martes 27/7/21

La Generación Z y el futuro ‘color hormiga’

movil jovenes

     No hace tanto que en este país el gran reto para los jóvenes era el de la independencia: tener un salario lo suficientemente digno para adquirir una vivienda lo suficientemente digna. Dado que la situación del mercado de trabajo ha sufrido una deterioro constante, esa aspiración se vio rebajada, y ya se consideró un objetivo más alcanzable y suficiente el que esos jóvenes pudiesen, al menos, alquilar un apartamento en el que poder construir su propia vida, y vivirla plenamente, sin ataduras.

            Hoy nos topamos con los nuevos pasos atrás que recaen sobre la denominada ‘Generación Z’: chicos de 20 años que miran al cielo con cierta resignación, y no observando la tormenta que cae tras la finalización de los estudios académicos sino incluso los nubarrones profesionales que se ciernen sobre quienes están ya cerca de la treintena. Hay un denominador común en los nacidos después de 1996 y en sus historias: un pesimismo o realismo trágico que no deja que afloren sus sueños y tengan posibilidad de cristalizar; un estado de ánimo al que no se sabe muy bien por dónde darle cauce y salida.

            Nuestros adolescentes han nacido ya en un escenario y se han desenvuelto en un entorno digital completamente desarrollado, maduro. Sus habilidades son numerosísimas y sus capacidades técnicas y tecnológicas verdaderamente admirables. Se mueven, en ese sentido, como pez en el agua. Eso es irrebatible.

            Pero la formación de una persona pasa por algo más que por esas skills tan propias de los tiempos que corren. Que España siga atascada en lo más alto del ranking europeo y de los países económicamente desarrollados en términos de 'abandono escolar' y 'fracaso escolar' no es un dato ocioso. Al contrario: es determinante, y está condicionando los tropiezos de las generaciones que deberían venir pegando fuerte pero que se encuentran, a edades muy cortas, ya incomprensiblemente desfondadas.

            No podemos levantar un país en el que quienes el día de mañana se lo tienen que echar a las espaldas se encuentren perdidos en el atolladero de la anemia, sin músculo y sin ilusión. Las cosas cuestan, cuando son buenas, y rara vez caen del cielo. La sociedad entera, desde arriba, tiene por tanto la responsabilidad de recuperar valores con mayúsculas (el esfuerzo necesario para el progreso), y abandonar los senderos del hedonismo

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