miércoles 4/8/21

El ‘paradigma Ayuso’ frente al ‘estilo Revilla’

carta del presidente

           En una sociedad tan dominada por las modas, por lo cambiante, por los altibajos y por el poder de la imagen, por el impacto de los mensajes simples, no sorprende que existan dirigentes políticos que hayan llegado a confundir, penosamente y en sus entendederas, su campechanía y su imán ante las cámaras con sus propias capacidades intelectuales o de gestión.

            Un ejemplo de libro es el de Revilla, el cántabro acostumbrado no sólo a que le bailen el agua en determinadas televisiones, programas y formatos, sino a intervenir en esos espacios intentando caer en gracia o, en su defecto, haciéndose el gracioso, por forzado o destemplado que resulte el escorzo. Todo esto, hasta que la careta se cae, hasta que es sometido a la verdadera crítica, al escrutinio, incluso al ataque. Entonces, la sonrisa se borra, se esfuma el populismo y aparece el descalificativo con crudeza y en modo improcedente.

            No ha sido ninguna sorpresa, en modo alguno, que embistiese lamentablemente contra los hosteleros que hace unos días le increpaban y comparaban su errática conducción de la crisis del covid-19 con la de Ayuso en Madrid, mucho mejor ésta para los increpadores. Claro, un gancho tan directo al hígado (a un cuerpo tan poco acostumbrado a lo que no es el agasajo) es imposible de encajar por quien se mueve en el campo semántico de la demagogia y, de repente, se abalanza contra ciudadanos concluyendo lapidariamente, con marcado tufo despótico, despectivo y de caudillo, que “no representan a nadie más que a sí mismos”.

            Ya se sabe que para cualquiera son más agradables las palmas que las protestas o los gritos, pero esto último, como el propio Revilla sostiene en sus monólogos catódicos, va en el sueldo de los políticos. ¿O esta receta que difunde entre terceros no está escrita para él?

            El liderazgo no siempre es fácil de describir pero, con frecuencia, se ve dónde lo es de verdad y dónde adquiere la misma consistencia que un decorado de cartón-piedra. Ayuso ha impuesto un paradigma propio de ejercer el poder en un momento de convulsión, de indecisión, de incertidumbre y de regate corto en el plano político e institucional. Puede gustar más o menos, puede conllevar sus aciertos y sus fallos, pero es auténtico. Exactamente en las antípodas del que practica esa vieja casta de fariseos que, en las redes sociales o en la pequeña pantalla, se muestran más preocupados por la manifestación externa y aspaventosa de sus postulados políticos o de cualquier otra índole que por su verdadero sentido y espíritu.

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