lunes 16.09.2019

En el estudio de...Ximena Pan de Soraluce

En el estudio de...Ximena Pan de Soraluce
En el estudio de...Ximena Pan de Soraluce

Por enésima vez visito el estudio de Ximena Pan de Soraluce y, por enésima vez, me recibe con la misma simpatía, alegría, vitalidad y cariño de siempre. Lo cierto es que las características que se acaban de enunciar a la hora de aludir a la personalidad de la artista que nos ocupa, son perfectamente aplicables a toda su creación.

Y es que en efecto, como ya he referido en anteriores artículos, en medio de un mundo donde se entiende como auténticamente "artístico" los derivados de la basura, la estética del asco y de lo repulsivo, elementos todos ellos, desde mi punto de vista, resultado de un hombre ensimismado en las limitaciones de su fisicidad, descollan con singular fuerza esas otras obras que precisamente buscan todo lo contrario, el agrado, la belleza y por qué no, también la sonrisa y el divertimento.

Es aquí donde se encuadra la producción de Pan de Soraluce, quizá porque Ximena, con valentía, hace quiebros a ese mundo replegado en su propio yo y va más allá, busca una trascendencia y una superación de lo finito capaz de iluminar sus obras con una calidad y una calidez que se han convertido en su sello distintivo.

Asimismo, otra de las peculiaridades de la producción de Pan de Soraluce es que, para mayor inquietud y desconcierto de la crítica, su arte es absolutamente indefinible. Así es, en sus cuadros hay dibujo y color, pero no lo podemos llamar pintura; hay pasamanerías, bordados y telas, sin embargo no es un collage en sentido estricto; hallamos también un marcado gusto por el relieve, aunque no se traten de esculturas.

El retrato ha sido y es uno de los principales intereses de Ximena. La capacidad para personalizar estas obras la acercan a un extremo donde el detalle y la minuciosidad se dan la mano con la fantasía. Por ello es tan importante el deseo que su autora tiene por conocer en profundidad a los protagonistas, introduciendo aquellos elementos que más los pueden caracterizar, sus aficiones, lecturas, ciudades favoritas, a lo que no serán ajenos multitud de guiños –siento usar una palabra que tanto detesta Ximena- tan irónicos como ocurrentes.

El espacio es la sintaxis básica para articular la morfología de sus imágenes, no en vano, encontramos en su producción toda una serie dedicada a los interiores, salones de casas solariegas y palacios hoy perdidos y recuperados gracias a ese toque donoso e inocente, en el mejor sentido del término, que muestran los muebles efectuados como verdaderas miniaturas o a través de las telas, que tan bien trabaja y que en muchos casos ella misma pinta y borda.

Es breve este espacio para referir los múltiples proyectos que nuestra autora se trae entre manos, pero quizá uno de los más atractivos sea la reelaboración y reinterpretación de la baraja francesa a partir de su peculiar técnica y cosmovisión, baraja que, por cierto, que servirá para ilustrar algo así como un manual de instrucciones para el buen echador de cartas y cuya publicación esperamos anhelantes.

No podemos concluir esta reseña sin una alusión a su serie dedicada a la Virgen y a los santos, obras de un marcado barroquismo que con sus bordados, pasamanerías y la inclusión de oraciones y escritos nos traslada a la tradición de los exvotos populares tan propios de nuestra cultura, pero también de la cultura hermana del otro lado del Atlántico y que Pan de Soraluce pudo conocer durante los años allí vividos en plena adolescencia.

Santa Casilda, Santa Inés o Santa Delfina son abordadas por esta miniaturista que con tanto cariño mima todas y cada una de sus creaciones, creaciones que sin duda parecen iluminadas y bendecidas por esos mismos santos y santas que con fiel devoción y amor recrea Ximena Pan de Soraluce.