lunes 29/11/21

Sorprende la bisoñez de una parte de la derecha que, con prudencia y cabeza, entendía en pleno auge de la primera ola de la pandemia que, con la desaparición del iniciático estado de alarma, la sociedad española sería otra.

Según esas ingenuas previsiones, los platos rotos de la penosa gestión de la crisis sanitaria los habría de pagar su causante: el gobierno de España. Eso significaba que, concluido el confinamiento, se sucederían las manifestaciones (no sólo en Madrid) y esa rebelión cívica incontenible y permanente, semana a semana, terminaría por desgastar a Sánchez y sus socios. O el primero pelearía con los segundos, o unos y otros se desgastarían en bloque, y, en cualquiera de los casos, el escenario de un adelanto electoral sería muy factible, el más probable.

Era la pura confusión de los deseos con la realidad. Las concentraciones de repulsa a quienes, políticamente, ni se pusieron ni aún se han puesto al mando de la nave han sido contadas; en modo alguno se ha producido una ruptura de la coalición de los dos partidos (PSOE y Podemos) que aparcaron hace dos años sus numerosas diferencias y recíprocas fobias para abrazar el poder; y, desde luego, y a tenor de los sondeos, las dentelladas demoscópicas a quienes hoy ocupan el complejo de La Moncloa ni están… ni se las espera.

Pero no sólo eso. La moción de censura, no tanto por el previsible resultado de su votación sino por el sorprendente desarrollo de los acontecimientos en el hemiciclo (en el fondo y las maneras), se ha convertido en el mejor balón de oxígeno para Sánchez. Y esto, para completar la presente legislatura y sentar las bases de un segundo mandato. ¿Por qué?

La primera razón es que la guerra en la derecha entre Partido Popular y Vox es eso, un conflicto abierto y con apenas concesiones, no una escaramuza ni el fruto de un calentón que ahora pueda enfriarse. La segunda, vinculada estrechamente a la anterior, es que Pablo Casado ya está encontrando en Santiago Abascal, y así será en las próximas fechas, un hueso duro de roer.

Las propuestas, el ideario, la retórica y los planteamientos políticos de los verdes pueden ser vistos por una parte del electorado como maximalistas y radicales, poco conciliables y compatibles con los tiempos que corren, más dados, de acuerdo a las tesis de esas audiencias, al consenso y la templanza.

Pero algo extraordinariamente relevante juega a favor de quien presentó, sin asumir grandes riesgos, con mucho que ganar y poco que perder, un mecanismo de palanca para intentar moverle los pies a Pedro y Pablo. Y ese engranaje que da vida al motor de Vox es hoy un hartazgo formidable con los dirigentes tradicionales y con los pactos del bipartidismo que, en forma de desencanto respecto del establishment, termina desembocando en votos y apoyos informales a quien pone en escena un discurso fresco, valiente, propio de unos minutos en el reloj de nuestro país en los que los ciudadanos entienden que ‘hay que mojarse’.

Puede que sea paradójico y hasta inmerecido pero la moción, no sólo ha provocado lesiones evidentes en el espectro de la derecha y ha sembrado dudas sobre la fuerza hegemónica que debe, por méritos, ocupar ese espacio; ha dejado unas secuelas tales que, no tanto por los puntos que se pueda anotar el gobierno en tiempos venideros sino por las garantizadas trifulcas en la oposición, podrían llevar a Sánchez a trabajar, con cierta relajación y margen para la estrategia, en un plan precoz para seguir adelante una segunda legislatura.

Lo que hace apenas una semana era un sueño para Sánchez se puede convertir hoy en una pesadilla para Casado y Abascal, ocupen el uno y el otro la posición que decidan los españoles como representantes mayoritarios del campeonato encarnizado que hoy se disputa desde el centro hasta la derecha, incluyendo la extrema. Las cartas están barajadas y repartidas.

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