sábado 6/3/21

La experiencia de un profesor que “nunca supo progresar adecuadamente”

Las anécdotas del día a día de un instituto sirven al profesor Juan Izuzkiza para reflejar la realidad que observa en primera persona y que choca contra los tópicos ligados a la educación, empezando por la idea de que las escuelas pueden salvar al mundo y, por ende, al alumno

Escolares en colegio, con mascarillas.
Escolares en colegio, con mascarillas.

“Borregos que ladran” (Ed. De Conatus) pretende “reimaginar la educación desde la experiencia de un profesor que nunca supo progresar adecuadamente” y mostrar que en la base de la construcción de esa realidad están unos planes de estudio redactados por pedagogos que no conocen la escuela y que suponen la anulación de la personalidad del profesor, de la relación humana con el alumno, de la confianza entre ellos y, al final, del sentido de aprender.

En una entrevista con EFE, este profesor de Filosofía de un instituto público de Eibar (País Vasco), cuyo día a día es “extrapolable” a cualquier centro del país, defiende que la escuela es una institución más en la sociedad, “en la que trabajamos y hacemos lo que podemos”, y en donde “es insalvable un alumno que no quiere ser salvado”.

La institución educativa “se niega a reconocer esto y hacemos lo que llama la atención a la diversidad: intentar salvar al que no quiere bailar el baile, descuidando a los que sí quieren. Habría que hacer una especie de cirugía y hacer ver que estudiar es un privilegio. Tenemos que lograr que los jóvenes sientan gusto por estar en la escuela”.

En definitiva, “la escuela no está para cambiar el mundo; no tiene la capacidad de mejorarlo ni de empeorarlo, menos mal. Tenerlo claro y limitar su función contribuye a que funcione mucho mejor”, razona Izuzkiza, quien ha trabajado en nueve centros y en todos ellos ha visto “más cosas buenas que malas”.

En su opinión, los alumnos se pueden dividir en dos grupos: una minoría que va bien y que tiene claro que en la escuela se aprende mucho y una amplia masa desencantada que no espera gran cosa de la escuela, más allá del título que pueda obtener.

El desenganche de estos niños es progresivo, pero “me atrevo a decir que con solo 10 años de edad algunos ya empiezan a desmembrarse de la comunidad de estudio. Con 12 años la desbandada comienza a ser más clara y en tercero de la ESO es plaga”.

Otro tópico que le molesta es el papel de “profesor víctima”: “No ayuda que digamos que no descansamos ni el fin de semana ni las noches porque estamos preparando clases. Yo esto no lo vivo como una verdad; no trabajo muchas horas pero eso no quita que nuestra profesión viva tensiones”.

“Borregos que ladran” tiene que ver con la realidad de que todos los implicados en la enseñanza ladran y a la vez obedecen, de manera que la creatividad no tiene ningún espacio y, a su vez, indica “una imagen de desorden”, añade.

Por otro lado, cree que hay un exceso de “concepto” y se olvida que los alumnos son “seres de cuerpo”: enseñamos a los niños a andar y correr y de repente llega un momento en el que les marcamos la mesa con rayas y no se pueden mover de ahí; tienen que estar siete horas escuchando, eso es duro. La cirugía la pasaría por reducir horas y materia, y dar más protagonismo al cuerpo con actividades físicas (pintar, teatro...)”.

Las referencias de pensamiento que usa Izuzkiza en su libro van desde filósofos de la antigua Grecia a filósofos actuales, intelectuales o psicólogos, y entre sus preferidos menciona a Groucho Marx.

En cada capítulo, después de la anécdota escrita con sentido del humor, propone un cambio que es el que da nombre a cada uno de ellos: centros pequeños, profesores piratas siguiendo a Maquiavelo o centros lejos de Helsinki.

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