lunes 12/4/21

Estrella Digital

El ocio nocturno, desoído en las torres de marfil

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Si hay algo que se aprende en las circunstancias más endemoniadas, cuando en plena travesía descarga la tormenta, es la imposibilidad de tirar la toalla, de arredrarse. Al contrario: se agudiza el instinto, se afila el talento, emergen las ganas de luchar que algún día se encontraban desaparecidas o agotadas… y éste es el punto en el que, empleados y empresarios, se encuentran ante la voracidad con la que está golpeando la tercera ola de la pandemia.

            Hay un sector especialmente incomprendido que tiene derecho a sobrevivir, a pelear, y es el del ocio nocturno. Su presidente, Tito Pajares, ha dado voz -como representante de la federación de empresas más relevante- a centenares de miles de familias que están en la cuerda floja. Y el grito es tan desgarrador como justificado.

            Las ayudas directas no asoman, más del 60% de los negocios pueden terminar echando la persiana (de los que aún aguantan el tirón) y se está olvidando algo decisivo: se está dejando sin respiración (ni siquiera asistida) a quienes contribuyen con casi el 2% al PIB.

            No. No se trata simplemente de camareros que sirven copas o de porteros de discoteca, en la imagen tan manida como caricaturizada que, quienes desconocen esta parte de nuestra economía y nuestro mercado laboral, pretenden trasladar paupérrimamente en su estrechez de miras y sus luces cortas. Hablamos de decenas de miles de autónomos vinculados a las artes escénicas: productores musicales, cantantes, bailarines, técnicos de sonido…

            Sería interesante que el gobierno de España y, en la parte que les compete, los ejecutivos autonómicos cumpliesen con la palabra de no dejar a nadie en la estacada, tirado, abandonado a su suerte… porque es exactamente lo que, por desgracia, se está haciendo.

            Hay pocas cosas peores que, en medio de la adversidad, cuando pasa y pasa el tiempo y es imposible ingresar un euro, toparse con el engaño y el abandono. Nuestros políticos, antes de que sea tarde, deberían bajar de sus torres de marfil; las que muchos de ellos okupan, insensibles al destino de quienes, como nunca habían soñado ni en la peor de sus pesadillas, se ven abocados a buscar el refugio de las desoladoras colas del hambre.

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