viernes 26/2/21
EDITORIAL

El consumo no aguanta la respiración asistida

EDI DOMINGO 2

Hay rutinas que son benditas para la economía. Las rebajas, de invierno y verano, tradición arraigada fuertemente en la sociedad española -y otras-, se ha instituido con el paso del tiempo en un periodo en el que no había actor que no ganase: comerciantes, consumidores, el propio Estado que veía incrementadas sus arcas -impuestos- con significativas subidas en las ventas… y, por descontado, los beneficios en términos de bienestar emocional.

La mala noticia es que han confluido en estas horas una serie de elementos catastróficos que van a provocar, con un poco de suerte, que la caída en las transacciones durante estas semanas llegue casi hasta el 50%. En román paladino, una auténtica ruina. Lo demás es poner impertinentes paños calientes.

El textil, especialmente, ha sido un sector maltratado en los últimos años por las importaciones chinas y de otros países manufactureros del lejano Oriente, al que han contribuido determinadas compañías desde nuestro país. Tampoco la Administración ha colaborado: al contrario, su soporte ha brillado por su ausencia. Las tiendas de proximidad no aguantan el ritmo de las grandes corporaciones (no sólo se trata del fenómeno Inditex); y, por si fuera poco, las firmas pequeñas o medianas que han jugado la apuesta de los centros comerciales han terminado, muchas en una medida insufrible, devoradas.

Hasta hoy, el gobierno de España ha insatisfecho las expectativas y las demandas de quienes, desde el pequeño comercio, tanto aportan a nuestro tejido productivo: las ayudas han sido escasas, totalmente insuficientes. No sólo eso: apenas ha aliviado sus cargas en forma de tasas e impuestos en unas horas, dado el empuje endemoniado del covid19, de pura calamidad.

Si faltan ideas y voluntad, si faltan planes y estrategia para oxigenar a un sector de nuestro PIB que, directamente, se pudre, el mínimo esfuerzo que podría exigirse a unos dirigentes tan jóvenes pero, al tiempo, tan agotados, es el de levantar la losa y quitar la soga de la desmesurada estructura burocrática que, aún en la era digital, España debe seguir soportando. Las prebendas de quienes en tiempos recientes eran tildados despectivamente de casta, lejos de menguar, se mantienen o multiplican, irresponsable y calamitosamente, sin freno.

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