sábado 19/6/21

España se queda sin pueblos… y sin niños

pueblos (1)

Sucede, tal vez con demasiada frecuencia, que lo urgente impide ver lo importante. Y hay ejemplos de libro. Ya son varias décadas en las que España ocupa la zona alta a nivel mundial -se dice pronto- de las tasas de fecundidad más pírricas. Pero los datos, en el cambio de 2020 a 2021, han hecho saltar definitivamente todas las alarmas.

            La Fundación de Estudios de Economía Aplicada ha alertado sobre la suspensión de los tratamientos de reproducción, sobre la incertidumbre que generan las secuelas del covid19 en el embarazo y sobre la propia ruptura de parejas, un fenómeno imparable en la cantidad y el ritmo. El cuadro se aplica a nivel global pero hace especial incidencia en nuestro país, donde la tragedia de la recesión provocará una reducción adicional y brusca del nacimiento de niños. La tasa actual, que no alcanza siquiera los 1,3 hijos por mujer se hundirá, y el socavón demográfico se convertirá irremediablemente en una fosa oceánica. 

            No se trata de sembrar el catastrofismo caprichosamente o por intereses inconfesables, tampoco de hacer ancho y escribir en mayúsculas, porque sí, el discurso de los agoreros y los profetas profesionales del apocalipsis. Muy por el contrario, y retomando el viejo aforismo, es decisivo para un país y su futuro no mirar los años que vienen (el corto plazo) sino las generaciones que vienen (el medio y el largo plazo).

            La crisis demográfica es, en sí misma, una enfermedad grave y silenciosa de la que hemos sido incapaces de tomar colectiva y responsablemente conciencia. Sus repercusiones en el ámbito económico y social pueden ser tremebundas. La sociedad no lo ha entendido, pero tampoco las empresas… y mucho menos nuestros dirigentes políticos, siempre atentos al último regate y entregados al filibusterismo y los fuegos de artificios.

            Aunque abandonado como consecuencia de la salvaje irrupción en nuestras vidas del coronavirus, el debate sobre la España vaciada se había instalado en lo más alto de la agenda pública con razón y ya con ideas para abordarlo y buscar rápidamente soluciones creativas.

Lo antes posible, al abordaje de ese desafío debería añadirse el del estado de una nación que, además de quedarse sin pueblos, se queda sin niños. Vamos tarde, muy tarde, pero cuanto más transcurra hasta que se enciendan las luces en medio del túnel, más larga y penosa se hará, algún día, la salida.

Comentarios