martes 13/4/21

Estrella Digital

El Pisuerga pasa por la Casa del Rey

carta del presidente

La obsesión es imborrable y real, y está instalada a peso y a fuego en el partido político de orígenes, aires y efectos bolivarianos que comparte radicales discrepancias (en ocasiones absurdas y pueriles) y poder ejecutivo con el PSOE. “Hay que seguir empujando para que la República llegue más temprano que tarde”.

En efecto, no parece ser una prioridad para el líder de la coleta iniciar una remontada para un país que, en parte por la impericia y el sectarismo del gobierno, ha mandado al garete a la mayor parte de los sectores productivos, ha echado a los ciudadanos a las colas del paro y las del hambre… y carece de ideas consistentes y efectivas para darle la vuelta, como a un calcetín, a la economía. O eso ha acreditado por el momento, y tiempo no le ha faltado.

Todo se resume y concentra en la falta de talla y la ausencia de categoría política (y otras clases de categoría) de Iglesias. Pero las consecuencias las están pagando el conjunto de los españoles y la factura está resultando carísima. Esto, cuando ni siquiera se ha alcanzado el ecuador de esta legislatura que presenta rasgos ciertos de penitencia.

Qué duda cabe de que el Rey Juan Carlos ha cometido una serie de errores -muchos y graves- por los que tendrá que rendir cuentas, si procede, ante la Justicia. Y tendrá que hacerlo de acuerdo no a sus méritos históricos (tan justos pero, al tiempo, tan insoportable y cansinamente cacareados por el vocerío borbónico) sino en atención a su propia figura y su encaje en la Constitución, con sus competencias y… guste o no, con sus privilegios. Eso, salvo que pretendamos ahora inaugurar un aquelarre republicano de ruido y furia haciendo prevalecer la ley de la jungla y los instintos animales que conducen a las personas no hacia los tribunales sino hacia la pretérita picota.

No ha sido suficiente con que el vicepresidente, Iglesias, se haya esforzado en amordazar (como ya hiciera cuando era, simplemente, jefe de los morados) a los medios de comunicación. Tampoco con que haya puesto toda la carne en el asador para difundir maledicencias y asertos infundados, más propios de advenedizos o indoctos que de dirigentes responsables, sobre el funcionamiento del poder judicial; y esto, con el espurio, indisimulado y antidemocrático objeto de controlarlo a su antojo.

Es una evidencia y un clamor que, ante los fracasos y la impotencia que emanan del complejo de La Moncloa, y aprovechando los aprietos por los que pasa la Casa Real, se pretende precipitar un debate a modo de cortina de humo que tape los complejos y las vergüenzas del tándem gobernante. Por eso, quienes aún creen en el bienestar y en el progreso y en la prosperidad de España debieran emplear todas sus armas para desbaratarlo.

Salvo para quienes puedan estar instalados en el delirio o sus aledaños, o pretendan soterradamente hacer avanzar sus egoístas intereses demoliendo el interés general, en modo alguno puede estar en la parte alta de la agenda de España el revolcón a su modelo de Estado. ¡Lo que nos faltaba!

Esa falaz valentía por parte de quienes lo proponen, oculta en el fondo la cobardía, el desconocimiento y la radicalidad caprichosa de aquellos que, teniendo la obligación y el encargo de llevar a una gran nación a buen puerto en medio de la tempestad, lo que están haciendo es producir un naufragio con toda suerte de insalvables y aterradoras pérdidas: las económicas y las humanas.

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