martes 27/7/21

Los encapuchados de Hasél, el árbol y las nueces

Hasél está en la cárcel por delinquir, y no por cantar. Es evidente. España es y opera, material y formalmente, como un Estado de Derecho en el que las penas privativas de libertad están perfectamente tasadas, y se instituyen en una sanción penal que se impone al sujeto que ha cometido un acto delictivo, declarado así por un tribunal a través de un proceso público celebrado con todas las garantías.

Alfonso Merlos
Alfonso Merlos

No hay novedades ni excepciones que valgan en el caso de este individuo, que tiene poco de artista y mucho de malhechor. Cosa distinta es, si en el caso de una mentalidad tan enrevesadamente sectaria, tan propensa al vómito y la agresividad, esa pena privativa de libertad conseguirá lo que constitucionalmente pretende: la reeducación y la reinserción social, algo que en tiempos pretéritos y en regímenes totalitarios se alcanzaba a través de los trabajos forzados.

En consecuencia, resulta de una corresponsabilidad con la justificación del delito atroz y abyecta que no sólo cargos públicos sino institucionales, y de altura, se alineen con un tipo que, por ejemplo, ha enaltecido de manera constante el terrorismo. 

Pocas cosas más viles hay que un ciudadano -se dedique a cantar rap, a echarle de comer a las palomas en un parque o a visitar las obras del pueblo- incurra con su verbo en actos de descrédito, menosprecio y humillación de las víctimas de la violencia terrorista. No es aceptable, en una sociedad sana, que se proteja con el paraguas de la impunidad a quien, en su provocación, por su naturaleza, siembra de forma reiterada la incitación para cometer delitos.

Igualmente bajo y perseguible, en paralelo, resulta que haya quienes se valgan de las presuntas letras de una supuesta canción para fomentar o promover directa e indirectamente el odio, la hostilidad, la discriminación… las agresiones.

Precisamente por ello, en la conciencia de los dirigentes de Podemos que no se sienten incómodos con la repugnante y reprobable ola de terrorismo callejero quedará el incomprensible amparo a formas bárbaras de expresión que no pueden tener sino una respuesta contundente e implacable, policial y judicial. 

No importa en exceso que tras la sacudida del árbol por parte de los encapuchados recojan o no nueces los correligionarios gubernamentales de Sánchez, como hacían en el pasado los separatistas moderados mientras en el País Vasco se abrían paso las bombas y los tiros en la nuca. Lo que importa, porque mancha a España como país, es que cristalice la descerebrada sintonía nada menos que de un trozo del gobierno de la nación con los barriobajeros facinerosos que pretenden, a fuego, aniquilarla.

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