martes 27/7/21

Afganistán y los héroes (españoles) que aún nos quedan

carta del presidente

        Dos décadas después, con la participación de 27.000 de nuestros soldados y con 102 caídos, España se retira, consumada la misión en Afganistán. No son ociosas las palabras de agradecimiento de la ministra Robles: perdón a los familiares, si alguno de los que ha cumplido con su deber y su responsabilidad “no se ha sentido suficientemente apoyado”.

            Vale la pena recordar, tanto tiempo después, la reflexión seca y cortante de la consejera de seguridad nacional del presidente Bush, Condoleezza Rice, en la que planteaba -en dirección brusca y contraria a la de la corrección política- que Estados Unidos no invertía cantidades astronómicas en sus divisiones aerotransportadas para ayudar a niños a cruzar la calle o para repartir bocadillos; ése no era ni podía ser la esencia 

     Son pertinentes porque las denominadas misiones de paz (término técnico acuñado en el marco del Derecho Internacional Público y Humanitario) tienen, en puridad, mucho más de misiones de guerra o, en todo caso, de conflicto.

            No. Más allá de la visión blanca, edulcorada, buenista y deformada de la tarea de nuestros uniformados en Asia Central, su objetivo fundamental no ha sido pavimentar carreteras o levantar escuelas (que también). A ese país (construido a su vez artificialmente por varios, que conviven malamente en modo tribal en su interior) se acudió para desmantelar a uno de los regímenes más peligrosos de los últimos siglos (el de los talibán) y a una de las organizaciones terroristas más letales de la Historia (la Al Qaeda de Bin Laden).

     Ése fue el origen. Ésa es la raíz. Y, por consiguiente, quienes han llevado hasta allí la bandera de España y se han visto obligados a usar la fuerza lo han hecho con todas las consecuencias. Invariablemente y con mucha más frecuencia de la que imaginamos. A sabiendas de que cuanta más estabilidad y paz llevaban a territorio afgano, más seguro, pacífico y libre de amenazas yihadistas quedaría el territorio de nuestras ciudades (europeas) y nuestros países (occidentales).

            Por tanto, no conviene minimizar el riesgo que tantos hombres y mujeres han asumido. De forma abnegada y silenciosa. Con escasos reconocimientos (tampoco los piden). A veces con críticas injustas. Y, como casi siempre ocurre, con los medios y recursos justos, nunca de sobra.

            Las proezas reales, las grandes y verdaderas, no se miden ni se juzgan hoy por la mayor o menor exposición mediática de quienes las protagonizan. Quedan fuera del foco de las cámaras, alejadas del ruido de la muchedumbre. Pero se las reconoce por sus efectos y su legado.

            Por Afganistán han pasado héroes de carne y hueso, de apellidos comunes, de familias corrientes. De coraje extraordinario. Ya estableció hace dos siglos el estadista británico Benjamin Disraeli que hay tiempos en los que los verdaderos héroes, a menudo, son desconocidos.

Afganistán y los héroes (españoles) que aún nos quedan
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