jueves 13/5/21

Estrella Digital

CARTA DEL PRESIDENTE

La marea antisistema y la banalización del delito

manos

Tiempos color hormiga corren para un país cuando sus dirigentes políticos se proponen ensanchar el espacio que tienen para violar la ley aquellos que se entregan precisamente a su vulneración. No hay democracia sin Estado de Derecho, y éste es inconcebible en su dimensión real y auténtica, efectiva, cuando no se traza con meridiana claridad una raya que separa a víctimas de agresores, a quienes atentan contra el ordenamiento jurídico de quienes lo salvaguardan y sostienen desde los valores.

Es terrible que se haya propuesto por parte de los sectores más extremistas y antisistema que, paradójicamente, campan en el gobierno de España, la derogación de los delitos de injurias a la Corona y enaltecimiento del terrorismo, como si perpetrar estos nauseabundos actos fuese algo menor, en modo alguno merecedor para los malhechores que los protagonizan de algo más que de un administrativo tirón de orejas.

Produce vergüenza ajena que en un país en el que hay miles de familias rotas, un millar de muertos, un ejército de heridos y mutilados por las bombas canallas y asesinas de ETA, se pretenda rebajar la gravedad de aquellos que ensalzan la violencia o glorifican a los encapuchados que la practican. Es una auténtica salvajada pensar que, si así se procede en el futuro, se regará el campo de la libertad de expresión, pues ésta, si no es limitada con sus particulares e importantes excepciones, se convierte en una herramienta para la perversión, la prostitución, la corrupción de la convivencia y la paz social que acarrea.

Ni siquiera es necesario haber cursado un cuatrimestre de primero de Derecho para saber que la delimitación entre el ejercicio de derechos fundamentales (como el de libertad de información y opinión que consagra el artículo 20 de la Constitución) y la conducta delictiva es la piedra de toque para distinguir algo vital: la manifestación de una expresión verbal o por escrito, por acerada que sea… de lo que significa un atentado, una agresión bárbara y lesiva a través de la palabra.

Más penoso y decadente, y peor habla de España, el hecho de que este debate se haya suscitado al calor del caso del rapero Hasél; entre otras razones, porque pocas luces hay que manejar, o muy temerario hay que ser para entrar como elefante en cacharrería ante un asunto tan extraordinariamente delicado y que afecta a la dignidad de una nación entera.

Hay comportamientos que necesariamente deben estar criminalizados porque, por su negativísima trascendencia y sus daños, son de naturaleza penal y no se pueden saldar con una 'multita', como la que se coloca al que ha olvidado por diez minutos abonar unos céntimos en el servicio de estacionamiento regulado. Plantear que las injurias a la Corona o el enaltecimiento del terrorismo tienen su fundamento en el franquismo es hacer, por otra parte, una demostración abierta y olímpica de ignorancia, de analfabetismo en materia de leyes.

Pero hay algo peor, y es, tal y como expresase Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén, la 'banalización del Mal'; o lo que es lo mismo, levantar una capa de impunidad para las personas que acreditan para con el prójimo una vil, voluntaria y abyecta capacidad para la crueldad. 

[email protected]

Comentarios