ha mezclado política y toros con desde que el 2015 varios ayuntamientos e instituciones autonómicas cayeron bajo la órbita de Podemos y sus aliados. La decisión del Parlamento de Baleares de modificar las corridas de toros para evitar la muerte del animal en el ruedo –las "corridas a la balear"– es una piedra de toque más en la sensación de acoso que transmite el planeta taurino. Desde la llegada de los llamados “ayuntamientos del cambio” hay un 15% menos de festejos taurinos en España. Por la idiosincrasia de las plazas (muchas de titularidad municipal) y las características de las fiestas que acompañan a los toros, el poder local y autonómico es clave en la relación de la política y la Fiesta. Pero no todo son malas noticias para el Planeta Taurino. La cifra de espectadores sigue siendo altísima: más de tres millones de españoles han visto al menos un espectáculo taurino en el último año, según datos del Plan Estadístico Nacional (PEN) del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

El verano, y con él las fiestas patronales, son el ecosistema en que viven los espectáculos taurinos. Desde las solemnes corridas en plazas de primera categoría a los juegos callejeros con becerros y novillos. En España en 2016 hubo, según datos del Plan Estadístico Nacional (PEN), casi 1.600 corridas –desde toros a novilladas o festivales– en plazas formales, a los que hay que añadir más de 17.000 festejos populares con toros. En este caso lo de la “piel de toro” no es una metáfora. Solo no hubo festejos con toros en las calles de Asturias, Baleares, Canarias y Ceuta.

El avance electoral del PACMA (partido animalista) y la oposición de Podemos y muchos de sus satélites a los toros han hecho que una parte del PSOE modifique su posición ideológica histórica, que nunca fue hostil a la fiesta de los toros. Entre los argumentos para poner proa a esta celebración ritual y milenaria, la proclamación de los llamados “derechos de los animales” y la presunta decadencia del interés de la sociedad. Es cierto, según los datos del PEN, que los festejos taurinos declinan en interés en la sociedad, si bien se trata de un retroceso de décimas. Lo que sí evidencian, es que el 9,5% de los españoles se tomaron el interés de ir un día de fiesta a alguna plaza de toros, de primera o portátil, a asistir a un festejo taurino. No están incluidos en esta estadística los que fueron a festejos populares que son eso precisamente, populares.

Hay un poco menos de público, algunos festejos menos. Los obstáculos desde algunos de estos ayuntamientos de la órbita de Podemos a los toros han supuesto un frenazo a muchos festejos. Pero también es cierto que la caída desde el punto más alto, 2012, cuando hubo casi 2.000 festejos en España, tiene también que ver con los coletazos de la crisis económica.

Público joven

La buena noticia en este caso para los aficionados a los toros es la presencia mayoritaria de jóvenes en estos festejos –no solo en las fiestas populares, sino en cosos taurinos–, de los que son el principal grupo demográfico. Los que más van a los toros, porcentaje de un 11,7% de su grupo de edad, son los que cuentan entre 15 y 19 años (está prohibida la entrada a menores de 14). En este sentido es llamativo que haya más escuelas taurinas que en 2012, 15 más para un total de 58 distribuidas también por casi todo el país, con preponderancia para Andalucía, donde florecen 5 nuevos centros de formación para profesionales de la tauromaquia.

Los principales rangos de edad que van a los toros están entre esos 15 años y los 45, lo que no deja de ser una buena noticia, ya que supone que la afición se renueva generacionalmente. Son espectadores que además salen con un alto grado de satisfacción de los espectáculos, cercano al 40%, que se convierte un un 45% entre los más jóvenes. Los más críticos son los de mediana edad. Los insatisfechos al salir de una tarde de toros apenas llegan a 4,6% (que le ponen una nota por debajo del 5 a su satisfacción).

Un rasgo llamativo que se puede observar en el PEN del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, es que el aficionado a los toros es culto, en contra de quienes dicen que se trata de un espectáculo bárbaro para personas sin sensibilidad para las artes. O al menos tiene un interés superior a la media de la población en la cultura. No porque lo digan, sino porque muy por encima de la media de España quien asiste a los toros también va a museos, conciertos, teatro, cine e incluso a bibliotecas públicas.

Sobre todo son más espectadores de artes escénicas (teatro), casi 15 puntos por encima de la media de los que no van a los toros; y de conciertos, 11 puntos por encima de la media de la población. También leen más libros, casi tres puntos por encima de la media del país.

