miércoles 21/4/21

Estrella Digital

Las razones del PSOE para divorciarse de Podemos

carta del presidente

Hay algo peor que un gobierno descabezado o aturdido, y es un gobierno dividido, enfrentado, con guiones diferentes y contradictorios. Lo dañino no es aquí la bronca interna o las interminables discrepancias institucionales sino sus efectos sobre la población: en términos de imagen y de resultados.

            En horas de verdadera angustia económica, de esfuerzos titánicos e individuales (en ocasiones baldíos e infructuosos) para salir materialmente adelante, que los ciudadanos miren al poder y vean a un órgano ejecutivo más atado a los dogmas ideológicos de cada uno de los dos partidos que lo conforman que concentrado en actuar y resolver resulta tan decepcionante como esperpéntico.

Pero es que, además, cuando quienes se supone que están al mando de la nave se dan manotazos para hacerse con el timón, o para llevarlo a un lado u otro, los errores de gestión se multiplican… y de nuevo los gobernados los sufren; un traspié tras otro, un fracaso sucediendo casi sin tregua al anterior.  

            Qué duda cabe de que el apoyo de Podemos al PSOE fue tan esencial para la investidura de Sánchez como lo es para mantener la legislatura viva. El problema nace y crece cuando los peajes del presidente se hacen interminables, cuando las maniobras para desatascar las decisiones y agilizarlas se encuentran con tapones continuos, colocados por quienes se sientan igualmente en el Consejo de Ministros.

            Será cuestión de tiempo, mucho o poco (según sus cálculos), pero es indiscutible que el actual secretario general de los socialistas romperá con Iglesias, y que lo hará en el instante en que este último quede varado o en la cuneta. La cuestión es si, antes de que sea tarde, para evitar que el lastre del desgobierno sea excesivo e insufrible para una nación entera, el actual inquilino de La Moncloa romperá amarras.

            Ya hace casi dos siglos que Lincoln reflexionara sobre el dilema del político que trataba de salvar dos caras a la vez. Quedaba y queda en el aire el interrogante de si, ante tal actitud, imposible de sostener eternamente, son los electores los que terminan dándole la espalda. O no.    

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