sábado 15/5/21

El ‘efecto Illa’

Después de un año al frente del ministerio de Sanidad, Salvador Illa ha dejado el cargo para centrarse de pleno en su candidatura a la presidencia de la Generalitat. Su caso es digno de estudio: ha liderado una de las peores gestiones del mundo de la pandemia, con las consecuentes muertes y la destrucción de puestos de trabajo, pero estos resultados apenas han salpicado su imagen. Es uno de los ministros mejores valorados de Sánchez, y pese a que su manejo del coronavirus ha sido un continuo objeto de críticas por la oposición, muy pocos podrán negar la evidencia: Illa cae simpático. Tal es su popularidad que podría ser elegido nuevo presidente de la Generalitat, según indican los sondeos, colocando al PSC al mando de la política catalana y, lo que es más importante, erigiéndose como el héroe que por fin nos libre de un Govern independentista

Salvador Illa, Cataluña.
Salvador Illa, Cataluña.

Las claves del éxito de Illa son muy sencillas. Humildad, capacidad conciliadora y contención son las cualidades del ministro que más han elogiado sus partidarios y detractores. “Trabajador” y “determinado” son los calificativos usados por Sánchez para alabar el buen hacer del ministro que probablemente más dolores de cabeza le ha generado. Hace un año, al ex miembro del PSC le tocó ponerse al frente de una cartera tradicionalmente poco activa, cuyos titulares eran elegidos como parte de la cuota catalana o femenina del Gobierno. La realidad que le tocó manejar fue del todo impredecible, e Illa decidió valerse de su buen talante para ir sorteando todos los obstáculos que se le venían encima. 

El periodista Claudi Pérez explica en ‘El País’ los dos factores que han contribuido al triunfo del político catalán. En primer lugar, las altas cifras de muertos y contagios que se registraron en otros países ayudaron a quitar hierro a la pésima gestión nacional del coronavirus, otorgándole peso a esa idea de que lo ocurrido en los últimos meses es algo que escapa al alcance de los Gobiernos. En segundo lugar, Illa y su carácter templado han sido un soplo de aire fresco dentro del clima de hostilidad de la política española, en la que le hemos visto hacer gala de una serenidad y educación poco habituales en la vida pública. 

Sus afines le indultan de los errores cometidos durante la pandemia y descargan la culpa en terceros. Mientras que algunos señalan que el impacto del virus es consecuencia del deterioro de nuestro sistema sanitario y de los recortes de los últimos años, otros apuntan al equipo de asesores de Salvador Illa como máximos responsables de su nefasta gestión, especialmente a Fernando Simón. A éste se le achacan todos los fallos relativos a la comunicación, desde las primeras previsiones fallidas de la incidencia del virus hasta los cambios de criterio en la utilización de las mascarillas, además de una caótica gestión de la vacunación. 

Mas allá de su talante conciliador, lo cierto es que Illa ha metido la pata en muchas ocasiones durante los últimos meses.  Especialmente criticado fue el desabastecimiento de materiales de protección durante la primera ola, que derivó en el contagio de más de 55.000 sanitarios. Al ministro también se le ha afeado el haber convertido la emergencia sanitaria en una batalla política, preocupándose más por ganar las refriegas con sus adversarios que por salvar vidas. A todo ello hay que sumarle ahora su espantada en plena tercera ola, con los contagios descontrolados y en medio de una escalada de tensión con las farmacéuticas por la falta de suministros de vacunas. La oposición ha sido unánime en censurar esta salida, e incluso sus compañeros de coalición de Unidas Podemos han afeado al ya ex ministro el haberse ido sin rendir cuentas ante el Parlamento

Todo depende ahora de un posible aplazamiento de las elecciones catalanas, que podría alterar las previsiones en detrimento del PSC. De celebrarse el próximo 14 de febrero, lo previsible es que salga elegido Illa, alcanzando el culmen de su carrera política. Podríamos decir que todo ha sido fruto de la suerte o de una estrategia perfectamente orquestada, pero lo cierto es que el fenómeno existe. Es el ‘efecto Illa’.

 

 

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