Pero no es un motivo para la euforia de los defensores de la tauromaquia, solo brotes verdes. Por ejemplo, los espectadores de toros con formación universitaria bajan levemente (un 1% menos que en 2006), mientras se mantiene en grupos sociales con menos grado de estudios. El hecho de que los ayuntamientos hayan podido eliminar festejos se ha debido a la falta de presión social. Un 10% de aficionados supone más población que los votos del PACMA, pero es sin duda decreciente. Es alarmante que casi el 21% de los que han ido a los toros lo hayan hecho con una entrada gratuita.

Las controvertidas ayudas públicas

Entrada que no le han pagado, en contra de los argumentos de los antitaurinos, generalmente ninguna institución pública. La Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos (ANOET) presentó el año pasado un informe elaborado en la Universidad de Extremadura sobre las cifras económicas de la Fiesta. Las administraciones públicas dedicaron a los toros en 2013 (último año del que los autores dispusieron de datos) un total de 22 millones de euros, de los que solo 30.000 procedían del Gobierno central. Mucho dinero, pero no tanto si lo comparamos con los 453 millones que se dedicaron a artes plásticas, escénicas y musicales.

También es cierto que ANOET no incluyó unas ayudas públicas a una parte decisiva de la Fiesta de los toros: las ganaderías de bravo. La Asociación Andaluza para la Defensa de los Animales sacó un contrainforme, que discute casi todos los apartados del de la Universidad de Extremadura. En cuanto a las ayudas públicas, hace recuento de las que reciben las ganaderías: entre la Agrupación Española de Ganaderos de Reses Bravas, los Ganaderos de Lidia Unidos, la Asociación de Ganaderos de Reses de Lidia, la Asociación de Ganaderías de Lidia y la Unión de Criadores de Toros de Lidia sumaron unas subvenciones de 142.000 euros. Una de las principales bazas de los defensores de la Lidia es la labor de conservación de la dehesa en las fincas de bravo, ya que cada toro requiere al menos una hectárea de campo sin presencia humana.

Los toros van desapareciendo de las esferas públicas, y una de ellas son los medios de comunicación. El PEN señala que solo un 17% –seis millones y medio de personas– de la población ha visto en el último año algún festejo en televisión. Los que los han visto por internet es irrisoria, poco más del uno por ciento.

Sin embargo, se resisten a dejar de ser un hecho económico destacado. Los datos de 2013 aseguran que la Fiesta proporcionó 43 millones de euros directos de IVA (por los 14,4 que aportó el cine patrio). Aunque son 10.000 los profesionales registrados con actividad económica –de matadores a banderilleros, rejoneadores e incluso mozos de espada– son muchos menos los que viven en exclusiva de la Fiesta. Una fiesta a la que se consagran 360 empresas, 60 asociaciones culturales y más de 4.000 peñas en todo el país que organizan actividades.

Un día de fiesta y toros significa bares abuertos, hoteles, transportes y toda una actividad económica que se cuenta en el haber de la Lidia. ANOET calcula que el impacto económico total en la economía española es de unos 1.600 millones de euros.

Pero si la fiesta de los toros sobrevivirá no será solo por el hecho económico. Esas 17.000 fiestas populares con toros hablan del arraigo, sobre todo en el mundo rural. Valencia –casi 9.000 fiestas en la calle con ganado bravo– es la madre de esta afición, pero no quedan atrás Castilla y León, y significativamente Navarra, donde hubo, en 2016, 1.577 fiestas de este tipo.También Aragon, con casi otros 1.500. En Cataluña, donde los toros están abolidos y perseguidos pese a la sentencia del Tribunal Constitucional, hubo 55 festejos de este tipo, sobre todo en el sur de la comunidad. En el País Vaco, 174.

El hecho popular es el que da aval a la fiesta de los toros. Aunque crezcan las escuelas taurinas, su marginación en los medios produce desconocimiento entre los jóvenes. Que sena los jóvenes el grupo de edad que porcentualmente más va a los toros es un síntoma de un acervo invisible y casi indestructible, a pesar de la rebaja generalizada de la calidad del espectáculo. Un espectáculo que paradójicamente se vive con vigor y potencia en la vecina Francia, donde son un fenómeno al alza cultural y socialmente.

El Parlamento Balear aprobó las “corridas a la balear” esta misma semana. Días después, este jueves, había corrida en la Plaza de Toros de Palma de Mallorca. Hubo un grito unánime: “¡Libertad!”. En plena polémica, enardecidos los seguidores de la Fiesta, la plaza estaba a tres cuartos de entrada. Se congregaron ocho mil aficionados, según las crónicas locales. Evidentemente el cálculo de algunos políticos es que esos, son pocos votos.



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