lunes 8/3/21
Carta del presidente

La Ley de la Corona, cobarde cortina de humo

Alfonso Merlos
Alfonso Merlos

En una España que supera de largo los 50.000 muertos contabilizados oficialmente por el gobierno, en pura lógica no debería existir otra prioridad política ni institucional que la lucha, sin tregua y sin reservas, sin complejos, contra la pandemia. Y esa batalla debería llevar continuamente a perfeccionar las medidas que se vienen aplicando, en algunos casos, a tontas y a locas. Pero, sorprendentemente, no es así.

Naturalmente, más allá del desgaste demoscópico, que de momento es leve para el PSOE, el gobierno es plenamente consciente de que hay una ola de rechazo, capitaneada por Casado y Abascal, a la gestión deplorable (casi siempre se ha llegado tarde y mal, sin fundamento) de la crisis del Covid19. Y es por esto que resulta ineludible para el presidente Sánchez intentar taparse. 

Sí. Lo valiente y lo propio de un estadista sería lo contrario: admitir errores, analizarlos, valorarlos… y cambiar el rumbo de las decisiones. Dar la cara. Pero de quien ha acreditado no dar la talla y no estar a la altura de las circunstancias, esto sería como esperar peras del olmo.

Y hete aquí, que desde Moncloa se han esforzado, destilando toneladas cúbicas de propaganda, en aprovechar los desmanes de Juan Carlos I y sus numerosísimas y muy graves equivocaciones, para poner en la diana a la Monarquía como institución. Es la clásica maniobra/burladero, o la facilona cortina de humo que se extiende sobre la muchedumbre para que le impida ver lo realmente importante o, al menos, lo que es más importante que lo colocado como una nebulosa en primer plano. 

No hay duda, la cabra tira al monte y a un bigobierno con irrefrenables y bochornosos impulsos autoritarios y antidemocráticos, la Jefatura del Estado en manos de alguien incontrolable, modesta. Le ocurre al tándem Sánchez-Iglesias (especialmente al segundo de los actores de la dupla), y le ocurriría a todo aquel obsesionado no sólo con la expansión de su poder sino con derribar los muros de contención o moderación del mismo. Y, hoy por hoy, Felipe VI es una muralla robusta.

Por supuesto que no es el momento de abrir de par en par una crisis constituyente. Por supuesto que esta ocurrencia extemporánea, diseñada para tapar las vergüenzas propias, es una incógnita en su planteamiento, en su desarrollo y en su fin (¿cómo podría terminar?).

Es un escándalo, de perfiles además especialmente tristes, que el gobierno de España siga obstinado en hacer avanzar todas cuantas iniciativas sirvan para dividir, enfrentar y hasta desgastar a los españoles, absolutamente vapuleados en su salud y en su bolsillo por los estragos del Covid19 y la incompetencia de quienes no han sabido (por pura torpeza) paliar sus diabólicos efectos. 

No. Este país no merece que su agenda, que sus pilares, que su debate más trascendental esté secuestrado por las apetencias de grupos minoritarios y proetarras como Bildu o de partidos extremistas como Esquerra Republicana o, en fin, por los gustos de antisistemas de todo pelaje. Pero, por encima de todo, no merecemos que quien se puso ¿al mando? del país, prometiendo guardar y hacer guardar la Constitución, se desviva por ponerla patas arriba.

Las colas del hambre son kilométricas en todas y cada una de nuestras grandes capitales, el paro sigue creciendo sin freno, la precariedad ha cristalizado como el demonio. ¿Es mucho pedir al presidente Sánchez que deje de humillar a los compatriotas más vulnerables y menesterosos y actúe en su defensa, abandonando, de una vez por todas, su horizonte aventurero y cesarista con el que sólo está consiguiendo cargarse el país?

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