viernes 14/5/21
EDITORIAL

Del ‘síndrome de Down’, la insensibilidad… y la necedad

sindrome de down

No hay empresa hoy que no disponga de un departamento y unas políticas activas de responsabilidad social corporativa. Se da por hecho, en el mundo en que vivimos, en la sociedad de la información que cubre nuestras acciones y decisiones, que cualquier actor (compañías, personas) está sometido a una serie de estándares éticos que le miden en sus pronunciamientos públicos, dados los efectos diversos que pueden acarrear.

            Los ecos de las manifestaciones ultrainsensibles de la ministra Celaá en relación a la educación especial y sus protagonistas, los niños con ‘síndrome de Down’, para más inri en sede parlamentaria, deja sin embargo una historia bonita: la de la hija del diputado Juan José Matarí, del Partido Popular; un relato fuera de la prepotencia y de la soberbia que ningún cargo institucional se debería permitir el lujo de gastar de manera tan desafortunada, tan descarnada, tan inhumana.

            Andrea nació con una discapacidad intelectual. Ingresó en una guardería y luego pasó a un colegio ordinario, pero sólo un año después, y viendo las necesidades que cada vez se separaban más de las de su propia hermana, su familia pensó por su bien que iba a poder desarrollarse mejor, en todos los sentidos, en un colegio especial. Tras cursar estudios de primaria y alcanzar la mayoría de edad, se integró en un programa de la Fundación Prodis y la Universidad Autónoma de Madrid, y más adelante realizaría prácticas en la empresa Accenture, donde tiene un contrato indefinido que refleja su éxito, es muestra inequívoca de su superación y es el orgullo de sus padres.

            Resulta lamentable que haya aún cargos políticos, en estos días convulsos, que piensen que hay que hacer todos los esfuerzos para recuperar (incluso premiar) en el sistema educativo a los alumnos vagos, pero que, sin embargo, no entiendan que hay personas que demandan de una formación completamente adaptada y de unas nociones diferentes para relacionarse con su entorno y con los demás.  

            Más allá de que una ley educativa nazca o no con consenso (que ya es de por sí deplorable), más allá de que sea considerada por una parte de los legisladores como sectaria o radical (algo que debería ser, de todas todas, evitable), lo que no hay sociedad avanzada que pueda permitirse es a dirigentes que, abrazados a la necedad, puedan menoscabar, estigmatizar… y dejar tiradas a las personas más vulnerables. Así, nunca.

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