martes 11/5/21

Estrella Digital

Las restricciones del Covid-19: arbitrariedad y miedo

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No era necesario, como terminó por ocurrir hace una semanas, que las mentes más sesudas de Bruselas y Estrasburgo hiciesen aterrizar el mensaje en España, porque era un clamor desde hacía demasiados meses: las restricciones para luchar contra el covid-19 deben ser “coherentes”, y la libertad de circulación (de bienes y capitales y personas) en el espacio sin fronteras Schengen es un derecho fundamental, como ha tenido que remachar la Comisión Europea poniendo la mirada por encima de los Pirineos.  

            Somos de los pocos países, probablemente el único en puridad, condicionados sin duda por el dibujo de nuestro Estado autonómico, en el que se ha considerado que hay altísimo riesgo de transmisión de la enfermedad para los viajes domésticos pero mínimo o nulo para las incursiones internacionales (¡Increíble!). Y así se ha montado la que se ha montado durante el último mes por la avenida, principalmente, de franceses dispuestos a emborracharse por las calles de Madrid, con la mascarilla más en la mano que en el bolsillo, porque puesta en su sitio haría imposible alcanzar rápido el estado de ebriedad y hacer el gorila en la noche de la capital, como hemos visto y padecido, sin la menor gracia por parte de estos jóvenes bárbaros, fin de semana tras fin de semana.   

            Nadie en su sano juicio tiene interés en seguir dañando las economías de Canarias y Baleares, que en tan alto grado dependen del turismo; pero, en las circunstancias actuales, lo que es infumable es que se mantenga una rigidez espartana en el movimiento de ciudadanos españoles mientras se aplica la manga ancha, de forma enteramente irresponsable y discriminatoria, en favor de los extranjeros.  

            Claro. Las autoridades comunitarias, en cuanto a competencias se refiere, sólo pueden proponer o recomendar medidas, pero no implementarlas, pues esa potestad cae en los Estados miembros (27), entre los que, dicho sea de paso, la descoordinación es rampante, y a la vista está en el trasiego de unos aeropuertos y otros del viejo continente.

            Hasta ahora hay la percepción ciudadana (los sondeos son implacables) de que los gestores en España han estado mal, muy mal, como pocos a nivel internacional en la gestión de la pandemia. No hay salud sin economía ni economía sin salud. Y, lo peor, es que la falta de criterio para llevar a la práctica el plan contra el virus haya desembocado en la arbitrariedad, contra la que ya el viejo Pericles se pronunció: El Estado Democrático debe aplicarse a servir a la mayoría y procurar a todos la igualdad delante de la ley, debe al mismo tiempo protegerse contra el egoísmo y proteger al individuo contra su propia arbitrariedad.

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