sábado 23/1/21
EDITORIAL

Nacionalistas de 1ª, españoles de 2ª… o de 3ª

Estremecidos, enfurecidos… pero a estas alturas de la película ya curados de espanto, los ciudadanos han visto ante sus televisores y leído en portales como ESTRELLA DIGITAL que el presidente Sánchez ha subido un 75% la inversión en Cataluña hasta un récord que supera el del establecido en el tan traído y llevado, y por descontado inconstitucional, ‘Estatut’.

El pacto del PSOE con Esquerra Republicana, la alianza estratégica con Rufián y sus huestes contempla una apuesta de colocación de montañas de millones de euros en esa Comunidad Autónoma muy superior a su aportación al PIB nacional. ¿Por qué? Y, ¿por qué ahora?

Las preguntas, como es obvio, son retóricas, pero al mismo tiempo son la constatación de lo que al presidente se le señaló en su día y sobre lo que se le advirtió duramente cuando se lanzó a la aventura de alto riesgo de configurar un ‘gobierno Frankenstein’. En modo alguno tendría la sartén por el mango y, evidentemente, la poltrona de La Moncloa tendría que ser abonada, plazo a plazo, implacablemente, a sus variopintos prestamistas, éstos de casi todo pelaje y más bien escasos de principios.

El acceso al poder, en efecto, conlleva por regla general -salvo ante mayorías aplastantes y raras- una serie de peajes. Hasta ahí nada extraordinariamente bizarro. Ahora bien, lo inaceptable, lo merecedor de reproche y censura indubitada es esa actitud constante trabajada por distintos de los predecesores de Sánchez, pero acentuada y agravada por éste, que pasa por discriminar a los españoles leales con el Estado y premiar, una y otra vez, a los subversivos.

Resulta simplemente escandaloso e intolerable. ¡Degradante! Y se entiende así, entre otras razones, que habitantes de Madrid o Extremadura o Andalucía (no sólo votantes del PP) se sientan traicionados, engañados, burlados en definitiva por un Estado que casi nunca está cuando se le espera pero que exprime sus bolsillos  a través de sus implacables fauces para entregar el botín, miserablemente, a los independentistas que luchan cada día por la fractura y por la voladura de la convivencia. Mal, no; mucho peor que eso.

 

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