viernes 30/10/20
EDITORIAL

La hostelería ante el covid19: ni cerrojazo ni demonización

Restaurante cerrado

El cerrojazo y la consiguiente ruina a la que se va a conducir en apenas dos semanas a bares y restaurantes en Cataluña es apenas un síntoma del desconcierto general y el fiasco sin paliativos en el que se ha convertido la gestión de la crisis del covid-19, en términos generales, por parte de las autoridades públicas.

Qué duda cabe que frenar el incremento de los casos en esta segunda oleada era y es algo absolutamente prioritario. No hay la menor discusión. Ahora bien, en el momento de tomar decisiones hay dos criterios que deberían considerarse: el primero es el del diagnóstico y las prescripciones de la propia comunidad científica como base para actuar; el segundo es el de no producir agravios comparativos entre los distintos sectores que son motor de nuestra economía.

Ya el hecho de pensar que en la terraza de un establecimiento hay más riesgo de contagio a las 23.30 que a las 21.30 es harto discutible. Laminar el servicio de cenas para buena parte de la restauración en España ha sido un golpe durísimo a la caja. Pero, lo peor, cuando hay otro tipo de establecimientos en los que se produce asistencia de personas en un número alto con restricciones menores, es que se obligue a cerrar las cocinas, las barras, los salones comedores… y a echar definitivamente la persiana.

Es injusta la demonización de un sector entero al que se presenta como irresponsable, o predispuesto a saltarse las normas, a la picaresca… o a no ayudar en el esfuerzo colectivo contra el virus. Se está trazando desde diversas esquinas ideológicas una caricatura que en modo alguno se ajusta a la realidad.

Hacen bien los empresarios, por tanto, al plantearse la acción ante los tribunales por verse presuntamente vulnerado su ejercicio del derecho a la libre empresa. Es una cuestión de supervivencia. Porque lo que aún no han entendido buena parte de nuestros políticos -a veces más que apresurados, atolondrados en la toma de decisiones- es que esas persianas que ahora se echan por unas semanas quizá ya no haya fuerza para levantarlas nunca más; y los improvisados planes anticovid se transformen, económicamente, en un auténtico matadero.

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