martes 13/4/21

Estrella Digital

El Sáhara y Sánchez: metáfora de una acción exterior inane

carta del presidente

Es evidente que la pandemia no puede servir como argumento porque ni siquiera alcanza la categoría de excusa improvisada o sobrevenida para la suspensión de la Cumbre España-Marruecos. El Covid19 estaba ahí cuando se programó la cita y nadie en su sano juicio podía pensar que desaparecería de golpe y porrazo como amenaza sanitaria. Así que las razones, por encima de la trola difundida sin ambages, son otras, y en modo alguno han sido desveladas por más que se intuyan.

            Mohamed VI está actuando como lo que es, ha sido y no dejará de ser: un autócrata, catedrático de la realpolitik absolutamente insensible ante los trastornos de inseguridad y otros que genera constantemente a su vecino: poco importa que hace un tiempo se tratase de la salida de pateras para cruzar el Estrecho o ahora de otro tipo de embarcaciones rumbo a Canarias. Por no citar el flujo permanente de sustancias estupefacientes de toda índole que terminan, oleada tras oleada, alijo tras alijo, en Andalucía, convirtiéndose en un problema irresoluble hasta hoy para la salud pública. Eso sin citar otros efectos de índole puramente humanitaria sobre la vida de las personas que, en tantas ocasiones víctimas de las mafias, se juegan la vida y hasta la pierden.

            Y aun así, lo último que debería haber mostrado el gobierno de España, una vez más y con balcones a la calle, es su imagen como la de un pollo sin cabeza, con el presidente Sánchez manteniendo un perfil bajo en lo concerniente a nuestra posición sobre el Sáhara Occidental mientras Iglesias, temerariamente y en un ejercicio olímpico de torpeza diplomática más propio de países de latitudes caribeñas, proclamaba por su cuenta y riesgo la imperiosa necesidad de sentar las bases para el referéndum que nunca llega… ni llegará. Y esto, en medio del desastre de gestión que se ha extendido desde las islas a Granada o Valencia con el traslado esperpéntico y opaco de inmigrantes ilegales, algunos de ellos infectados para más inri por coronavirus.

            Nadie podrá poner en duda la posición inalterablemente estratégica y la influencia de Estados Unidos en el Magreb, y su alianza imperturbable con la monarquía alauita, y menos podrá discutir la concepción tan baja y la actitud de desprecio que Donald Trump tiene del actual ejecutivo de España, sus acciones y postulados ideológicos, y sus movimientos de ficha en el tablero internacional.

Precisamente por ello, el apoyo histórico que la Casa Blanca ha hecho a la marroquinidad de nuestra antigua colonia no puede ser leído sino como una derrota estrepitosa para España, ante la que -en la total posición de debilidad de nuestro país- no parece que el presidente vaya a hacer otra cosa sino enmudecer.

Winston Churchill sostenía con su habitual socarronería que la diplomacia consistía con frecuencia en pensar las cosas dos veces… para al final no hacer nada. No siempre esa regla se cumple. Pero sí rige de manera implacable cuando la actuación y la iniciativa se espera de potencias o Estados en crisis, apocados, desgobernados, maltrechos y apeados, por falta de visión y acumulación de errores, en un rincón del tablero internacional… como por desgracia hoy sucede con nuestra querida España.

 

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